Lorenzo Peña y Gonzalo

Mi foto

Hoy me considero, antes que nada, un jurista, un hombre dedicado al Derecho. Por esa autoidentificación profesional y vocacional estoy afiliado al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, sin haber ejercido nunca el noble oficio de letrado; lo cual no me impide sentir satisfacción cuando me describen como "un abogado".

El Derecho al que me consagro en cuerpo y alma es la Nomología filosófica, el estudio académico del espíritu y del fundamento de los sistemas normativos como instituciones funcionalmente destinadas a promover y salvaguardar el bien común.

Tal dedicación guarda un estrecha afinidad con la filosofía política republicana que trato de desarrollar y que he expuesto en mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS, 2009.

La filosofía jurídica y política sólo empezó a ser el foco de mis estudios a mediados de los años noventa. Antes me había consagrado a la lógica matemática, la metafísica, la filosofía del lenguaje y, marginalmente, la historia de la filosofía, materias que enseñé en mi desempeño como profesor en la Universidad Pontificia del Ecuador y, posteriormente, en la de León, hasta que en 1987 accedí a la plaza de Investigador Científico en el CSIC.

Cabe subsumir lo producido en aquel período de mi vida (1973-95 aproximadamente) bajo el rótulo de "la ontofántica", un neologismo que acuñé para significar la indagación del ser desde su aparecer en el lenguaje.

El hilo conductor que va de mi precedente temática lógico-metafísica a la actual nomológico-jurídica es la lógica: una lógica contradictorial y gradualista sobre la cual he desarrollado una nueva lógica de las normas, la lógica jurisprudencial (también denominada `lógica juridicial' o `lógica nomológica').

martes, febrero 16, 2016

Nuevas consideraciones sobre el linux


por Lorenzo Peña y Gonzalo

2016-02-16


§0.-- Introducción

Es éste el cuarto de mis ensayos acerca del sistema operativo Linux. Los tres anteriores fueron: (1º) mi «Alegato a favor del Linux» de 1999 (seguido por un posfacio de 2001 titulado «Linux vs Windows-Milennium»); (2º) mi artículo «Distribuciones del Linux: El principio de libertad» de 2002; y (3º) mi breve texto de dos años después «Linux seguro y fácil». Desde entonces han transcurrido dos lustros sin que haya aportado nada nuevo.

He dejado pasar todo un decenio sin agregar nada a mis consideraciones linuxitas no sólo por haber estado ocupadísimo con muchas otras actividades intelectuales --varias de ellas impostergables e indeclinables--, sino también porque, en el fondo, nada sustancial tenía que añadir a lo ya argumentado en esos tres escritos y medio de 1999-2004. Nada que añadir y seguramente poco que retractar, matizar o rectificar.

Mi cohabitación con Linux va a cumplir ahora sus 18 años. Para que mis lectores se percaten de lo que significó adoptar el Linux en 1998 juzgo menester exponer los antecedentes de aquella conversión.


§1.-- Mi itinerario del DOS al Linux

Había adquirido mi primera computadora en enero de 1989 junto con un monitor monocromo y una impresora láser que costaba un ojo de la cara (las comunes entonces eran las de agujas); con ese equipo empecé a aprender un poquito de informática --partiendo de cero y de manera exclusivamente autodidáctica--.

Yo llegaba tarde, aunque esto pueda hoy sonar extraño ya que, en verdad, era entonces muy restringido el número de usuarios de la informática. Éralo, desde luego, en el conjunto de la población, al menos en España; mas en el medio académico que me circundaba ya casi todos habían abrazado la práctica de escribir con un ordenador, aunque sólo fuera para usar un programa de tratamiento de texto. En mi propia institución, el Instituto de Filosofía del CSIC, quedábamos --creo-- dos (o tres) que aún no habíamos dado ese paso; éramos personas de edad.

Me consagré con afán al estudio de la nueva técnica, esforzándome por dominar a fondo el sistema operativo entonces en uso (el DOS), el programa de tratamiento de texto entonces disponible (una versión muy primitiva del WordPerfect) así como otro de acervos de datos (el Data-Base, que me permitió catalogar mis libros y hacer archivos bibliográficos útiles para mi investigación). Para aprender todo eso, estudié con ahínco todos los manuales (algunos de ellos de cientos de páginas); los que venían en español eran incomprensibles sin retraducirlos mentalmente al inglés.

Al llegar el WordPerfect 5.0 y, ya en 1991, el WordPerfect 5.1, me hice un experto en su manejo, diseñando cientos de macros y puliendo los controladores de impresión para adaptarlos a mis necesidades (entre ellas, el uso de símbolos lógico-matemáticos y de grafía griega). Asimismo, siendo entonces algo insólito, comencé a usar no sólo una escrutadora (scanner), sino un programa de OCR, con lo cual inicié una larguísima tarea de pasar textos manuscritos o impresos a formato digital; muchos de esos textos eran propios, pero otros eran ajenos; los escruté, hice el reconocimiento gráfico de caracteres y, así formateados, los puse a libre disposición de mis lectores y usuarios en diversos portales que yo empecé a gestionar desde enero de 1995. (Tratábase de textos cuya distribución era legal.)

Paulatinamente aprendí a usar más eficientemente la computadora, manejando programas polifacéticos como el PC-Tools, uno de permutación de tareas --sumamente eficaz y conveniente--, el Back-and-Forth, así como decenas de pequeñas utilidades, que venían en unos CD-Roms de una serie que publicaba la firma Walnut-Creek, sita en California, a la cual me había suscrito; me llegaba uno cada mes desde Tejas. Apenas recuerdo aquellas utilidades, cuyos nombres verosímilmente no me dirían hoy nada; entre otras aplicaciones, las había de: administración de ficheros; compresión y descompresión; arranque para optar por una u otra partición de inicio; manejo de memoria extendida y expandida; editores binarios; captura de pantalla; programas de comunicaciones para utilizar un modem y, gracias a él, correo electrónico y ftp, con uso del protocolo kermit; filtros de con versión; programas auxiliares para compensar algunas insuficiencias del WordPerfect; etc.

Careciendo por completo de conocimientos técnicos en la materia, me convertí así, posiblemente, en uno de los usuarios avanzados del DOS.

El mundo informático era entonces el de la línea de mandos (o, con otras palabras, la consola, el terminal, el prompt). Había dos opciones: (1ª) estudiar un manual sobre el sistema operativo, aprendiendo un cúmulo de tales mandos para sacar rendimiento a la máquina; (2ª) no hacerlo, limitándose a escribir unas poquitas órdenes apuntadas en un papel facilitado por algún compañero, ese mínimo que permitía entrar el programa de tratamiento de texto, usándolo también de la manera más sucinta, siendo menester acudir al auxilio ajeno para casi todo lo que rebasara ese estrechísimo círculo de tareas básicas (aunque sólo fuera imprimir).

No mucho después de mis primeros pinitos en la informática inició su ascenso el entorno Windows de Microsoft; aunque ya existía antes, estaba muy poco difundido. Fue con la versión Windows 3.0, de mayo de 1990, como comenzó la boga de los entornos gráfico-ratoneros (también llamados los «GUIs», interfaces gráficas de usuario). Ya entonces estaban bien implantados en el mundo «Mac» de la firma Apple; pero, aunque, al parecer, los círculos de usuarios y adeptos del Mac eran amplios en varios países --como Francia-- y en algunos sectores empresariales de la ofimática y de la edición, estaban, en cambio, poco difundidos en los ámbitos académicos --al menos hasta donde yo puedo juzgar. No hay que olvidar, además, que todavía en muchos sectores profesionales no se usaban ni el IBM-PC ni el Mac, sino los terminales de redes centralizadas que trabajaban b ajo el sistema UNIX --incluso en algunas instituciones universitarias (en áreas de ciencias matemáticas y similares).

