Lorenzo Peña y Gonzalo

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Hoy me considero, antes que nada, un jurista, un hombre dedicado al Derecho. Por esa autoidentificación profesional y vocacional estoy afiliado al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, sin haber ejercido nunca el noble oficio de letrado; lo cual no me impide sentir satisfacción cuando me describen como "un abogado".

El Derecho al que me consagro en cuerpo y alma es la Nomología filosófica, el estudio académico del espíritu y del fundamento de los sistemas normativos como instituciones funcionalmente destinadas a promover y salvaguardar el bien común.

Tal dedicación guarda un estrecha afinidad con la filosofía política republicana que trato de desarrollar y que he expuesto en mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS, 2009.

La filosofía jurídica y política sólo empezó a ser el foco de mis estudios a mediados de los años noventa. Antes me había consagrado a la lógica matemática, la metafísica, la filosofía del lenguaje y, marginalmente, la historia de la filosofía, materias que enseñé en mi desempeño como profesor en la Universidad Pontificia del Ecuador y, posteriormente, en la de León, hasta que en 1987 accedí a la plaza de Investigador Científico en el CSIC.

Cabe subsumir lo producido en aquel período de mi vida (1973-95 aproximadamente) bajo el rótulo de "la ontofántica", un neologismo que acuñé para significar la indagación del ser desde su aparecer en el lenguaje.

El hilo conductor que va de mi precedente temática lógico-metafísica a la actual nomológico-jurídica es la lógica: una lógica contradictorial y gradualista sobre la cual he desarrollado una nueva lógica de las normas, la lógica jurisprudencial (también denominada `lógica juridicial' o `lógica nomológica').

martes, diciembre 23, 2008

LA CRISIS ECONOMICA

La crisis económica
por Lorenzo Peña


Todos hablan de la crisis económica. Pocos se han tomado la molestia de definir los conceptos que están usando. Cuando se aducen causas de la crisis o se proponen remedios, los argumentos suelen encerrar enormes debilidades, justamente porque está faltando un buen diagnóstico, el cual necesita un previo esclarecimiento conceptual.

Una crisis es una situación transitoria en la cual se sufre un fuerte empeoramiento o deterioro de la regularidad precedente que acabará dando paso a una nueva regularidad posterior en la cual se hayan superado los males de esa situación transitoria. La crisis es, así, un cierto lapso temporal, más o menos corto (en comparación con un largo período previo de relativa estabilidad y otro posterior).

Son, pues, menester dos condiciones. La una es la intermediación, entre un antes y un después, más estables y temporalmente más dilatados. La segunda es que ese antes y ese después estén menos cargados de las aflicciones que acompañan a la crisis. (Sólo hay crisis en tanto en cuanto ésta sea dolorosa --o al menos penosa, en algún sentido.)

No es una crisis un período de decadencia y hundimiento de un organismo viviente, o de una colectividad o de un sistema. Tales situaciones serán malas y precedidas por un antes mejor, pero no están seguidas por un después mejor. Tampoco es una crisis un mero viraje, un cambio, una mutación. No se atraviesa una crisis por terminar los estudios ni por contraer matrimonio, ni por tener un hijo.

Para que hoy podamos hablar de una crisis económica tenemos que determinar qué ente sufre esa crisis, qué males caracterizan a ésta, cuál ha sido el antes estable que la ha precedido y cuál (esperamos) será el después, asimismo estable, que la seguirá. Si no, usemos otro concepto diverso, no el de crisis.

La crisis económica es una crisis del sistema económico occidental. No es una crisis del capitalismo, porque el capitalismo nunca ha existido y, sobre todo, porque, en la medida en que existió un sistema preponderantemente capitalista, dejó de existir con la segunda guerra mundial. Lo que sí existe es un sistema económico occidental, cuyo eje está en los estados unidos y que abarca al Japón y a esa zona de la superficie terráquea que convencionalmente se considera Europa (principalmente occidental y central, hoy también en buena medida la oriental, aunque es dudoso hasta qué punto incluye a Rusia), América Latina y, en diferentes medidas, los países afro-asiáticos.

