Lorenzo Peña y Gonzalo

Mi foto

Hoy me considero, antes que nada, un jurista, un hombre dedicado al Derecho. Por esa autoidentificación profesional y vocacional estoy afiliado al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, sin haber ejercido nunca el noble oficio de letrado; lo cual no me impide sentir satisfacción cuando me describen como "un abogado".

El Derecho al que me consagro en cuerpo y alma es la Nomología filosófica, el estudio académico del espíritu y del fundamento de los sistemas normativos como instituciones funcionalmente destinadas a promover y salvaguardar el bien común.

Tal dedicación guarda un estrecha afinidad con la filosofía política republicana que trato de desarrollar y que he expuesto en mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS, 2009.

La filosofía jurídica y política sólo empezó a ser el foco de mis estudios a mediados de los años noventa. Antes me había consagrado a la lógica matemática, la metafísica, la filosofía del lenguaje y, marginalmente, la historia de la filosofía, materias que enseñé en mi desempeño como profesor en la Universidad Pontificia del Ecuador y, posteriormente, en la de León, hasta que en 1987 accedí a la plaza de Investigador Científico en el CSIC.

Cabe subsumir lo producido en aquel período de mi vida (1973-95 aproximadamente) bajo el rótulo de "la ontofántica", un neologismo que acuñé para significar la indagación del ser desde su aparecer en el lenguaje.

El hilo conductor que va de mi precedente temática lógico-metafísica a la actual nomológico-jurídica es la lógica: una lógica contradictorial y gradualista sobre la cual he desarrollado una nueva lógica de las normas, la lógica jurisprudencial (también denominada `lógica juridicial' o `lógica nomológica').

viernes, diciembre 15, 2006

La memoria histórica existe

La memoria histórica existe

por Lorenzo Peña

Madrid. 2006-12-14


[Este escrito es propiedad intelectual de Lorenzo Peña. Autorízase la reproducción literal e íntegra]


Hoy se debate en el congreso de los diputados un proyecto de ley sobre la memoria histórica. Ya habrá ocasión de estudiarlo --el proyecto en sí o el engendro que de él salga a la postre, cuando haya pasado por las horcas caudinas del senado borbónico.

Me voy a limitar aquí a estudiar un problema específico: si existe la memoria histórica; más concretamente, la memoria histórica universal.

El concepto de memoria histórica universal ha sido impugnado por mi apreciado colega, el filósofo Gustavo Bueno (cuyas observaciones siempre merecen ser atentamente sopesadas); v. su artículo «Sobre el concepto de `memoria histórica común'» (El Catoblepas nº 11, enero 2003, págª 2 [www.nodulo.org]; no entro aquí en escritos más recientes del mismo autor en torno a este tema). (En lo sucesivo me refiero a él con sus iniciales: `G.B.') G.B. ofrece varios argumentos en contra de ese concepto que él rechaza.

Un primer argumento es el de que la Historia no es memoria, ni se constituye por la memoria. La ciencia historiográfica --señala nuestro interlocutor-- es una indagación del pasado a través de las reliquias que éste ha dejado en el presente. Según eso, se construye una teoría sobre el pasado a partir de unos datos observables, que pueden ser documentos, monumentos, huellas o, en general, lo que G.B. llama `reliquias'. Constrúyese esa interpretación igual que se elabora una teoría geológica, astronómica o cualquier otra, no a base del recuerdo.

A ese primer argumento objeto lo siguiente. Ante todo, de esas reliquias las más importantes están constituidas por recuerdos, estampados en documentos. Cuando o donde no los hay, lo que hacemos es prehistoria, no historia. Son los testimonios de los participantes en los hechos históricos los que marcan la diferencia específica del saber historiográfico, y lo deslindan de la arqueología.

Además, esos recuerdos documentados difícilmente pueden tener sentido para el historiador sin una tradición ininterrumpida de transmisión cultural, que no se limita a la conservación de los documentos. Vamos a imaginar que en nuestro Planeta Tierra la especie humana desaparece, víctima de guerras o epidemias, dejando las huellas documentales de varios milenios de escritura, pero que un millón de años después seres inteligentes de otro sistema solar exploran este planeta, descubren y descifran esos documentos. Pues bien lo que hagan no será historia. Será arqueología documental, porque no habrá nexo alguno de su presente con ese pasado del cual se haya ido transmitiendo un recuerdo, de generación en generación.