Si bien, en la segunda mitad de 1990, probé el Windows 3.0, lo rechacé de plano. En esos pocos meses ya me había habituado sobradamente a usar el DOS con eficiencia. Encontraba el Windows rígido, difícil de manejar, lento e innecesariamente ostentatorio; en suma, más ornamental que útil. Era rudimentaria la multitarea que proporcionaba; de todos modos, para mi propio ejercicio, me parecía escasamente necesaria --a diferencia de la conmutación de tareas, que resolví por otros medios.

Resultaba empero difícil resistirse del todo al acoso pro-Windows, que iría en aumento en años sucesivos; conque acabé aceptando que me facilitaran una copia (entiendo que legal) de los disquetes del Windows (no recuerdo de qué versión se trataba; probablemente del 3.1); aunque lo instalé de prueba, jamás supe ni quise usarlo. Más adelante, al comprar una nueva computadora, adquirí con ella el flamante Windows 95, cuyo CD de instalación aún guardo.

No obstante, en aquellos años, sintiendo fuerte aversión al Windows por un número de motivos (acertados o desacertados), fui de los pioneros en abrazar una alternativa multi-tarea que prometía ser más potente, eficaz y respetuosa de las opciones del usuario, dejándolo libre de trabajar en modo gráfico o en modo texto (que era lo mío): el efímero OS/2 de IBM, nacido bajo una mala estrella, pues nunca alcanzó popularidad, pese al poderío de la empresa que lo producía. No pasó de ser una especie de capricho de diletantes o gente rara (incluido quien esto escribe).

Empecé a interesarme por el OS/2 en junio de 1992, pero lo compré e instalé como mi sistema operativo en abril de 1994, logrando con él correr el propio DOS y asimismo una versión del Windows.

La existencia del UNIX y su derivado el Linux la conocí durante mi semestral estancia académica en la Universidad Nacional Australiana en Canberra, entre octubre de 1992 y mayo de 1993; o sea, tuve una vaga noticia del Linux desde su propio inicio. Mis colegas en Australia me convencieron de que el UNIX era superior y de que, por consiguiente, en cuanto estuviera accesible una versión del UNIX para PC, debía ser una opción deseable.

Pasarán tres años hasta que en agosto de 1996 intente reemplazar el OS/2 por el Linux (Slackware); fracasé. Repetí fallidos intentos de migración al Linux en febrero, abril, agosto y noviembre de 1997 y nuevamente en febrero de 1998.

Entre febrero y abril de 1998 estuve yendo y viniendo entre el Linux (Slackware) y el OS/2. Éste último, finalmente, pasó al desván en abril de 1998. Ya tenía instalado el Linux, estando, en principio, decidido a seguir usándolo (aunque todavía con titubeos, al echar de menos algunas aparentes ventajas del OS/2).

Mi decisión se afianzó por dos clases a las que asistí de un curso sobre el Linux en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones (TELECO) de la Universidad Politécnica de Madrid los días viernes 17 y lunes 20 de abril (si bien quienes impartían el curso eran detractores de slackware y amantes del Debian; yo ensayé el Debian pero me resultó frustrante, rígido, no moldeable a mi gusto como slackware; es más, el único intento que hice abortó tras casi 24 horas, quizá por incompatibilidad entre mis opciones de instalación, aunque dizque su gestor se encargaba de advertir y solventar tales incongruencias).


§2.-- Mi experiencia con Linux-Slackware

Aunque desde febrero/abril de 1998 mi sistema operativo es el Linux --y, concretamente, bajo la distribución slackware--, no oculto que las circunstancias me han constreñido a instalar en una partición (y hoy en un disco virtual) alguna de las sucesivas versiones del Windows (el 98, el Milennium, el XP), sencillamente porque era el único modo de usar la nueva escrutadora, el nuevo OCR, los soportes de otros dispositivos periféricos o un nuevo MS-Word (que sólo he manejado para conversiones).

Tales usos han sido excepcionales; yo siempre volvía al Linux, a mi Linux, en el cual me sentía a mis anchas, hacía lo que yo quería, como yo quería: mientras pudiera, en entorno y modo texto; y, cuando me viera forzado a ello, en el entorno gráfico, el X-Windows (o X-11).

No es que mi fidelidad a slackware haya sido ciega o incondicional, como la adhesión de un hincha (por su propia índole insusceptible de modificarse por razonamiento alguno). Sabía yo que estaba remando contra la corriente; que slackware ya no era una de las distribuciones de moda.

Por ello, de cuando en cuando, ensayaba alguna otra. Sufrí decepciones. Entre otros motivos está el hecho de que (salvo Debian, con el cual me había ido mal) en seguida las demás distribuciones abrazaron el entorno gráfico, que me parecía una jaula, no estando claro cómo se podía salir al entorno texto. Además, su presunta facilidad e intuitividad a mí se me tornaban oscuridad y desconcierto --tal vez porque la naturaleza me ha rehusado la capacidad de intuir, que, aparentemente, ha prodigado a otros; yo sé percibir, opinar y razonar, mas no intuir.

Otro de los motivos de mi rechazo (que hoy sigue aplicándose) es que apenas lograba leer algo en sus pantallas de instalación. Parecen diseñadas para individuos, seguramente menores de 20 años, dotados de una agudeza visual sobresaliente y, a la vez, de un ardiente deseo de perderla pronto: letra menudita y de fino trazo, de color celeste o amarillo sobre fondo blanco, o bien gris claro sobre gris oscuro (o viceversa): o sea, sin apenas contraste. (Es verdad que, si uno supera la barrera de la instalación, suele ser posible reconfigurar la pantalla, pero aun así corriendo el riesgo de que después algunos avisos cruciales resulten todavía más ilegibles.) Además, semejaban imitar al Windows, como si así los clientes de Microsoft fueran a encontrar más allanada la migración al Linux (a ese Linux).

¿Cómo voy a negar que también sufrí frustraciones con sucesivas actualizaciones del Linux-slackware? Ha habido ratos de perplejidad y desconcierto. No siempre han encontrado el soporte deseado en Linux-slackware los nuevos dispositivos periféricos. Ha supuesto a menudo un desafío significativo configurar las tareas de impresión y las impresoras (en seguida insistiré en esto). En todo ello he tenido que avanzar autodidácticamente (si bien, después de tener acceso a la banda ancha en junio de 2002, empecé a buscar y hallar auxilio en el internet).

Tales dificultades las he vivido como retos; me han ayudado a cavilar, a idear soluciones, a ponerlas a prueba, a no desanimarme, a estrujar mi cerebro para producir nuevas conjeturas alternativas cuando sufría fracasos, perfeccionando así mi manejo del software.

Mientras pude, seguí trabajando casi exclusivamente en modo texto, no abriendo el entorno gráfico más que ocasionalmente para tareas puntuales.

Ya he aludido a las dificultades de impresión. Y es que una de las ordalías que más me hicieron sufrir fue la forzada adopción del CUPS, que, entre tanto, se había hecho con el monopolio en el control de impresión en los entornos Linux --aunque, siendo un programa oriundo del Unix, había caído en poder de la firma Apple; ese programa ha sido la causa de que muchos usuarios deseosos de abrazar el Linux hayan tenido que desistir, al verse atados de pies y manos por el CUPS, que no les permite instalar sus impresoras ni hacerlas funcionar; parece diseñado para frustrar y amargar a quien desea administrar y poner en marcha una impresora.

Por añadidura, el slackware peca de un defecto que afecta a todas las distribuciones --o a casi todas--: ser demasiado purista, al excluir programas útiles y «libres» en un sentido lato (por lo menos gratuitos), pero que no se ajustan a todos los constreñimientos, muy estrictos, del software libre según la norma marcada por las licencias del GNU de Richard Stallman; es verdad que algunos de ellos se facilitaban en una sección de «extras» (o en sitios aledaños o ajenos, como SlackBuilds y aquel que lleva personalmente Eric Hameleers); pero acudir a esas fuentes ya no es, ni muchísimo menos, tan sencillo como instalar el sistema Linux-slackware, en cualquiera de sus sucesivas versiones; hay que aprender a operar por los propios medios y, a menudo, darle muchas vueltas al asunto hasta averiguar cómo incorporar tales aplicaciones adicionales.