Ese sistema económico es mixto, con un sector público que oscila en torno al 50%. Ahí estriba la gran diferencia entre tal sistema y el que se consideró capitalista, que nunca llegó a serlo del todo, pero en el cual, efectivamente, el sector público era marcadamente minoritario.

Ya en los años 30 el régimen capitalista tuvo que ir cediendo el paso ante la estatalización inevitable, justamente a consecuencia de la crisis iniciada en 1929. Ésta fue crisis del sistema económico, mas no del capitalismo, porque después de la crisis ya no hubo capitalismo; la poderosa intervención del Estado en la economía durante los años 30 se incrementó en los 40 (durante la guerra y después de ésta), abriéndose un período de economía planificada por el Estado (eso sí, para no reconocerse ideológicamente vencidos, los occidentales dijeron que tal planificación era indicativa y no imperativa como la de Rusia; pero era vinculante para el sector público, que en ese período pasó frecuentemente a ser mayoritario en no pocos países, habiendo periclitado las principales empresas del sector privado).

Gracias a no ser (puramente) capitalista, el sistema económico internacional ha ido bandeándose desde 1945, con altibajos, con sacudidas, con convulsiones, con resquebrajamientos, con ciertos estrangulamientos pasajeros, sufriendo una erosión de lo público desde 1980, aproximadamente, pero, así y todo, sin volver a sucumbir en un torbellino parecido al de 1929.

Y es que, entre tanto, las cosas habían cambiado. El poderoso sector público amortiguaba los zigzags del sector privado e introducía un elemento de planificación en el caos de la economía mercantil. Pese a la erosión neoliberal, las políticas redistributivas no dejaron de existir (aunque ciertamente estuvieran en franco retroceso, sobre todo tras el hundimiento de la URSS, que servía de baluarte de la ideología igualitaria); gracias a lo cual la demanda se mantenía con cierto vigor y se iba evitando el estrangulamiento del mercado.

En un sistema de economía mercantil se produce una crisis como consecuencia de un desfase entre oferta y demanda. Tal desfase surge de que los empresarios producen y tratan de vender mercancías que la demanda no puede absorber, o sea que se quedan sin vender.

La propia economía mercantil tiene mecanismos para ir evitando ese desfase, que son los de la ley de Say: el fabricante de una línea de productos contrata mano de obra y compra materias primas y otros insumos; al hacerlo, está comprando algo --mano de obra, materias primas, locales, lo que sea--, transfiriendo, así, un poder de compra, un dinero que él tenía a otros, que podrán gastarlo en otras adquisiciones. Su fabricación genera, pues, una capacidad de compra, y --en un efecto multiplicador y propagador-- ésta suele acabar repercutiendo en un indirecto aumento de la demanda incluso de la mercancía así fabricada.

Sin embargo los mecanismos de la ley de Say no garantizan nada. La economía mercantil es desordenada y caótica; en esa anarquía, la oferta tiende a concentrarse en los sectores más lucrativos y la demanda en los más económicos, con lo cual acaba por estallar una superproducción, que empieza justamente en los ramos que estaban siendo negocios más jugosos, porque en ellos es donde los productores han concentrado su oferta, que la demanda no ha podido seguir por carecer de poder de compra suficiente.

Justamente la economía planificada evita esos males, porque la producción se ajusta a un plan lo mismo que la demanda. En la economía planificada pueden surgir desfases, errores o descuidos, que determinen un funcionamiento subóptimo del plan, pero, en la medida en que ha habido economías planificadas, nunca han sufrido éstas crisis de superproducción.

La economía mixta de los países occidentales desde 1945, en parte planificada, logró ir escapando a las crisis de superproducción. Fueron surgiendo después de 1975 cuellos de botella que empezaban a parecerse a tales crisis, al irse abandonando el concepto del plan económico, según las pautas desreguladoras de lo que acabaría siendo el neoliberalismo --o sea un intento (felizmente fallido) de retorno al capitalismo.

Mas hasta 2005 o así, mal que bien, continuaba la expansión de la producción y de la demanda (en su doble vertiente de demanda de inversión y demanda de consumo).

