Lorenzo Peña y Gonzalo

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Tres Cantos, Spain
Tras una turbulenta y amarga juventud consagrada a la clandestina lucha revolucionaria, mi carrera académica me ha conducido a obtener las 2 licenciaturas de Filosofía y Derecho y asimismo los 2 Doctorados respectivos (en Filosofía, Universidad de Lieja, 1979; en Derecho, Universidad Autónoma de Madrid, 2015). Soy también diplomado en Estudios Americanos; en cambio, si bien inicié (con éxito) la licenciatura en lingüística, no la culminé. Creador de la lógica gradualista, tras haberme dedicado a la metafísica y la filosofía del lenguaje, vengo consagrando los últimos 4 lustros a desarrollar una nueva lógica nomológica y aplicarla al Derecho: la lógica de las situaciones jurídicas, basada en la metafísica ontofántica que elaboré en los años 70 y 80. He sido profesor de las Universidades de Quito y León, Investigador visitante en Canberra e investigador científico del CSIC, habiendo sufrido la jubilación forzosa por edad en 2014 cuando había alcanzado el nivel máximo: Profesor de Investigación. Soy miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

sábado, octubre 24, 2015

LOS DESVARÍOS DE LA IZQUIERDA

Hace pocos años escribí un artículo titulado “Comunista sí, pero ¿de izquierdas?”, que publiqué en mi portal ESPAÑA ROJA, ÁUREA Y PÚRPURA. Recientemente lo han reproducido (cambiándole ligeramente el título) algunas páginas del Internet, que yo no juzgaba precisamente afines a mis ideas. Sea como fuere, evidentemente su interés por mis reflexiones no sólo me halaga, sino que me congratula, me hace pensar que no estoy tan solo.

Sin embargo, el hecho es que, además de los argumentos que expuse en ese artículo para rehusar venir etiquetado hoy como un hombre de izquierdas, nuevas razones se van acumulando día a día.

Uno de los motivos por los que siento constantemente disminuir mis ganas de utilizar las redes sociales para comunicar con individuos con quienes pudiera unirme algún nexo de intereses compartidos es que, cada vez que abro la página correspondiente, me llevo un disgusto, causado, no por leer las exposiciones de aquellos de quienes de sobra sé que estoy alejadísimo en ideas, en trayectoria, en origen doctrinal, en inclinaciones, sino las que emanan justamente de ese vago conglomerado de las “gentes de izquierda”, con las cuales --a pesar de que yo decline hoy el rótulo-- podría sentirme más unido, justamente por varias o muchas de las preocupaciones, por un común descontento con la actual ordenación político-económica, con el gobierno de España, con la actuación de los poderosos, con las desigualdades sociales.

Desgraciadamente, esas convergencias, cuando ahondo en ellas, tienden, si no a desvanecerse del todo, sí a revelarse superficiales, relativas, tenues, al paso que las divergencias resultan cada vez más abultadas, determinantes y profundas. La distancia va en aumento y tiende al infinito.

Como, no obstante, tampoco converjo con quienes son de otras procedencias ideológicas (aunque sí concuerdo con algunos de ellos en cuestiones particulares, igual que con mis presuntos correligionarios), el resultado es que experimento una creciente sensación de aislamiento doctrinal, que no me anima nada a proseguir los debates. Para debatir hay que hallar primero un terreno común, compartir unas premisas y reglas de inferencia y percatarse cada uno de que el interlocutor está capacitado para seguir nuestros razonamientos, tenerlos en cuenta y, o bien proporcionarnos una respuesta racional (que refute alguna de nuestras premisas), o bien aceptar nuestra conclusión.

Cuando, en lugar de eso, lo que sucede es que incesantemente esos interlocutores introducen nuevos temas con tajantes asertos que consideramos absolutamente erróneos y que fragilizan más y más todo intento de llegar, por la deliberación, a acuerdo alguno sobre los temas inicialmente debatidos, entonces lo razonable es suspender ese ejercicio, que se convierte en diálogo de sordos.

Y eso me pasa. Cada día me siento más alejado de todo lo que se llama “izquierda” e incluso de cuanto, sin reivindicar ese rótulo, viene caracterizado así por los medios de comunicación (como el embaucador engendro posibilista,PODEMOS [podemos ¿qué y quiénes?]).

Recientemente se ha celebrado el día de la raza, 12 de octubre, que el actual régimen borbónico ha erigido en el día de la Fiesta Nacional de España. La denominacion de “el día de la raza” la uśaba D. Antonio Machado (y la usó en sus escritos sobre la guerra antifascista redactados en Barcelona durante el conflicto bélico de 1936 a 1939). No sé cuándo empezó a emplearse; quizá en el siglo XIX. No tiene absolutamente nada de racista. “Raza” significaba entonces sólo un vínculo de parentesco colectivo, vínculo que existe entre los españoles y los hispanoamericanos, pues sólo una minoría de los habitantes de las hermanas repúblicas americanas, de la España de ultramar, carecen de antepasados españoles (una minoría, me atrevería a decir, ínfima). Que ese vínculo genético tenga una importancia u otra es secundario. Desde luego lo importante es el vínculo histórico, el cultural, el de la tradición jurídica y, sobre todo, el del idioma común. La cursi denominación de "Día de la hispanidad" que se usó bajo el franquismo podría aceptarse, pero creo mejor la de “día de la raza”.