Mi mayor motivo de reproche al slackware es que omita otros programas perfectamente libres (incluso en el angosto sentido de la ortodoxia GNU) pero que el líder del slackware, Patrick Volkerding, juzga prescindibles. Su concepción de las cosas es lo que él considera «la filosofía UNIX»: ofrecer un sistema operativo relativamente minimalista, que dé a cada usuario la opción de agregar lo que le dé la gana según sus gustos y preferencias.

Sólo que ese minimalismo no es consecuente (ni podía serlo). Dados los orígenes del Linux y de su predecesor, el UNIX, en cada distribución del sistema operativo figuran siempre incorporados diversos lenguajes de programación, aplicaciones de manejo de internet y de servidores de red junto con programas de élite, como el TeX (estando ausente el LibreOffice, cuyo número de utilizadores es, seguramente, al menos el céntuplo que el del TeX).

Con esa amplia panoplia, es de lamentar que falten virtualizadores y emuladores de otros sistemas operativos (incluso el DOSEMU) y otros programas muy populares.

Otro tropiezo con el slackware fue su decisión, a partir de 2005, de optar por la plataforma gráfica KDE, abandonando su contrincante Gnome; entre los adeptos de ambos se libraba una batalla. (Posteriormente parecen imponerse otros administradores de entorno gráfico más económicos en recursos, menos aparatosos, menos deslumbrantes, como XFCE, Mate y Cinnamon [Canela].)

La opción por el KDE pudo estar justificada; no estoy capacitado para saber si sí o si no. El problema es, empero, que la plataforma KDE igual que su contrincante Gnome, además de ser un administrador de ventanas, lleva incorporadas aplicaciones propias. Así, p.ej., el Gnome abarca un programa de diseño de etiquetas y carteles, el Glabels, más práctico, eficaz y fácil de usar que ningún competidor que yo conozca. Cuando slackware abandona el Gnome en 2005, el único modo de poder usar el Glabels pasa a ser instalar, por sobre todo el slackware ya preinstalado, una versión oficiosa de Gnome para slackware (se ofrecían tres), operación enormemente compleja y no exenta de riesgos, pues cualquier error o interrupción podía desarticular e inutilizar el sistema operativo, haciendo preciso recomenzar desde zero.

A pesar de esos pesares, para mí el slackware seguía siendo práctico, manejable, adaptado a mis necesidades. De una serie de aplicaciones que no venían con la distribución yo me bajaba las fuentes del internet y las compilaba (configure, make, make install). Cada vez que salía un kernel nuevo, también lo compilaba, reemplazando al kernel incorporado a la distribución; tales actualizaciones me eran utilísimas, toda vez que con ellas ganaba a veces soporte para una tarjeta de sonido, una tarjeta ethernet u otro hardware previamente nada o mal soportado.

Ahora bien, en años recientes todo eso se ha ido haciendo cada vez más difícil hasta llegar a ser imposible, al menos en parte. Sin duda es cada vez más complejo el kernel mismo --producido por el Señor Linus Torvalds y su equipo de colaboradores--, teniendo que dar soporte actualizado a millares de dispositivos de todo tipo, además de implementar nuevas tareas.

Las últimas versiones de slackware ya no me han permitido recompilar el kernel: o bien uso el que viene con la distribución o, si no, me encuentro con una máquina incapaz de arrancar (el kernel compilado por mí siempre se atasca en un kernel panic).

Además, dentro de slackware, se ha ido haciendo más difícil trabajar, preferentemente, en las consolas de texto. Para evitar una incompatibilidad entre ese modo y el gráfico, ha habido que configurar las consolas de texto con svga, no con la tradicional vga; lo cual significa que los caracteres son menuditos, perdiéndose esa claridad de las letras grandes que siempre había sido la principal ventaja del modo texto.


§3.-- Del Windows 8 al Fedora

Nunca había tenido ordenadores portátiles, pues no me hacían falta. En mayo de 2014 me decidí a comprar uno, un ultrabook IdeaPad de la casa Lenovo, pequeño y manejable. El aparato me ha resultado útil y adaptado a mis necesidades. Sin embargo, constituyó un suplicio usar el sistema operativo incorporado: el Windows 8. Puede que, en parte, ello se debiera a mi falta de costumbre. Realizar la más mínima tarea implicaba invertir una enorme cantidad de tiempo, puesto que el sistema rehusaba lanzar la aplicación deseada sin antes hacer un chequeo larguísimo, hallando siempre motivos de alerta y de alarma sobre presuntos elementos peligrosos. Cada uno de tales pasos conllevaba unos agresivos anuncios publicitarios para hacerme comprar antivirus u otros presuntos optimizadores. A eso se agrega la mala visibilidad del texto, lo recóndito de las órdenes, las denominaciones enigmáticas, las ubica ciones escondidas.

A los nueve días de pugna y frustración, opté por reconfigurar el aparato achicando la partición Windows para dejar hueco al Linux. Lo hice mal, con el resultado de que se borró para siempre ese malhadado Windows 8, que sólo me había proporcionado disgustos y que no me había servido para nada.

Entonces ensayé instalar el Linux; para empezar mi compañero de tantos años, slackware. Desgraciadamente, aunque se instaló bien, luego no funcionó, al parecer por no dar soporte al vídeo de ese aparato. Tal fracaso me llevó a buscar alternativas. Percatábame de que el hardware del ultrabook era novedoso y tal vez infrecuente, dando lugar a una falta de soporte en muchas distribuciones.

Ya no recuerdo cuántas usé, todas en balde. Muchas. Varias de ellas parecían marchar bien hasta que tropezaban y se paraban. Al final tuve suerte con el Fedora. Jamás había imaginado convertirme en usuario del Fedora, pero esas circunstancias me forzaron a ello. Configurarlo para mis necesidades fue una tarea laboriosa, más que mis ejercicios previos con el slackware. Pero, más o menos, al final lo conseguí, aunque no de manera plenamente satisfactoria; ese margen de insatisfactoriedad puede deberse, en parte, a las limitaciones del propio hardware; no lo sé ni tengo modo de comparar (pues, como he dicho, el Fedora fue la única distribución que pude instalar con éxito).

Fedora sigue siendo para mí, ya casi dos años después, un territorio ajeno, donde me siento forastero; casi diría que me resulta un tantico inhóspito, regimentado, con escasos márgenes de autonomía. Sin embargo, a trancas y barrancas --aunque no siempre según mis preferencias--, he ido sacándole partido, para adaptarlo a mis necesidades. No es una distribución que suscite mi entusiasmo, ni siquiera una honda adhesión; pero sí se revela, a la postre, útil. Es seria, eficaz, rigurosa, depurada y segura. No ofrece todo lo que yo deseo, pero sí contiene, ya incorporados, varios de mis programas favoritos (que, en cambio, con el slackware tenía que buscar por otro lado). En el supuesto de tener que renunciar al slackware en mi PC de sobremesa, Fedora sería una posible alternativa.

De momento, sin embargo, sigo con el Fedora circunscrito al pequeño portátil, un aparato de uso más limitado y, en general, para tareas más modestas, realizadas cuando estoy sentado en una butaca.


§4.-- ¿Hacia el fin de mi adopción de slackware?

Recientemente he reemplazado mi PC maxi-torre de 32 bits (que había comprado en enero de 2010) por un nano-PC de 64 bits de la casa Foxconn, no sólo para tener una computadora más moderna y rápida, sino, principalmente, para ahorrar espacio.