Los dos factores que han determinado el estallido de 2006-2007 han sido:

  1. La desregulación, que ha dejado una libertad excesiva a los empresarios para producir lo que quisieran como quisieran, en las condiciones que quisieran, pagando los salarios que quisieran, rebajando considerablemente los mecanismos estabilizadores de la planificación estatal y de la redistribución estatalmente ordenada.

  2. La concentración de la producción principalmente en dos sectores particularmente lucrativos, en los cuales la demanda no podía seguir: construcción y automóvil.

Las causas por las cuales la demanda no podía seguir a la oferta en esos dos sectores son múltiples. Lo que ha fracasado con esta crisis (considerémosla provisionalmente tal) es algo más que el capitalismo (en la medida en que éste existe), algo más que la economía mercantil: un modelo de vida en común equivocado. Mas no equivocado por las falsas razones de los ecolo-maltusianos, de los pauperistas y descrecedores, que serían un consumo excesivo y una prosperidad mayor de lo ecológicamente sostenible. Eso es una pura fábula. Vivimos en una economía de escasez y sólo una ínfima minoría de la población mundial vive en el lujo (es una minoría que, por cierto, ahorra proporcionalmente más, o sea gasta menos --en relación a su riqueza y a su renta--, contribuyendo menos a la expansión de la demanda; el daño que hace a la economía no estriba en sus gastos lujosos, en sus yates, en sus fiestas --aparte de que todo eso sea moralmente censurable--, sino en que deja atesorado un porcentaje importante de su renta, que no alimenta la circulación económica).

Lo equivocado en el modelo de vida colectiva de los últimos decenios es la sociedad que, para simplificar, podemos ver como la de chalet-y- coches, que se caracteriza por trece rasgos:

  1. sustitúyese la oferta masiva de viviendas en alquiler (modelo preponderante hasta 1960) por la vivienda primaria en propiedad (con una tendencia --más o menos realizada según los países-- a que cada hogar habite en una vivienda de la cual sea propietario);

  2. edificaciones bajas, ya sea en su forma extrema del chalet (el pavillon de los franceses), ya sea en una forma atenuada, la de inmuebles de pocos pisos, intercalados por zonas de césped, en un tipo de entorno urbano alejadísimo de la ciudad decimonónica (que era el de calles con anchas aceras peatonales e inmuebles agrupados en manzanas);

  3. las distancias se hacen excesivas para el desplazamiento a pie y la densidad demasiado baja para permitir eficientes redes de transporte público que conecten las paradas con los domicilios;

  4. el medio preponderante o único de transporte es, cada vez más, el coche privado; evolutivamente, como un coche por hogar es insuficiente, cada familia va acumulando un número de vehículos particulares;

  5. surge la necesidad de dotar a las casas de plazas de garaje individuales; en consecuencia tiende a rebajarse aún más el número de plantas de los inmuebles y a situarse las edificaciones más lejos del centro, para poder hallar terreno suficiente para tales garajes y para descongestionar la circulación vial;

  6. el resultado es un aumento del número de coches y un ulterior deterioro de la circulación vial, a la vez que la red de transporte público está cada vez más lejos de ser satisfactoria para el sector minoritario de la población que tiene que seguir recurriendo a él (el sector de menos ingresos generalmente);

  7. los alojamientos así levantados --ya sean casas particulares ya sean inmuebles de baja altura--, a pesar de su creciente lejanía, implican un gasto excesivo de suelo (con relación al número de personas alojadas), porque hay que limitar la altura de los edificios a fin de reservar espacio para las plazas de garaje; así resulta que tales alojamientos acaban siendo angostos;

  8. para compensar esa falta de espacio habitado y para amortiguar el efecto deletéreo de la distancia respecto de las instalaciones de los servicios públicos, se ofrece a los nuevos propietarios una serie de presuntas ventajas, como piscinas particulares, jardín privado, vigilancia, terreno deportivo segregado;

  9. esa evolución tiende a encarecer aún más la adquisición y el mantenimiento de las viviendas, ya demasiado caras por el escaso número de plantas por inmueble; el resultado es que las edificaciones se levantan en sitios aún más alejados;

  10. la frustración que produce ese género de vida se compensa ofreciendo un nuevo tipo de mercancía: la vivienda secundaria; puestos a vivir ya tan lejos, se aleja uno un poco más y tiene otra vivienda campestre (o presuntamente tal);