Hoy se hace historia del Egipto faraónico (ejemplo de nuestro interlocutor) porque ha pervivido su recuerdo en la mente colectiva de los pueblos mediterráneos. Los manuscritos o las inscripciones hititas, cretenses, etruscas y otras entran en la historia porque se insertan en ese recuerdo.

Conque el recuerdo entra por partida doble en la historiografía científica:

  1. entra individualmente, porque cualquier documento es el registro de un recuerdo (no puede relatarse lo que sucede en un ahora intemporal de duración cero, en un instante que no englobe nada del pasado ni del futuro, porque en un instante no sucede absolutamente nada); y
  2. entra colectivamente, porque lo que se estudia sólo es historia si se hace en el transfondo de una transmisión cultural colectiva que ha permanecido viva (aunque haya sufrido eclipses parciales), y a la cual el historiador tiene acceso, aunque su transfondo personal sea ajeno a esa tradición. (O dicho de otro modo: sin tradición no hay historia.)

El segundo argumento de G.B. es que el recuerdo es siempre, y exclusivamente, individual o personal. No entraré aquí en el distingo que hace nuestro filósofo entre individuo y persona. Sostengo que hay recuerdos colectivos.

Aquí está sin duda la raíz ontológica de nuestras discrepancias. Para G.B. la Sociedad, la Humanidad, como sujeto abstracto, `no existe, es un sujeto metafísico'. Entiendo que a las entidades metafísicas les rehúsa existencia. En suma adopta una tesis nominalista: sólo existen los individuos (aunque él haga el ya aludido distingo). Admite, empero, memorias grupales, mas colijo que éstas quedarían perfectamente descompuestas en las memorias de las personas singulares que integran esos grupos (puesto que el nominalismo no puede aceptar la existencia ni de grupos grandes, como la humanidad, ni de grupos pequeños).

Y mi opinión es muy otra. Creo que sí existen las colectividades, los cúmulos de individuos, cúmulos de cúmulos, cúmulos de individuos y cúmulos, cúmulos que se abarcan a sí mismos etc. El propio ser humano individual es un cúmulo de células. El cerebro es un cúmulo de neuronas y de hemisferios y lóbulos. Cada una de esas partes tiene su función, mas el cerebro en su conjunto también funciona, e igualmente el hombre en su conjunto. El funcionamiento psíquico y corporal del individuo humano sobreviene sobre los funcionamientos de sus partes integrantes, mas es un algo propio y diferente.

Asimismo, los grupos de individuos, y grupos de grupos, son colectividades integradas por tales individuos pero que tienen su propia entidad ineliminable. Son sujetos colectivos, personas colectivas, no ficciones. (La visión de las colectividades como ficciones se desechó en el ámbito jurídico, por buenas razones.) Hay una conducta colectiva de un grupo, aunque, evidentemente, esa conducta varía al variar los comportamientos individuales de sus miembros. Y hay unas vivencias colectivas o de grupo: una voluntad colectiva, un recuerdo colectivo, un sentimiento colectivo.

El grupo, la colectividad, permanece aun al ir variando sus componentes. Siguen existiendo --aunque vayan paulatinamente cambiando sus miembros-- una clase social, una institución, un establecimiento privado, un colectivo difuso, una tendencia más o menos agrupada o diseminada. El que un miembro individual se separe de un grupo, o muera, no impide el mantenimiento del grupo, ni impide la continuación del recuerdo colectivo, recuerdo vivo que radica en la capacidad memorística grupal, la cual, a su vez, estriba en potencialidades anatómico-fisiológicas de sus integrantes.

Por eso sí tenemos un recuerdo de cosas que han sucedido antes de nacer nosotros. Lo tenemos como colectivo. El claustro de profesores del Instituto de Orihuela, la banda municipal de Haro, el cabildo catedralicio de Toledo, la Mesta, el Ayuntamiento de Andorra, la compañía de Jesús, tienen sus recuerdos colectivos que se van transmitiendo de generación en generación. Si falta un eslabón en esa transmisión, habrá reconstrucción y ahí sí estaríamos en un pseudo-recuerdo, o en un sucedáneo (que puede ser perfectamente legítimo, pero que ya no es lo mismo). Desde luego, puede haber grados intermedios entre auténtico recuerdo colectivo y reconstrucción documental o imaginal, y hasta es posible que toda la historia humana tenga un poco de cada cosa.

