Lorenzo Peña y Gonzalo

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Hoy me considero, antes que nada, un jurista, un hombre dedicado al Derecho. Por esa autoidentificación profesional y vocacional estoy afiliado al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, sin haber ejercido nunca el noble oficio de letrado; lo cual no me impide sentir satisfacción cuando me describen como "un abogado".

El Derecho al que me consagro en cuerpo y alma es la Nomología filosófica, el estudio académico del espíritu y del fundamento de los sistemas normativos como instituciones funcionalmente destinadas a promover y salvaguardar el bien común.

Tal dedicación guarda un estrecha afinidad con la filosofía política republicana que trato de desarrollar y que he expuesto en mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS, 2009.

La filosofía jurídica y política sólo empezó a ser el foco de mis estudios a mediados de los años noventa. Antes me había consagrado a la lógica matemática, la metafísica, la filosofía del lenguaje y, marginalmente, la historia de la filosofía, materias que enseñé en mi desempeño como profesor en la Universidad Pontificia del Ecuador y, posteriormente, en la de León, hasta que en 1987 accedí a la plaza de Investigador Científico en el CSIC.

Cabe subsumir lo producido en aquel período de mi vida (1973-95 aproximadamente) bajo el rótulo de "la ontofántica", un neologismo que acuñé para significar la indagación del ser desde su aparecer en el lenguaje.

El hilo conductor que va de mi precedente temática lógico-metafísica a la actual nomológico-jurídica es la lógica: una lógica contradictorial y gradualista sobre la cual he desarrollado una nueva lógica de las normas, la lógica jurisprudencial (también denominada `lógica juridicial' o `lógica nomológica').

domingo, noviembre 17, 2013

Agentes o solo pacientes

¿Agentes o sólo pacientes? Respuesta a Fernando Broncano
por Lorenzo Peña y Gonzalo

2013-11-17


En Facebook se ha iniciado una conversación entre Fernando Broncano y el autor de esta página; dadas las limitaciones de esa red social, prefiero proseguir aquí el debate.

La discusión arranca de una entrada reciente de Fernando Broncano en la cual éste comentaba los despropósitos de un economista --de estos que hablan en la radio borbónica-- según el cual «los españoles» «NOS hemos gastado el PIB de dos generaciones futuras». Apostilla Fernando:

Y sigue empleando en NOS impunemente, como si el incluirnos en el paquete fuese natural, como si la deuda la hubiésemos adquiridos TODOS, no los bancos ni las inmobiliarias ni las empresas en una huida hacia adelante. Y me digo, `¡Tío! ¿Quién te ha dado permiso para incluirme e tus círculos? Mi NOSOTROS es el `NOSOTROS NO HEMOS SIDO'. Mi NOSOTROS es el de quienes están en la otra orilla del VOSOTROS.

No me cabe la menor duda de que la crítica de Fernando Broncano tiene un fundamento serio, encerrando una parte de verdad. Mas no creo que sea del todo acertado ese excluir del papel de agentes (o causantes) de lo que está sucediendo a todos los españoles salvo el puñado oligárquico que Fernando circunscribe con ese algo vago (pero sugerente) «vosotros».

De ahí que a esa entrada le introdujera yo --al día siguiente-- este comentario:

Pues yo creo que sí hemos sido. Primero votando a los destructores de España, de uno u otro matiz. Y además participando, cada quien a su escala, en la especulación y burbuja inmobiliaria y automovilística, deletérea económica y ecológicamente. Claro que hay grados.

Fernando Broncano me contestó:

No, no estoy de acuerdo. Es como decir que el obrero es cómplice del capital porque firma el contrato de trabajo y luego se gasta el salario. La burbuja ha sido una estrategia especulativa claramente consciente de lo que se estaba haciendo, entre otras cosas implicaba un engaño masivo a quienes menos podían valorar lo que estaba ocurriendo. Un inmenso juego de la pirámide. No confundamos víctimas y culpables: este es el argumento más fuerte que están usando para justificar lo que hacen.

A lo cual yo respondí unos días después:

Bien, Fernando, pero hay una diferencia. El obrero, o firma el contrato o pasa hambre. En cambio, los españoles podían no votar a la corrupta casta borbónica que nos ha llevado a un desastre previsible. Y podían no entregarse al delirio especulativo de las residencias secundarias y la emulación por el coche nuevo; podían sin pasar hambre ni nada similar. Muchas víctimas han sido un poco cómplices de los verdugos. No digo que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. En 1974 los españoles no eran, para nada, cómplices del yugo que padecían.

A esto, por su lado, Fernando me contesta el sábado 16 de noviembre de 2013:

Lo siento, Lorenzo no puedo entender que culpes a todas las clases populares de lo que les está pasando porque no han votado lo que tú crees que deberían haber votado (y, en cambio, supongo, disculpes a quienes tendrían que haberles convencido de no hacerlo por no haber sabido convencer a la gente con sus palabras y su vida).