  11. el encarecimiento constante de las viviendas que resulta de las causas anteriores convierte a los inmuebles en bienes de ahorro, porque quien compra un bien así sabe que un tiempo después podrá venderlo más caro;

  12. al dejar de existir las series de inmuebles del mismo dueño que se ofrecían en alquiler, las únicas ofertas de pisos en arriendo pasan a ser las de propietarios que las han adquirido (generalmente como un bien de ahorro) y que acceden a alquilarlas, con un arriendo muy caro (para que la inversión sea rentable, dado el vertiginoso incremento de los precios del negocio inmobiliario y de las cargas), con lo cual tiende a extinguirse aún más la cultura del alquiler: la baja de oferta acarrea una baja de demanda (porque la demanda siempre tiende a ajustarse en función de la oferta), con lo cual pocos son los hogares interesados en convertirse en inquilinos, pensando que esa opción es ruinosa y aleja la perspectiva de llegar a ser propietarios;

  13. la cultura de la propiedad inmobiliaria y la masiva desafección al alquiler (falta de oferta y falta de demanda) causan dos graves problemas sociales: 1º) rigidez de la oferta de mano de obra (pocos están dispuestos a irse a vivir a otra ciudad y se produce un rechazo a los recorridos diarios en coche excesivamente largos, aparte de que para los más desfavorecidos no es viable el recurso automovilístico); y 2º) permanencia excesiva de los ex-jóvenes en los domicilios paternos.

Vivienda en propiedad y coche van de la mano en ese modelo. El problema estriba en que todo eso va subiendo y subiendo, no sólo porque para eso se hace el negocio, sino porque el producto ofrecido al consumidor es cada vez más costoso en espacio y recursos. Repercute sobre la colectividad trazar y mantener las conducciones de suministro, abastecimiento y desagüe así como las vías de acceso (preferentemente por automóvil). Y, antes o después, eso acaba repercutiendo en un precio más caro, según se van aumentando las distancias.

El mercado se va saturando. Los precios cada vez más elevados sirven para pagar una mercancía cada vez peor: viviendas más exiguas en ubicaciones cada vez más alejadas y peor comunicadas, con dificultades crecientes de aparcamiento para los varios vehículos de la familia, con estrangulamientos circulatorios a las horas punta y con servicios públicos cada vez menos rentables.

Además, en los casos de países que sufren aridez el gasto de agua pasa a ser excesivo. Y en todos los casos hay un derroche energético (principalmente para el transporte) que empieza a desbordar lo socialmente tolerable. Se establecen tributos ecológicos que encarecen aún más ese modelo.

A la altura de 2005 se empezaba a barruntar la superproducción: un sector de la demanda se iba retrayendo; en parte porque ya no podía seguir; en parte porque no quería, porque lo ofrecido era demasiado caro, demasiado costoso a medio plazo, para la calidad que se ofrecía. Y así surgieron los primeros invendidos.

Al surgir los invendidos, las empresas de comercialización de las viviendas empezaron a verse empujadas a suspender pagos; eso repercutió en las constructoras; éstas comenzaron a despedir personal y a reducir sus compras de materias primas y de solares; eso ha contraído toda la demanda, con un efecto multiplicador del invendido.

Los invendidos edificatorios se han traducido en invendidos del automóvil, porque el acicate para las ventas de coches es justamente la necesidad que tiene la gente de comprar varios por familia para vivir en las nuevas residencias primarias y secundarias muy alejadas. Los invendidos del automóvil han propagado el estrangulamiento a todos los ramos de la economía.

Toda esta descripción ni siquiera ha mencionado al crédito. Éste puede existir o no existir sin que cambie nada sustancial, porque el crédito es simplemente un aplazamiento. El crédito no hace milagros: no crea demanda donde ésta no existía ni da absolutamente nada a nadie; la capacidad de compra que hay con crédito la hay sin crédito, ya que el préstamo sólo permite pagar después pagando más; altera el momento del pago incrementando el monto de ese pago y colocando un intermediario entre comprador y vendedor (la entidad financiadora).