Al hacerlo ha sido forzoso instalar de nuevo, evidentemente, el sistema operativo. Me había preparado. El nuevo aparato no tiene CD-Rom, pero, con el programa isohybrid, había convertido en arrancables desde llaves USB las imágenes CD de instalación de un amplio abanico de distribuciones del Linux: mageia, centos, fedora, corora, mandriva, manjaro, ubuntu, gentoo, slax, salix, knoppix, linuxmint, etc.

Probé varias, quizá todas. Al final las descarté, instalando, una vez más, el slackware, aunque un poquito despechado porque la versión actual sigue siendo la misma que ya tenía yo instalada en la máquina anterior, la 14.1, del año 2013, con un kernel un tantico desfasado. (La prudencia está bien, pero se puede pecar por exceso de precaución, que se traduce en dilación.) (Obviamente la versión precedente era para 32 bits y la que he puesto ahora es para 64 bits.)

La instalación ha sido laboriosa. No la del sistema operativo en sí, según viene con la distribución en cuanto tal; eso ha sido coser y cantar. Pero luego ha venido lo duro: (1) buscar, bajarme e instalar el multilib --para poder correr aplicaciones sólo disponibles para 32 bits (como el Reader de Adobe, que ofrece mejor lectura de los ficheros PDF que cualquier rival) y otras aplicaciones viejas que guardo y de las que no deseo, por el momento, prescindir; (2) agregar el Dosemu, el LibreOffice, el FFmpeg, el VirtualBox (tras fracasar con otros virtualizadores como el VMWare) y una serie de otros programas que necesito y que he tenido que buscar en otros sitios, cuyas indicaciones están orientadas a usuarios expertos.

De nuevo me ha tocado pelear, a brazo partido, con el CUPS para dar soporte a mis dos impresoras.

Al final todo funciona; todo menos el sonido. Eso sí, por primera vez he tenido que abandonar el modo texto. Felizmente la distribución slackware incorpora los programas de la plataforma KDE, entre ellos el terminal Konsole, que funciona la mar de bien y con el cual puede uno trabajar como si fuera en modo texto, sólo que mejor, porque además puede configurar el shell según las propias preferencias y auxiliarse con recursos adicionales inaccesibles en el genuino modo texto. (Eso sí, he notado, a cambio, que son mucho más inestables en el entorno gráfico ciertos programas propios del modo texto, como el WordPerfect 5.1 bajo emulador Dosemu; hay que salvar frecuentemente lo que uno está escribiendo, corriéndose el riesgo de que el programa aborte por cualquier causa fútil.)

Tras perseverantes esfuerzos y ratos de agobio e impotencia, tengo un sistema operativo que funciona bien acompañado por una amplia gama de programas que he incorporado para satisfacer mis necesidades. Sólo que el sonido funciona pésimamente. La tarjeta incorporada tiene un chip ALC662, que al parecer ha dado a muchísimos usuarios problemas parecidos, que no voy a describir. Tal cual está, el sonido es poco utilizable. He intentado compilar un nuevo kernel, pues sospecho que el mal viene de que es erróneo el módulo para ese chip. Sin embargo, en esta fase ya la recompilación del kernel está reservada a los expertos. ¡Diletantes, abstenerse!

Sin ser para mí un grandísimo problema, no ha dejado de producirme escozor. En general no uso la computadora de sobremesa ni para escuchar ficheros audio ni para ver vídeos; para eso tengo mi tableta. No obstante, en el actual estado de práctica inaudibilidad, ni siquiera puedo usar el audio del ordenador para saber qué diantres contiene un fichero cuyo nombre es, p.ej., «waxrtkjh39zq.mp3». Espero que vendrá solventado el problema con el paso a la versión 14.2, que parece próxima; por dos razones: (1ª) usará un kernel más moderno; (2ª) adoptará el controlador de audio pulseaudio (aunque a mí, que lo instalé por mi cuenta, no me solucionó nada).

Lo que sucede es que pasar al 14.2 implicará tener que, por mi cuenta, reinstalar a uña (y, en algunos casos, reconfigurar) el Glabels, el Dosemu, el FFmpeg, el LibreOffice, el Chrome, el VirtualBox, el Adobe-Reader (si es que funciona --probablemente no, a menos que instale el multilib--), etc.

Sigo apegado al slackware, que deliciosamente me ha acompañado durante tres sexenios; pero empiezo a preguntarme si, cuando toque una actualización, esta vez no me pasaré a otra distribución, concretamente al LinuxMint.

Decirle un cálido adiós al slackware me sabe a deslealtad. ¡Le debo tanto! A lo largo de los últimos 18 años, gracias a él, he usado la computadora con éxito en muchísimas tareas; principalmente: en el desempeño de mi actividad profesional como intelectual, como escritor; en la elaboración y el despliegue de las varias páginas web que he gestionado y sigo gestionando; en las comunicaciones y en el correo electrónico; en el aprendizaje de múltiples contenidos; en la descarga de textos y de documentos audio producidos por Universidades y otras instituciones académicas y culturales; en la conversión a formatos que yo pudiera usar convenientemente; y así sucesivamente.

Pero hoy, por las razones ya expuestas, inexorablemente el slackware ya es menos slackware. La consola pura resulta difícil de usar, por lo cual prácticamente para todo hay que trabajar dentro del entorno gráfico. La compilación de utilidades adicionales es más problemática. La recompilación del kernel según el criterio propio es tarea imposible o hercúlea. Y, en cambio, para tener una gama de aplicaciones que un usuario modesto como yo juzga imprescindibles hay que buscarlas e instalarlas, sin que vengan incorporadas al sistema operativo.

Lo que he observado del LinuxMint es que, una vez que uno consigue ver lo que aparece en pantalla (para lo cual hay que hurgar a ciegas para hallar el modo de reconfigurar el despliegue), parece bastante práctico, ofreciendo vías fáciles de instalación de paquetes de software adicionales, incluidos casi todos los que yo necesito --que no vienen incorporados (ni siquiera viene el administrador de ficheros MC [Midnight Commander]). Por otro lado, al parecer sus criterios de lo «libre» son más laxos, dando soporte a elementos de software que, sin cumplir los constreñimientos de la ortodoxia liberista, son gratuitos e insustituibles (plugins, codecs, etc). Así y todo, para mí el LinuxMint es, de momento, una incógnita, una posibilidad eventual.

¿Por qué el LinuxMint y no otra distribución? La página del sitio Distrowatch que he abierto hoy enumera 808 distribuciones. No he estudiado bien sus contenidos para determinar si en ese cómputo se incluyen las 470 interrumpidas (discontinued) y las 62 durmientes; ni he podido averiguar qué criterio fija cuáles caen bajo uno u otro de esos dos conceptos. También, al parecer, hay muchas otras en una lista de espera, ya que cada semana llaman a la puerta unos cuantos candidatos a engrosar el cúmulo de distribuciones linuxitas.

Pero, aunque las distribuciones ya aceptadas y vivas sean sólo 276, está claro que ningún usuario va a probarlas todas, ni la mitad, ni la cuarta parte. Algunas descripciones aclaran --y sirven para descartar de entrada-- pero las más veces se parecen tanto o son tan vagas, tan passe-partout, que, al final, hay que escoger un poco al buen tuntún, acaso en virtud de la reputación o de que le suene a uno el nombre de la distribución.

Según Distrowatch el LinuxMint es, este momento, la distribución más popular, habiendo incluso rebasado al Ubuntu. Para mí, claro, ese dato no es un criterio válido para escoger una eventual alternativa; pero, quizá por una vez, si llego a adoptar tal distribución, estaría yendo a favor de la corriente.


§5.-- Conclusión: ¿cuánto durará el software libre?

La proliferación de distribuciones es, claramente, una ventaja del Linux, una prueba de su enorme vitalidad; mas también constituye una causa de perplejidad e incertidumbre, uno de los motivos de censura contra el Linux por parte de sus adversarios, a quienes gusta seguir, regimentadamente, los mandamientos de quien tenga la sartén por el mango (para unos, la casa Apple, para otros Microsoft), sin rechistar ni desplegar iniciativa propia.