Aquí es donde --necesitando un espacio que no se ajusta a las entraditas de Facebook-- opto por utilizar esta bitácora para puntualizar mi opinión --opinión que respetuosamente someto a otras mejor fundadas.

En primer lugar, hemos de precisar claramente el tema de la controversia. Lo que discutimos no es una cuestión de culpabilidad, sino de agencia, de actuar o ser pasivos; en otros términos, es un problema de causación.

Un causante, o agente, puede actuar sin culpa ninguna; y puede actuar culpablemente, ya sea por negligencia o por mala fe. No estábamos discutiendo si había que imputar culpa o no a los unos o a los otros, sino sencillamente si nos corresponde un mero papel de pacientes o también uno de agentes o causantes.

Mi atribución de causa o agencia a «los españoles» (entendiéndose: a la mayoría de ellos) se basa en dos motivos; uno es su comportamiento en los negocios, en el tráfico comercial; el otro es su conducta electoral, al votar a los partidos que han detentado la jefatura del gobierno a lo largo del actual reinado y que, por las políticas económicas que han aplicado, han conducido al desastre que padecemos.

En cuanto al primero de los mencionados motivos, aparece un poco ladeado en la continuación del debate. Pienso que mi alegato es fundado. En el capitalismo del siglo XIX y comienzos del XX, el obrero tenía las dos opciones de morir de hambre o aceptar el leonino contrato laboral que le proponía el empleador. Pero en no pocos aspectos las cosas son bastante más complicadas en el actual ordenamiento socio-económico del occidente, en el occidentalismo --que ya no es, ni muchísimo menos, capitalismo puro, sino un híbrido.

Dejando aparte las opciones del trabajador en su relación laboral, lo que yo señalaba era el comportamiento de muchísimos, de millones de españoles como compradores de mercancías, que a menudo han participado (aunque sea en medida modesta) en prácticas especulativas y, en otras facetas, han caído en la trampa de orientar su consumo a los sectores en que más ha prosperado la burbuja especulativa hasta estallar.

Mi análisis no llega, de ningún modo, a las acusaciones anticonsumistas de los que atacan a la sociedad de consumo y abogan por la austeridad, la penuria, el decrecimiento y, en definitiva, la pobreza. ¡Todo lo contrario! Lo que ha contribuido a la burbuja especulativa y a su consiguiente estallido no ha sido comprar o consumir, sino: por un lado, comprar para no consumir (comprar bienes inmuebles con fines, en parte, de atesoramiento y eventual reventa a mejor precio, beneficiándose de la carrera alcista); y, por otro lado, el frenesí de la compra --a crédito, naturalmente-- de bienes superfluos y obsolescentes (los autos) cuyo elevadísimo precio acaba arruinando al deudor, además de provocar un enorme daño al medio ambiente.

Mi segundo alegato estriba en atribuir parte de la causa de los males que padecemos (causa --insisto-- no es culpa) a la confianza electoralmente depositada en quienes han proseguido unas políticas económicas que, en lo esencial, se mantienen desde Carlos Arias Navarro a Mariano Rajoy, pasando por los cinco intermedios. Dejo de lado al primero de los siete, que nunca fue elegido. Los otros seis sí (con todas las fundadas reticencias y reservas que podamos emitir con respecto a la democraticidad del sistema borbónico).

Cuando un gobernante es elegido, quienes lo eligen son --así sea parcial e indirectamente-- causantes o agentes de sus políticas y, por lo tanto, de los resultados de las mismas.

Quede claro que en ningún momento he atribuido causación (ni directa ni indirecta) de tales políticas y de sus resultados a quienes «no han votado lo que [yo creo] que deberían haber votado» --suponiendo que yo creyera que deberían haber votado de cierta manera--, sino a quienes han votado a aquellos que (créalo yo o no) no deberían haber votado. Una cosa es no votar a quienes se debería votar (si es que existen); otra, muy distinta, votar a quienes se debería no votar. Lo que yo señalo como agencia o causación, en este caso, es sólo la acción, no la omisión.

No voy a traer aquí a colación los escrutinios de todas las elecciones generales españolas desde la transición. Para circunscribir un poco el debate me limito a las más recientes.

Tomo los siguientes datos de la págª web del ministerio del interior, aunque teniendo en cuenta que no eran datos definitivos, tal vez por faltar el escrutinio de residentes ausentes; por ello tomo algunos datos de la págª de wikipedia; las diferencias numéricas entre ambas tablas son muy poco significativas.