De suerte que las causas de las dificultades presentes no están en las hipotecas ni en el tipo de interés. Podemos reconstruir todo lo que ha sucedido prescindiendo estrictamente de los intermediarios de la banca y suponiendo tan sólo a los oferentes de viviendas (y coches) y a sus compradores, independientemente de que compren a plazos o al contado. Si acaso, el préstamo puede diferir el momento en que empiezan a surgir los invendidos (o los impagados, que es igual) y puede, durante un breve lapso, disimular el desfase entre oferta y demanda. Donde ésta es insuficiente, acaba manifestándose tal insuficiencia a pesar de los préstamos --sólo que ahora justamente la manifestación surge en el momento de reembolsar el préstamo.

Las dificultades que acompañan al modelo recién analizado podrían atenuarse si subieran los salarios en proporción suficiente. Aun así acabarían dándose los invendidos, porque esa espiral de precios (uno compra caro para, en caso de dificultad, revender aún más caro) tiene una cota; puede continuar un tiempo mas no indefinidamente, porque, al final, falta poder de compra. Un comprador de un bien inmueble, ante un apuro, ya no puede revenderlo más caro de lo que lo compró, y ese primer invendido va repercutiendo el estrangulamiento del mercado inmobiliario hasta su arranque, y se propaga a toda la economía mercantil.

Felizmente está el sector público; mas, al haberse adelgazado éste, su efecto amortiguador y redistributivo es menor.

La crisis de 1929 fue crisis de la economía y significó el final del capitalismo, inaugurando el período de la economía mixta, estatalmente intervenida.

La crisis de 2007 es una nueva crisis de la economía y marca el fin del retorno al capitalismo que era el movimiento neoliberal, hoy moribundo. Las recetas no son multiplicables según la fertilidad de la imaginación. Hay sector público y sector privado. Éste es derrochador, ineficiente, caótico, aleatorio, canceroso. En los años treinta los capitalistas tuvieron que aceptar --aunque fuera a regañadientes y a la chita callando-- planes de fuerte intervención estatal y de expansión del sector público --que entonces se atribuyeron a la influencia de Keynes. Ahora sus propios agentes en los gobiernos reaccionarios han decidido, de la noche a la mañana, acudir a procedimientos parcialmente similares, aunque con una triple particularidad:

  • (1ª) las medidas de intervención pública han sido esta vez más rápidas y drásticas que hace setentaitantos años;

  • (2ª) han ido acompañadas de la cantinela de que son provisionales y sólo de emergencia;

  • (3ª) no se ha tomado la medida principal, la más necesaria, a saber: la inversión pública para aumentar y mejorar la oferta de obras públicas y de bienes industriales (desconociendo la ley de Say y fijándose miopemente sólo en el cortísimo plazo, o sea en la necesidad de hinchar directamente la demanda, en lugar de hacerlo a través de la oferta).

En un artículo posterior analizaré algunas de las medidas de los mal llamados «planes de reactivación» --en particular los tomados por el gobierno borbónico-- y propondré algunas alternativas más eficaces.

Hace cerca de veinte años se derruyó el sistema soviético de economía planificada. Con sus insuficiencias, sus fallas y sus derivas, fue (y hoy lo vemos por contraste) el mejor sistema económico de la historia. Hoy hace falta un nuevo sistema de economía estatal planificada, ojalá más perfeccionado gracias a las nuevas técnicas y a una mayor capacidad productiva.


Lorenzo Peña
Tres Cantos. 2008-12-23
El autor permite a todos reproducir y difundir íntegra y textualmente este escrito.







viernes, diciembre 19, 2008

EL ODIOSO RACISMO DEL PODER BORBONICO

El odioso racismo del poder borbónico
por Lorenzo Peña


El Gobierno de Su Majestad está llevando a cabo una endemoniada campaña contra los inmigrantes, que vehicula un mensaje apenas velado: en una situación de crisis económica, éstos están de más en la población española y harían bien en largarse.

A los demás habitantes se les transmite la idea de que esa presencia inmigrante es perjudicial (al menos en las circunstancias actuales); se nos quiere hacer creer que una solución, al menos parcial, a nuestras dificultades sociales y económicas estaría en que se volvieran a su país quienes han venido a España (salvo --como lo deja claro el machacón y invasor anuncio-- quienes vienen de más al norte).