La principal ventaja del Linux sigue siendo su gratuidad, por mucho que eso moleste a los más fervorosos y devotos seguidores de la ideología liberista del GNU, los discípulos de Richard Stallman; un hombre admirable, un genio, pero demasiado intransigente y radical en sus ideas y actitudes, poco proclive a buscar compromisos con el mundo (esa reconciliación con la realidad de que hablaba Hegel).

Tal gratuidad tiene sus inconvenientes, claro está. Implica que los informáticos que crean el sistema y sus aplicaciones hayan de buscar fuentes de financiación diversas de la venta, a menudo un tanto aleatorias. (Al parecer el propio Patrick Volkerding vive en una situación rayana en la pobreza; admirado y querido en el mundo entero, tales afectos no llenan la cazuela.) Asimismo el cliente no puede quejarse de un servicio que ha pagado cuando no está a la altura de sus expectativas. (Pero --la verdad sea dicha-- con el Windows ¿es viable y útil tramitar un requerimiento? No lo parece según mi limitada experiencia.)

Es casi un milagro que, en una sociedad muy mercantilizada, sea posible, sin pagar nada, obtener un producto tan enormemente potente, tan inmensamente útil, tan bien hecho (pese a sus imperfecciones) como lo es el Linux. El ahorro es considerable. Si el nano-PC que he comprado recientemente lo hubiera adquirido con un sistema operativo de pago (Windows 7 o Windows 8), habría tenido que desembolsar un 25% más.

Desde luego, no niego las ventajas que comporta para el usuario, por inexperto que sea, disponer de un software que es «libre» en el sentido fuerte de Richard Stallman. Estando a salvo de ser acusado de «pirateo», uno puede hacer con el software lo que quiera, copiarlo, pasárselo a un amigo, trasladarlo de una máquina a otra, etc. Puede también modificarlo y recompilarlo, pero eso está reservado a usuarios expertos .

Otra ventaja del Linux (que, en parte, paradójicamente, es también una de sus debilidades, como ya he dicho) es la abundancia de distribuciones, la posibilidad de optar y de desandar en las propias opciones, intentando otras, según gustos, afinidades, criterios de utilidad o de facilidad o cualesquiera otros.

Una tercera ventaja del software libre es la libertad, pero no en el sentido fuerte de la ideología liberista de Stallman (un sentido que implica negar la propiedad intelectual), sino en otro más simple y llano: el linuxita no es cliente-súbdito de ningún oligopolio, mientras que los usuarios de Mac y de Windows sí lo son: habiendo pagado sumas muy elevadas para usar legalmente esos sistemas operativos, quedan en relación de vasallaje, de dependencia, respecto a las firmas que los producen, viéndose compelidos a usar sólo lo que sea certificadamente compatible con el sistema cuyo uso han adquirido (o sea, aquello que la firma en cuestión les otorgue permiso para usar) y teniendo que aceptar las actualizaciones que se les impongan.

No sé cuánto durará el software libre. Pese a su actual boga, me temo que acaben imponiéndose los intereses mercantiles y que lo eliminen. La precariedad de las fuentes de financiación del software libre me hace dudar que podamos seguir disfrutando mucho tiempo de la actual bonanza.

De momento el peligro parece conjurado o, al menos, alejado. No sabemos qué nos depara el mañana. ¡Aprovechemos el día de hoy!


(Este texto se encuentra asimismo en formato PDF en el sitio
lorenzopena.es)




sábado, octubre 24, 2015

LOS DESVARÍOS DE LA IZQUIERDA

Hace pocos años escribí un artículo titulado “Comunista sí, pero ¿de izquierdas?”, que publiqué en mi portal ESPAÑA ROJA, ÁUREA Y PÚRPURA. Recientemente lo han reproducido (cambiándole ligeramente el título) algunas páginas del Internet, que yo no juzgaba precisamente afines a mis ideas. Sea como fuere, evidentemente su interés por mis reflexiones no sólo me halaga, sino que me congratula, me hace pensar que no estoy tan solo.

Sin embargo, el hecho es que, además de los argumentos que expuse en ese artículo para rehusar venir etiquetado hoy como un hombre de izquierdas, nuevas razones se van acumulando día a día.

Uno de los motivos por los que siento constantemente disminuir mis ganas de utilizar las redes sociales para comunicar con individuos con quienes pudiera unirme algún nexo de intereses compartidos es que, cada vez que abro la página correspondiente, me llevo un disgusto, causado, no por leer las exposiciones de aquellos de quienes de sobra sé que estoy alejadísimo en ideas, en trayectoria, en origen doctrinal, en inclinaciones, sino las que emanan justamente de ese vago conglomerado de las “gentes de izquierda”, con las cuales --a pesar de que yo decline hoy el rótulo-- podría sentirme más unido, justamente por varias o muchas de las preocupaciones, por un común descontento con la actual ordenación político-económica, con el gobierno de España, con la actuación de los poderosos, con las desigualdades sociales.

Desgraciadamente, esas convergencias, cuando ahondo en ellas, tienden, si no a desvanecerse del todo, sí a revelarse superficiales, relativas, tenues, al paso que las divergencias resultan cada vez más abultadas, determinantes y profundas. La distancia va en aumento y tiende al infinito.

Como, no obstante, tampoco converjo con quienes son de otras procedencias ideológicas (aunque sí concuerdo con algunos de ellos en cuestiones particulares, igual que con mis presuntos correligionarios), el resultado es que experimento una creciente sensación de aislamiento doctrinal, que no me anima nada a proseguir los debates. Para debatir hay que hallar primero un terreno común, compartir unas premisas y reglas de inferencia y percatarse cada uno de que el interlocutor está capacitado para seguir nuestros razonamientos, tenerlos en cuenta y, o bien proporcionarnos una respuesta racional (que refute alguna de nuestras premisas), o bien aceptar nuestra conclusión.

Cuando, en lugar de eso, lo que sucede es que incesantemente esos interlocutores introducen nuevos temas con tajantes asertos que consideramos absolutamente erróneos y que fragilizan más y más todo intento de llegar, por la deliberación, a acuerdo alguno sobre los temas inicialmente debatidos, entonces lo razonable es suspender ese ejercicio, que se convierte en diálogo de sordos.

Y eso me pasa. Cada día me siento más alejado de todo lo que se llama “izquierda” e incluso de cuanto, sin reivindicar ese rótulo, viene caracterizado así por los medios de comunicación (como el embaucador engendro posibilista,PODEMOS [podemos ¿qué y quiénes?]).

Recientemente se ha celebrado el día de la raza, 12 de octubre, que el actual régimen borbónico ha erigido en el día de la Fiesta Nacional de España. La denominacion de “el día de la raza” la uśaba D. Antonio Machado (y la usó en sus escritos sobre la guerra antifascista redactados en Barcelona durante el conflicto bélico de 1936 a 1939). No sé cuándo empezó a emplearse; quizá en el siglo XIX. No tiene absolutamente nada de racista. “Raza” significaba entonces sólo un vínculo de parentesco colectivo, vínculo que existe entre los españoles y los hispanoamericanos, pues sólo una minoría de los habitantes de las hermanas repúblicas americanas, de la España de ultramar, carecen de antepasados españoles (una minoría, me atrevería a decir, ínfima). Que ese vínculo genético tenga una importancia u otra es secundario. Desde luego lo importante es el vínculo histórico, el cultural, el de la tradición jurídica y, sobre todo, el del idioma común. La cursi denominación de "Día de la hispanidad" que se usó bajo el franquismo podría aceptarse, pero creo mejor la de “día de la raza”.