En las elecciones del 20 de noviembre de 2011, habiendo 47 millones de habitantes del Reino de España, tenían derecho a votar algo más de 35.779.491 (entre ellos españoles que viven en el extranjero). Según el ministerio, ejercieron el sufragio 24.590.557, absteniéndose 9.710.775, o sea un 28,31%. Hubo, además, 317.886 votos nulos (un 1,29%) y 333.095 votos blancos (un 1,37%). Ya tenemos cerca de 10 millones y medio de españoles que no han emitido votos válidos y que, por lo tanto, no han votado a los políticos que han llevado la nave a su naufragio.

Pero, además, tenemos a los que han votado a partidos que no han participado, ni directa ni indirectamente, en las coaliciones de poder (como no sea --y eso excepcionalmente-- a escala regional): IU-LV, AMAIUR y UPyD. No menciono a los que obtuvieron menos del 1% de los votos --como BNG, EQUO, HARTOS.ORG, PIRATA, FE de las JONS y otras curiosidades. IU-LV obtuvo 1.680.810; AMAIUR, 333.628; UPyD, 1.140.242; tenemos así un 13% de los votos válidos que no han sostenido con su papeleta a los partidos turnantes, ni directa ni indirectamente.

De entre la masa de los que sí han emitido votos a favor de partidos que, o bien se turnan en la jefatura del gobierno (PP y PSOE), o bien los apoyan a cambio de prebendas para sus respectivas satrapías (CiU, PNV, coalición canaria), hay que distinguir, de todos modos, entre unos y otros. Por los dos partidos turnantes han votado 10.830.693 más 6.973.880, o sea un total de unos 17,8 millones de votantes, o sea apenas más de la mitad del cuerpo electoral, que (¡recordemos!) era de más de 35 millones y medio.

Esos casi 18 millones que sí han votado a uno u otro de los dos partidos turnantes de esta neorrestauración borbónica han causado que tales partidos ejerzan la jefatura del estado (turnándose en ella) y, por lo tanto, que puedan desarrollar las políticas económicas que han pilotado. El millón de votantes de CiU más los trescientosmil del PNV apenas superaban el 5% de los votos válidos (constituyendo menos de un veintisieteavo del cuerpo electoral).

Tenemos, pues, menos de 20 millones que han respaldado con su voto a los partidos borbónicos turnantes --y, de ellos, algunos sólo indirectamente--.

¿Qué habría pasado si, en lugar de eso, hubieran alcanzado mayor éxito electoral otras opciones? Podemos dibujar varios escenarios con sendos experimentos mentales. Uno sería que la abstención unida al voto blanco o nulo, en lugar de ser de un 30%, hubiera sido de un 60%. Otro sería que partidos que, hasta ahora, no han participado directa ni indirectamente en el ejercicio del poder hubieran alcanzado posiciones que les permitieran, al menos, influir en la política gubernamental, condicionando su apoyo a un cambio de línea o (¡imaginémoslo!) encargándose de la dirección de los asuntos. Al respecto todo son conjeturas. No sabemos qué habría pasado.

Lo que sí sabemos es lo que ha pasado de hecho: que, gracias a las papeletas de 18 millones de electores, los dos partidos turnantes vienen perpetuándose desde 1977 (porque, en realidad, el actual PP viene a ser, de hecho, una especie de fusión de los dos partidos del tardofranquismo: alianza popular y la unión del centro democrático, que estaban desunidos en la transición).

Esos 18 millones son, pues, causantes de que la jefatura del gobierno la hayan desempeñado quienes lo han hecho; a fuer de causantes, son agentes, no pacientes. No han causado directamente sus políticas, pero sí han causado que puedan dictarlas y ejecutarlas; y, en reiterados comicios, han revalidado esa confianza, cuando ya esas políticas se estaban aplicando con empecinamiento.

¿Son, por ello, culpables? Para ser culpable de una conducta hay que ser agente de la misma careciendo de causas de justificación y de causas de exculpación. Una causa de justificación podría ser el estado de necesidad. Una causa de exculpación sería obrar por miedo insuperable o por ignorancia invencible. Alternativamente, puede haber culpabilidad atenuada, por la concurrencia de circunstancias que aminoran el grado de responsabilidad.

Pienso que en la conducta electoral muchos de esos agentes=causantes podemos verosímilmente suponer causas, en unos de justificación, en otros de exculpación; y, en buena parte de los demás, circunstancias atenuantes.

De ellas una es la que señala Fernando Broncano: las deficiencias achacables «a quienes tendrían que haberles convencido de no hacerlo por no haber sabido convencer a la gente con sus palabras y su vida», o sea las carencias de los líderes políticos alternativos al sistema. Es equivocada la suposición de Fernando Broncano: yo no disculpo en absoluto a esos líderes; ¡todo lo contrario! Para probar mi inculpación de esos líderes están (públicamente desplegados) numerosos artículos, sueltos y panfletos míos de los últimos cuatro o cinco lustros (para no mencionar ya los que escribí en mi juventud, que, en el fondo [y a pesar de sus errores, en parte fruto del espíritu de aquellos tiempos] ya apuntaban en la misma dirección).