Porque, al margen de los propósitos de los reyes Fernando V e Isabel I, de su comisionado el almirante D. Cristóbal Colón, de la sed de riquezas de los primeros colonos, de la crueldad de los conquistadores Cortés y Pizarro (como la de tantos otros conquistadores, el rey Darío, Alejandro Magno, César, Solimán el Magnífico, y ¡no digamos! Gengis Kan, Tamorlán, Luis XIV, Napoleón, la reina Victoria, Hitler), al margen de la trata de negros, la opresión de los indios, el monopolio de Sevilla, la opresiva estratificación de la sociedad virreinal, al margen de todo eso (que es verdad), la llegada al Caribe de las tres carabelas fue el inicio de un enorme proceso de encuentro de civilizaciones, la ocasión del mestizaje, el motivo de un nexo poblacional transoceánico que hace que tantos cientos de millones de seres humanos de ambas orillas del Atlántico compartamos idioma, muchas veces apellidos, historia, cultura, referencias y, además, intereses comunes frente a la prepotencia avasalladora de las potencias septentrionales.

Rechazo, desde luego, que el 12 de octubre sea la Fiesta Nacional de España. Como republicano legitimista creo que ésta debería ser el 14 de abril o el 11 de febrero (aniversario de la I República, 1873), o, si se quiere, la festividad de San José (aniversario de la Constitución gaditana), o el 2 de mayo o incluso alguno de los patronos historicos de nuestra Patria, San Jorge (23 de abril) o Santiago Apóstol (25 de julio); porque, sea uno católico o no, tales referencias están ancladas en los más hondo de la historia de España.

Sin apoyar esa exaltación excesiva del 12 de octubre, tampoco juzgo razonable la satanización de tal conmemoración a la que se ha entregado este año toda la “izquierda”, viendo en ese día el del genocidio y la opresión imperial. Dudo muchísimo que sea aplicable el concepto de “genocidio”, porque la disminución de la población indígena fue producida, principalmente, por enfermedades causadas por gérmenes involuntariamente aportados; los malos tratos y las durísimas condiciones de trabajo no fueron siempre peores que los que las masas trabajadoras y oprimidas ya estaban recibiendo bajo el yugo de sus monarcas precolombinos, cuya ferocidad no le iba a la zaga a la de los nuevos dominadores (exceptuando las poblaciones caribeñas y algunas otras, libres de tales imperios). En cualquier caso, dejo el debate a los historiadores. Lo que no creo es que el 12 de octubre sea sólo eso, el día del genocidio, aun suponiendo que lo hubiera habido. Ya he dicho que significa mucho más. Y, en el mundo de hoy, significa una unión de pueblos mancomunados por esos nexos lingüístico-historicos que deberían unirse frente al sojuzgamiento de los poderosos septentrionales que los agobian con su prepotencia y hegemonía, particularmente el imperialismo yanqui.

Conque ahí me topo con un motivo más para distanciarme de mis amigos de “la izquierda”, rótulo ya sin sentido ni valor alguno.

¿Es que he cambiado tanto? Mis ideas no son las de hace medio siglo, cuando profesaba el marxismo-leninismo, cuando encabecé la disidencia prochina del partido comunista de España. Mi evolución no ha sido, empero, tan radical. Subsisten no pocas continuidades. Recientemente he releído la Línea Política del partido comunista de España (marxista-leninista), PCEml, que redacté en 1965. De todos los asertos que contiene ¿con cuántos de ellos comulgaría hoy? ¿Cuántos de ellos juzgaría yo hoy que fueron acertados para el momento en que se escribieron? Sin duda me he alejado, con el pasar de los años, de la mayoría de tales asertos, pero, así y todo, al releerlos, sigo pensando que muchos eran correctos en aquel momento; otros, aunque incorrectos, eran justificables (desde unas premisas ideológicas y doctrinales que hoy he superado); y hasta unos cuantos, reformulados, seguirían siendo acertados hoy.

No se han alterado en lo más mínimo mi profesión de republicanismo, mi antiimperialismo, mi aspiración a una sociedad sin propiedad privada y a un mundo sin fronteras. Lamentablemente, entre mis amigos de "izquierda" apenas hallo ecos republicanos (y los que encuentro suelen ser sin énfasis, como si se tratara de una cuestión secundaria o hasta baladí); antiimperialismo, poco, desvaído, con sordina. Aspiración a un mundo sin fronteras y sin propiedad privada, prácticamente nada. En cambio sí pretensiones societales que yo no comparto, fijaciones con las alternancias electorales dentro de la monarquía reinante, y muchos temas así que para mí son, a menudo, indiferentes.

En los debates doctrinales también toca guarecerse, en tiempos adversos, en los cuarteles de invierno, suspendiendo la deliberación.