Porque, al margen de los propósitos de los reyes Fernando V e Isabel I, de su comisionado el almirante D. Cristóbal Colón, de la sed de riquezas de los primeros colonos, de la crueldad de los conquistadores Cortés y Pizarro (como la de tantos otros conquistadores, el rey Darío, Alejandro Magno, César, Solimán el Magnífico, y ¡no digamos! Gengis Kan, Tamorlán, Luis XIV, Napoleón, la reina Victoria, Hitler), al margen de la trata de negros, la opresión de los indios, el monopolio de Sevilla, la opresiva estratificación de la sociedad virreinal, al margen de todo eso (que es verdad), la llegada al Caribe de las tres carabelas fue el inicio de un enorme proceso de encuentro de civilizaciones, la ocasión del mestizaje, el motivo de un nexo poblacional transoceánico que hace que tantos cientos de millones de seres humanos de ambas orillas del Atlántico compartamos idioma, muchas veces apellidos, historia, cultura, referencias y, además, intereses comunes frente a la prepotencia avasalladora de las potencias septentrionales.

Rechazo, desde luego, que el 12 de octubre sea la Fiesta Nacional de España. Como republicano legitimista creo que ésta debería ser el 14 de abril o el 11 de febrero (aniversario de la I República, 1873), o, si se quiere, la festividad de San José (aniversario de la Constitución gaditana), o el 2 de mayo o incluso alguno de los patronos historicos de nuestra Patria, San Jorge (23 de abril) o Santiago Apóstol (25 de julio); porque, sea uno católico o no, tales referencias están ancladas en los más hondo de la historia de España.

Sin apoyar esa exaltación excesiva del 12 de octubre, tampoco juzgo razonable la satanización de tal conmemoración a la que se ha entregado este año toda la “izquierda”, viendo en ese día el del genocidio y la opresión imperial. Dudo muchísimo que sea aplicable el concepto de “genocidio”, porque la disminución de la población indígena fue producida, principalmente, por enfermedades causadas por gérmenes involuntariamente aportados; los malos tratos y las durísimas condiciones de trabajo no fueron siempre peores que los que las masas trabajadoras y oprimidas ya estaban recibiendo bajo el yugo de sus monarcas precolombinos, cuya ferocidad no le iba a la zaga a la de los nuevos dominadores (exceptuando las poblaciones caribeñas y algunas otras, libres de tales imperios). En cualquier caso, dejo el debate a los historiadores. Lo que no creo es que el 12 de octubre sea sólo eso, el día del genocidio, aun suponiendo que lo hubiera habido. Ya he dicho que significa mucho más. Y, en el mundo de hoy, significa una unión de pueblos mancomunados por esos nexos lingüístico-historicos que deberían unirse frente al sojuzgamiento de los poderosos septentrionales que los agobian con su prepotencia y hegemonía, particularmente el imperialismo yanqui.

Conque ahí me topo con un motivo más para distanciarme de mis amigos de “la izquierda”, rótulo ya sin sentido ni valor alguno.

¿Es que he cambiado tanto? Mis ideas no son las de hace medio siglo, cuando profesaba el marxismo-leninismo, cuando encabecé la disidencia prochina del partido comunista de España. Mi evolución no ha sido, empero, tan radical. Subsisten no pocas continuidades. Recientemente he releído la Línea Política del partido comunista de España (marxista-leninista), PCEml, que redacté en 1965. De todos los asertos que contiene ¿con cuántos de ellos comulgaría hoy? ¿Cuántos de ellos juzgaría yo hoy que fueron acertados para el momento en que se escribieron? Sin duda me he alejado, con el pasar de los años, de la mayoría de tales asertos, pero, así y todo, al releerlos, sigo pensando que muchos eran correctos en aquel momento; otros, aunque incorrectos, eran justificables (desde unas premisas ideológicas y doctrinales que hoy he superado); y hasta unos cuantos, reformulados, seguirían siendo acertados hoy.

No se han alterado en lo más mínimo mi profesión de republicanismo, mi antiimperialismo, mi aspiración a una sociedad sin propiedad privada y a un mundo sin fronteras. Lamentablemente, entre mis amigos de "izquierda" apenas hallo ecos republicanos (y los que encuentro suelen ser sin énfasis, como si se tratara de una cuestión secundaria o hasta baladí); antiimperialismo, poco, desvaído, con sordina. Aspiración a un mundo sin fronteras y sin propiedad privada, prácticamente nada. En cambio sí pretensiones societales que yo no comparto, fijaciones con las alternancias electorales dentro de la monarquía reinante, y muchos temas así que para mí son, a menudo, indiferentes.

En los debates doctrinales también toca guarecerse, en tiempos adversos, en los cuarteles de invierno, suspendiendo la deliberación.

domingo, noviembre 17, 2013

Agentes o solo pacientes

¿Agentes o sólo pacientes? Respuesta a Fernando Broncano
por Lorenzo Peña y Gonzalo

2013-11-17


En Facebook se ha iniciado una conversación entre Fernando Broncano y el autor de esta página; dadas las limitaciones de esa red social, prefiero proseguir aquí el debate.

La discusión arranca de una entrada reciente de Fernando Broncano en la cual éste comentaba los despropósitos de un economista --de estos que hablan en la radio borbónica-- según el cual «los españoles» «NOS hemos gastado el PIB de dos generaciones futuras». Apostilla Fernando:

Y sigue empleando en NOS impunemente, como si el incluirnos en el paquete fuese natural, como si la deuda la hubiésemos adquiridos TODOS, no los bancos ni las inmobiliarias ni las empresas en una huida hacia adelante. Y me digo, `¡Tío! ¿Quién te ha dado permiso para incluirme e tus círculos? Mi NOSOTROS es el `NOSOTROS NO HEMOS SIDO'. Mi NOSOTROS es el de quienes están en la otra orilla del VOSOTROS.

No me cabe la menor duda de que la crítica de Fernando Broncano tiene un fundamento serio, encerrando una parte de verdad. Mas no creo que sea del todo acertado ese excluir del papel de agentes (o causantes) de lo que está sucediendo a todos los españoles salvo el puñado oligárquico que Fernando circunscribe con ese algo vago (pero sugerente) «vosotros».

De ahí que a esa entrada le introdujera yo --al día siguiente-- este comentario:

Pues yo creo que sí hemos sido. Primero votando a los destructores de España, de uno u otro matiz. Y además participando, cada quien a su escala, en la especulación y burbuja inmobiliaria y automovilística, deletérea económica y ecológicamente. Claro que hay grados.

Fernando Broncano me contestó:

No, no estoy de acuerdo. Es como decir que el obrero es cómplice del capital porque firma el contrato de trabajo y luego se gasta el salario. La burbuja ha sido una estrategia especulativa claramente consciente de lo que se estaba haciendo, entre otras cosas implicaba un engaño masivo a quienes menos podían valorar lo que estaba ocurriendo. Un inmenso juego de la pirámide. No confundamos víctimas y culpables: este es el argumento más fuerte que están usando para justificar lo que hacen.

A lo cual yo respondí unos días después:

Bien, Fernando, pero hay una diferencia. El obrero, o firma el contrato o pasa hambre. En cambio, los españoles podían no votar a la corrupta casta borbónica que nos ha llevado a un desastre previsible. Y podían no entregarse al delirio especulativo de las residencias secundarias y la emulación por el coche nuevo; podían sin pasar hambre ni nada similar. Muchas víctimas han sido un poco cómplices de los verdugos. No digo que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. En 1974 los españoles no eran, para nada, cómplices del yugo que padecían.

A esto, por su lado, Fernando me contesta el sábado 16 de noviembre de 2013:

Lo siento, Lorenzo no puedo entender que culpes a todas las clases populares de lo que les está pasando porque no han votado lo que tú crees que deberían haber votado (y, en cambio, supongo, disculpes a quienes tendrían que haberles convencido de no hacerlo por no haber sabido convencer a la gente con sus palabras y su vida).