Agresivamente colocado para que uno se dé de bruces con él muchas veces cada día, el pasquín de marras exhibe el rostro de una mujer joven de tez clara (para que no se los acuse de racismo) pero de unas facciones discerniblemente no-europeas; el blanco del ataque lo constituyen, inconfundiblemente, los inmigrantes del sur.

Las palabras escritas en el cartel son del siguiente tenor: «Si estás pensando en regresar [en caracteres enormes] Plan de retorno voluntario [en letra mucho más pequeña]. Tú eliges tu futuro. Gobierno de España».

Será gobierno de España, pero no es gobierno para España. Un gobierno para España sería uno que colocara el interés nacional por encima de todo. Y el máximo interés de la nación española estriba en que nuestra Patria salga de su tremenda debilidad demográfica (lo cual es hoy perfectamente posible a pesar de la mayor aridez de nuestra tierras --que para algo ha tenido lugar la revolución tecnológica). La densidad de población de España es una de las más bajas de la Unión Europea; nuestra escasa población ha sido y sigue siendo utilizada por nuestros enemigos de siempre (Francia, Alemania, Inglaterra) para humillarnos y arrinconarnos, dejándonos con una menguada representación en las instituciones paneuropeas.

Eso explica la furia de los reaccionarios de París, Berlín y Londres cuando el gobierno del Lcdo. Rodríguez Zapatero, en su primera legislatura (ya sabemos que segundas partes nunca fueron buenas), regularizó, por varios procedimientos, a muchos cientos de miles de inmigrantes, bastantes de ellos provenientes de la España de ultramar (o sea, en realidad, personas que retornaban a la tierra de algunos de sus antepasados).

Y es que el incremento demográfico de España lo veían como una causa de reforzamiento de nuestra capacidad negociadora para defender --ante esas instituciones que siempre nos son tan hostiles-- nuestra agricultura, nuestra industria (lo poco que queda), nuestro comercio, nuestras inversiones. (Porque, evidentemente, lo que quieren los imperialistas septentrionales es --para favorecer sus intereses de penetración en los países del sur-- hacer concesiones a costa de sectores como nuestra agricultura mediterránea; tener más diputados en Estrasburgo es una instrumento decisivo para protegernos de tales acometidas.)

Que la población de España quede diezmada y que se pierda el impulso recuperador que se había iniciado gracias a nuestra hospitalidad es, pues, lo más funesto para nuestros intereses nacionales. (Sin hablar ya de que cada pareja de inmigrantes jóvenes que abandone España implica una acentuación de la baja de la natalidad, que es la mayor amenaza para nuestro futuro colectivo.)

Esa nueva campaña de xenofobia disimulada es, por consiguiente, absolutamente condenable por ser contraria al interés nacional. Lo que interesa al pueblo español es mostrar, ante el mal tiempo de la crisis económica, la buena cara de la entereza y de la hermandad, dando a todos los habitantes las mismas posibilidades de compartir los frutos de la solidaridad y del Estado del bienestar que los inmigrantes han contribuido a levantar con su trabajo (mucho más sacrificado que el nuestro en los lustros recientes). Y así capear el temporal. No sea que nos vuelva a pasar lo que sucedió con la reconversión industrial de los años 80, de infausta memoria: en vez de aguantar, con subvenciones, a que llegara una nueva fase de expansión de la demanda foránea, se cerraron nuestras acerías, nuestros astilleros, nuestras fábricas metalúrgicas; y luego hubo que importar de fuera raíles, locomotoras y vagones cuando, con mucho retraso, se acabó por entender la necesidad de los trenes de alta velocidad.

El hombre es el capital más valioso --en frase de alguien cuyo nombre amarga a nuestros potentados--. Perder la masa inmigrante que hemos conseguido atraer sería una catástrofe casi equivalente a una guerra. (Quizá el peor cataclismo de nuestra historia nacional fue la expulsión de los moriscos a comienzos del siglo XVII.) Eso sería mucho más grave que la reconversión industrial de hace cuatro o cinco lustros.

Pero hay otras cuatro razones por las cuales el retorno masivo asolaría nuestra economía.