Nos hemos criado, los más de nosotros, en una familia, y en esa familia se han conservado en la mente colectiva los testimonios de sus integrantes, y los de quienes los han precedido, nuestros antepasados. Todo eso forma un acervo de recuerdos que hemos heredado y continuado. Podemos no asumir unos u otros; podemos rechazarlos en parte, reinterpretarlos, apartándonos de la visión de nuestros mayores. Lo que no podemos es hacer tabla rasa de toda esa suma de recuerdos colectivos, porque, sin ella, nuestras vidas carecen de sentido.

Por eso también me parece equivocado el segundo argumento de G.B. Creo que hay un recuerdo colectivo. Admito grados de recordación o de preservación en la memoria, inversamente proporcionales a los grados de reelaboración. En la medida en que se trata de recuerdo, hay fidelidad a los hechos (aunque sea una fidelidad o verdad en parte alterada por los esquemas subjetivos de quienes recuerdan). En la medida en que ya es una reelaboración, se pierde la fidelidad. Nuestra memoria subjetiva individual contiene ambos elementos: recuerdo estricto y reconstrucción. (Para Pierre Bourdieu la autobiografía es siempre un autoengaño, una reelaboración imaginativa; eso es exagerado, mas un poquitín de eso sí hay.) Igual que hay grados de auténtica recordación en la memoria individual, los hay en la memoria colectiva. Igual que la memoria individual puede rectificar y reconducirse a una mayor verdad al contrastarse con otros testimonios o datos documentales, la memoria colectiva también está siendo remoldeada, reconfigurada, porque engloba siempre memorias parciales en contraste e influencia mutua.

Existe, pues, una memoria colectiva que es memoria histórica. No tengo nada en contra de quienes han propuesto distingos terminológicos entre `memoria colectiva', `historia', `memoria histórica', y cada quien es muy dueño de usar las palabras según tenga por conveniente. No veo necesidad de atribuir a esas locuciones ningún sentido técnico. Si mis argumentos son certeros, entonces la historia, la historiografía, es obra de la memoria, del recuerdo colectivo. Y hay una historia universal porque hay una memoria universal de la humanidad, que se ha preservado a través de los miles de generaciones que nos distancian de nuestros primeros padres. Es el recuerdo colectivo de la familia de Adán y Eva.

Ese recuerdo está formado por muchas memorias, unas más fieles, otras más traicioneras, unas verdaderas memorias, otras no, y, en su gran mayoría, intermedias.

La recuperación de la memoria histórica tiene pleno sentido. Un colectivo en el cual la recordación colectiva de un pasado reciente está en parte ocultada, preterida, soslayada; en el cual se priva de participar en esa recordación a muchos miembros de la sociedad, y en especial a muchos de los más jóvenes; un colectivo así, desmemoriado, pierde todo sentido de tarea común, toda posibilidad de empresa colectiva de cara al futuro, al carecer de una visión conservada y continuada de su propio pasado.

Igual que una autoimagen del individuo no puede proyectarse en planes de vida futuros sin una memoria vital, sin una visión autobiográfica, del mismo modo un colectivo --una nación como el pueblo español o cualquier otra colectividad-- sólo puede albergar unos planes de vida futura en común, una idea de bien común, si tiene, preserva y cultiva una recordación colectiva de su historia reciente (y menos reciente).

La Transición monárquica (1975-82) propició el eclipse, el soterramiento, el borramiento de la auto-recordación colectiva. Hoy quiere mantener esa amnesia la dirección del partido popular (o al menos el sector más fundamentalista de esa dirección). Es precisamente la quiebra de esa memoria colectiva lo que está destruyendo el concepto de la nación española y su unidad. Restablecer y recuperar la memoria histórica colectiva del pueblo español es una condición necesaria para revitalizar la auto-imagen colectiva de los españoles como nación unida, con un proyecto común de futuro. En la amnesia no hay salvación. Periclitó y se hundió para siempre la pseudo-memoria de la sanguinaria tiranía franquista. Lo único que queda, lo único que puede fundar nuestra visión colectiva de nosotros mismos es la memoria republicana, como un componente de la memoria histórica colectiva de la humanidad.