Aquí es donde --necesitando un espacio que no se ajusta a las entraditas de Facebook-- opto por utilizar esta bitácora para puntualizar mi opinión --opinión que respetuosamente someto a otras mejor fundadas.

En primer lugar, hemos de precisar claramente el tema de la controversia. Lo que discutimos no es una cuestión de culpabilidad, sino de agencia, de actuar o ser pasivos; en otros términos, es un problema de causación.

Un causante, o agente, puede actuar sin culpa ninguna; y puede actuar culpablemente, ya sea por negligencia o por mala fe. No estábamos discutiendo si había que imputar culpa o no a los unos o a los otros, sino sencillamente si nos corresponde un mero papel de pacientes o también uno de agentes o causantes.

Mi atribución de causa o agencia a «los españoles» (entendiéndose: a la mayoría de ellos) se basa en dos motivos; uno es su comportamiento en los negocios, en el tráfico comercial; el otro es su conducta electoral, al votar a los partidos que han detentado la jefatura del gobierno a lo largo del actual reinado y que, por las políticas económicas que han aplicado, han conducido al desastre que padecemos.

En cuanto al primero de los mencionados motivos, aparece un poco ladeado en la continuación del debate. Pienso que mi alegato es fundado. En el capitalismo del siglo XIX y comienzos del XX, el obrero tenía las dos opciones de morir de hambre o aceptar el leonino contrato laboral que le proponía el empleador. Pero en no pocos aspectos las cosas son bastante más complicadas en el actual ordenamiento socio-económico del occidente, en el occidentalismo --que ya no es, ni muchísimo menos, capitalismo puro, sino un híbrido.

Dejando aparte las opciones del trabajador en su relación laboral, lo que yo señalaba era el comportamiento de muchísimos, de millones de españoles como compradores de mercancías, que a menudo han participado (aunque sea en medida modesta) en prácticas especulativas y, en otras facetas, han caído en la trampa de orientar su consumo a los sectores en que más ha prosperado la burbuja especulativa hasta estallar.

Mi análisis no llega, de ningún modo, a las acusaciones anticonsumistas de los que atacan a la sociedad de consumo y abogan por la austeridad, la penuria, el decrecimiento y, en definitiva, la pobreza. ¡Todo lo contrario! Lo que ha contribuido a la burbuja especulativa y a su consiguiente estallido no ha sido comprar o consumir, sino: por un lado, comprar para no consumir (comprar bienes inmuebles con fines, en parte, de atesoramiento y eventual reventa a mejor precio, beneficiándose de la carrera alcista); y, por otro lado, el frenesí de la compra --a crédito, naturalmente-- de bienes superfluos y obsolescentes (los autos) cuyo elevadísimo precio acaba arruinando al deudor, además de provocar un enorme daño al medio ambiente.

Mi segundo alegato estriba en atribuir parte de la causa de los males que padecemos (causa --insisto-- no es culpa) a la confianza electoralmente depositada en quienes han proseguido unas políticas económicas que, en lo esencial, se mantienen desde Carlos Arias Navarro a Mariano Rajoy, pasando por los cinco intermedios. Dejo de lado al primero de los siete, que nunca fue elegido. Los otros seis sí (con todas las fundadas reticencias y reservas que podamos emitir con respecto a la democraticidad del sistema borbónico).

Cuando un gobernante es elegido, quienes lo eligen son --así sea parcial e indirectamente-- causantes o agentes de sus políticas y, por lo tanto, de los resultados de las mismas.

Quede claro que en ningún momento he atribuido causación (ni directa ni indirecta) de tales políticas y de sus resultados a quienes «no han votado lo que [yo creo] que deberían haber votado» --suponiendo que yo creyera que deberían haber votado de cierta manera--, sino a quienes han votado a aquellos que (créalo yo o no) no deberían haber votado. Una cosa es no votar a quienes se debería votar (si es que existen); otra, muy distinta, votar a quienes se debería no votar. Lo que yo señalo como agencia o causación, en este caso, es sólo la acción, no la omisión.

No voy a traer aquí a colación los escrutinios de todas las elecciones generales españolas desde la transición. Para circunscribir un poco el debate me limito a las más recientes.

Tomo los siguientes datos de la págª web del ministerio del interior, aunque teniendo en cuenta que no eran datos definitivos, tal vez por faltar el escrutinio de residentes ausentes; por ello tomo algunos datos de la págª de wikipedia; las diferencias numéricas entre ambas tablas son muy poco significativas.

En las elecciones del 20 de noviembre de 2011, habiendo 47 millones de habitantes del Reino de España, tenían derecho a votar algo más de 35.779.491 (entre ellos españoles que viven en el extranjero). Según el ministerio, ejercieron el sufragio 24.590.557, absteniéndose 9.710.775, o sea un 28,31%. Hubo, además, 317.886 votos nulos (un 1,29%) y 333.095 votos blancos (un 1,37%). Ya tenemos cerca de 10 millones y medio de españoles que no han emitido votos válidos y que, por lo tanto, no han votado a los políticos que han llevado la nave a su naufragio.

Pero, además, tenemos a los que han votado a partidos que no han participado, ni directa ni indirectamente, en las coaliciones de poder (como no sea --y eso excepcionalmente-- a escala regional): IU-LV, AMAIUR y UPyD. No menciono a los que obtuvieron menos del 1% de los votos --como BNG, EQUO, HARTOS.ORG, PIRATA, FE de las JONS y otras curiosidades. IU-LV obtuvo 1.680.810; AMAIUR, 333.628; UPyD, 1.140.242; tenemos así un 13% de los votos válidos que no han sostenido con su papeleta a los partidos turnantes, ni directa ni indirectamente.

De entre la masa de los que sí han emitido votos a favor de partidos que, o bien se turnan en la jefatura del gobierno (PP y PSOE), o bien los apoyan a cambio de prebendas para sus respectivas satrapías (CiU, PNV, coalición canaria), hay que distinguir, de todos modos, entre unos y otros. Por los dos partidos turnantes han votado 10.830.693 más 6.973.880, o sea un total de unos 17,8 millones de votantes, o sea apenas más de la mitad del cuerpo electoral, que (¡recordemos!) era de más de 35 millones y medio.

Esos casi 18 millones que sí han votado a uno u otro de los dos partidos turnantes de esta neorrestauración borbónica han causado que tales partidos ejerzan la jefatura del estado (turnándose en ella) y, por lo tanto, que puedan desarrollar las políticas económicas que han pilotado. El millón de votantes de CiU más los trescientosmil del PNV apenas superaban el 5% de los votos válidos (constituyendo menos de un veintisieteavo del cuerpo electoral).

Tenemos, pues, menos de 20 millones que han respaldado con su voto a los partidos borbónicos turnantes --y, de ellos, algunos sólo indirectamente--.

¿Qué habría pasado si, en lugar de eso, hubieran alcanzado mayor éxito electoral otras opciones? Podemos dibujar varios escenarios con sendos experimentos mentales. Uno sería que la abstención unida al voto blanco o nulo, en lugar de ser de un 30%, hubiera sido de un 60%. Otro sería que partidos que, hasta ahora, no han participado directa ni indirectamente en el ejercicio del poder hubieran alcanzado posiciones que les permitieran, al menos, influir en la política gubernamental, condicionando su apoyo a un cambio de línea o (¡imaginémoslo!) encargándose de la dirección de los asuntos. Al respecto todo son conjeturas. No sabemos qué habría pasado.

Lo que sí sabemos es lo que ha pasado de hecho: que, gracias a las papeletas de 18 millones de electores, los dos partidos turnantes vienen perpetuándose desde 1977 (porque, en realidad, el actual PP viene a ser, de hecho, una especie de fusión de los dos partidos del tardofranquismo: alianza popular y la unión del centro democrático, que estaban desunidos en la transición).