(1ª) Sufriría un golpe demoledor la ya menguada demanda interna, que es la principal (España es un país poco exportador, a diferencia de Alemania).

(2ª) Al escasear la oferta de mano de obra en condiciones propicias para el pequeño y medio empresario (por mayor disponibilidad laboral), bajaría la propia demanda (por un efecto de la ley de Say), ya que el empresariado regula su demanda de mano de obra (su oferta de trabajo) en función --entre otras variables-- de las expectativas de contratación laboral. El resultado de tal contracción sería un ulterior incremento del desempleo (aunque parezca paradójico).

(3ª) Ese retorno perjudicaría a nuestra balanza de pagos (las prestaciones de seguridad social a que tengan derecho los retornados se abonarían a sus países --salida de divisas--, en lugar de quedarse en España para aumentar la demanda interna).

(4ª) Una serie de servicios públicos se verían gravemente afectados, al perder una parte importante de sus usuarios; la consecuencia sería una reducción de los mismos, en detrimento de los demás usuarios. (Eso sería así con relación al ya enormemente deficiente transporte público.)

Lejos, pues, de poner mala cara a los inmigrantes, el interés nacional es mimarlos, hacerles ver que, aunque ahora tengan que apretarse en cinturón, siguen siendo los bienvenidos entre nosotros y que los animamos a quedarse, porque consideramos --y siempre hemos considerado-- que es un favor y un honor que nos hacen el haber escogido nuestra tierra para venir a vivir aquí y compartir una convivencia social con nosotros.

Al margen de esas razones de interés, hay razones éticas. Dar a entender que, cuando las cosas van mal, lo mejor que pueden hacer es volverse a su país y que aquí ya no son bienvenidos es una actitud incompatible con los valores de hermandad humana y de solidaridad entre los habitantes de un territorio llamados --por vocación de su convivencia-- a compartir penas y alegrías, prosperidad y penuria, vacas gordas y vacas flacas.

Siendo todo eso muy grave, peor aún que el aviso (camuflado) de desdén y rechazo al inmigrante que, presuntamente, estaría ya de más entre nosotros, peor también que el catastrófico resultado que se seguiría si se cumpliera tan malhadado plan de retorno, es el mensaje que se transmite a la población española (o la europea), a saber: que, en tiempos de crisis, lo mejor que nos puede pasar es que se vuelvan a casa los inmigrantes y que nos dejen solos.

Claro que el anuncio gubernamental evita la zafiedad de decirlo así en tales términos. Tras una apariencia de simpatía, el contenido vehiculado es, de todos modos, el recién indicado: «¿Ves todos esos rostros foráneos? ¡Ojalá, en los tiempos que corren, se vayan al lugar de donde vinieron; nos irá mejor y les irá mejor a ellos». En suma algo que no dista conceptualmente mucho de la vieja idea xenofóbica: «No tengo nada contra los inmigrantes [latinoamericanos, chinos, africanos, árabes, etc], pero cada uno en su país».

Felizmente esa diabólica propaganda no producirá muchos efectos en lo tocante a empujar al retorno, dizque voluntario, a los inmigrantes que atraviesen dificultades laborales a causa de la crisis (una crisis, huelga decirlo, que ellos no han provocado). Lo verdaderamente deletéreo es el efecto de socavar las buenas relaciones entre españoles y extranjeros, haciendo que los primeros se sientan molestos por la continuada presencia de los segundos y éstos, a su vez, se sientan incómodos de permanecer en España, cuando se los está exhortando al retorno (por mucho que se edulcore ese mensaje con la frase ritual «Tú decides tu futuro»).

Ya hemos sufrido otras campañas publicitarias de hostigamiento, como la intimidación contra la copia informal de contenidos por vía electrónica. Siendo cualquier publicidad institucional una agresión anticívica, ésta de ahora bate un récord por lo odiosa que es. Muy buena opinión de este gobierno no teníamos, pero esto de ahora decepciona nuestra intención de querer creer que a tanto no llegarían.


Lorenzo Peña
Tres Cantos. 2008-12-19
El autor permite a todos reproducir y difundir íntegra y textualmente este escrito.