Esos 18 millones son, pues, causantes de que la jefatura del gobierno la hayan desempeñado quienes lo han hecho; a fuer de causantes, son agentes, no pacientes. No han causado directamente sus políticas, pero sí han causado que puedan dictarlas y ejecutarlas; y, en reiterados comicios, han revalidado esa confianza, cuando ya esas políticas se estaban aplicando con empecinamiento.

¿Son, por ello, culpables? Para ser culpable de una conducta hay que ser agente de la misma careciendo de causas de justificación y de causas de exculpación. Una causa de justificación podría ser el estado de necesidad. Una causa de exculpación sería obrar por miedo insuperable o por ignorancia invencible. Alternativamente, puede haber culpabilidad atenuada, por la concurrencia de circunstancias que aminoran el grado de responsabilidad.

Pienso que en la conducta electoral muchos de esos agentes=causantes podemos verosímilmente suponer causas, en unos de justificación, en otros de exculpación; y, en buena parte de los demás, circunstancias atenuantes.

De ellas una es la que señala Fernando Broncano: las deficiencias achacables «a quienes tendrían que haberles convencido de no hacerlo por no haber sabido convencer a la gente con sus palabras y su vida», o sea las carencias de los líderes políticos alternativos al sistema. Es equivocada la suposición de Fernando Broncano: yo no disculpo en absoluto a esos líderes; ¡todo lo contrario! Para probar mi inculpación de esos líderes están (públicamente desplegados) numerosos artículos, sueltos y panfletos míos de los últimos cuatro o cinco lustros (para no mencionar ya los que escribí en mi juventud, que, en el fondo [y a pesar de sus errores, en parte fruto del espíritu de aquellos tiempos] ya apuntaban en la misma dirección).






martes, mayo 08, 2012

El safari de Juan Carlos Capeto

El safari de Juan Carlos Capeto
por Lorenzo Peña

2012-05-08


Poca sorpresa debería causar que Su Majestad el rey de España se haya dedicado, una vez más, a una de sus aficiones favoritas, la caza. Continúa --en eso como en tantas otras cosas-- la tradición de su familia, la dinastía borbónica --aunque, con propiedad, su apellido es el de «Capeto» o, en francés, «Capet», según lo determinaron las autoridades galas al caer la monarquía en el país vecino en 1792.

Su Majestad es también muy aficionado a la tauromaquia, sin que ello le impida otras muchas diversiones.

En el caso de marras, algunos órganos de opinión han expresado aflicción o desconcierto, no por preocupaciones animalistas, sino por el cúmulo de cuatro circunstancias:

  • 1ª) El hecho de que ese jolgorio cinegético --que implica un enorme derroche, sea cual sea la fuente sufragante-- se haya llevado a cabo justamente en momentos de durísimo ajuste, con el número de desocupados forzosos en España camino de los seis millones, los recortes de servicios públicos, la drástica disminución del poder adquisitivo de los hogares trabajadores, el aumento de la pobreza y la amenaza de bancarrota total de la precaria y débil economía española, ante lo cual el suicidario remedio de la oligarquía consiste en preceptos --promulgados por el propio cazador dispendioso-- que someten a todos los habitantes de España a un régimen de austeridad (aunque éste golpee más directamente a los servidores públicos);
  • 2ª) El hecho de que la caza del elefante está prohibida por los tratados internacionales, al considerarse una especie en riesgo de extinción y, por lo tanto, merecedora de protección, a la vez que las dispensas de tal prohibición han de otorgarse con garantías, sin que Botsuana (o Bechuanalandia), el antiguo patio trasero del apartheid, se vea como un estado de derecho en el cual valgan esas u otras garantías;
  • 3ª) La opacidad y el secreto que rodean a las idas y venidas del Soberano --una opacidad que no es novedad alguna, pero que esta vez ha producido escozor ya que sólo por haberse sabido del accidente se ha enterado la opinión pública de la cacería regia;
  • 4ª) La cercanía en el tiempo (y hasta quizá la posible conexión) entre esta aventura y las tribulaciones forenses de Su Alteza Serenísima, el Duque de Palma, yerno de Su Majestad, cuyo ex-socio está incluso amenazando revelar el papel de la Corona si no obtiene adecuadas compensaciones, a la vez que otras vicisitudes han venido erosionando la reputación de esa familia como presunta depositaria de los valores reconocidos por el ordenamiento jurídico.

Por el contrario, los órganos de prensa, las bitácoras, incluso los panfletos incendiarios han omitido otras consideraciones, no menos pertinentes, como lo son las cuatro siguientes:

  1. El safari se realiza en período pascual, tras la semana de Pasión, cuando un cristiano no tiene que estarse divirtiendo (unos se divierten matando, otros dando vida, otros de otra manera), sino que tiene que estar participando en actos recordatorios del calvario y la resurrección del Salvador, actos religiosos y piadosos, obras de caridad, de amor al prójimo. (Su Majestad la Reina Dª Sofía von Schleswig-Holstein estaba --según se ha informado-- consagrada a tales menesteres en su país natal.)
  2. El regocijo venatorio se ha realizado, al parecer, en la compañía de una señora austríaca (ennoblecida por casamiento) que el rumor considera la enésima amante regia, cuando el artículo 68 del código civil impone a los cónyuges el deber de «vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente», deber al cual el legislador español de 2005 (o sea el propio Monarca) ha agregado la obligación de compartir las responsabilidades domésticas. Por varios motivos que huelga aquí explicar contraviene lo preceptuado en ese artículo del código civil la conducta de pasarlo bien yéndose frecuentemente de francachela y cacería con una amiga íntima, o manceba. (A eso habría que añadir la calificación de tal conducta en el derecho canónico, al cual está sujeta la conducta del Soberano por su condición de católico, sin la que se desmoronaría la justificación de la potestad dinástica en la valoración de la sociedad española.)
  3. Acababa de producirse un llamamiento del sector hotelero y turístico español para que los habitantes de España pasen en territorio español sus vacaciones y no se vayan a disfrutarlas en el extranjero, a fin de, por lo menos, incentivar uno de los pocos sectores florecientes (pero también amenazados) de la economía española.
  4. Las generosas fuentes de la petromonarquía saudí, que (según se dice) han pagado el safari, habían hecho muchas aportaciones previas al patrimonio borbónico --cuando resulta que, en sede judicial, se ha tildado de cohecho impropio la aceptación de donativos como trajes y relojes (sin duda muchísimo más baratos que esas excursiones de lujo), basándose en el argumento de que un servidor público no puede lícitamente consentir en ver incrementado su patrimonio a título lucrativo cuando sea razonable sospechar que el donante actúa con el fin de conseguir así alguna ventaja futura para sí mismo o para terceros.

Aunque me parece que la opinión pública debería atender más a estas cuatro últimas consideraciones y menos exclusivamente a las superficiales y anecdóticas, mi comentario esencial sobre este asunto está fuera de todo ese círculo temático. Hay otro capítulo mucho más importante, que es el de los deberes constitucionales de la Corona, según el Título II de la vigente constitución sancionada y promulgada por el Rey el 27 de diciembre de 1978. (El Soberano no la ha jurado; en su exaltación al trono lo que juró fue la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional.)

Como he sostenido en el tercer capítulo de mi libro Estudios republicanos («El poder moderador en la monarquía y en la república»), la actual norma básica confiere a la Corona una amplísima potestad arbitral y moderadora, que no es (como a menudo se pretende) simbólica o decorativa. Esa potestad la tiene reconocida el Monarca, pero, con ella, que es un derecho, le incumbe un deber: el de ejercer esa potestad y hacerlo según los principios y valores reconocidos en la constitución. Por lo tanto, tiene el derecho y el deber de vetar las leyes y los decretos que, según su conciencia, sean vulneratorios de los valores constitucionales y de los grandes bienes jurídicos a cuya tutela está orientado el ordenamiento normativo del reino de España.

Para ejercer esa prerrogativa arbitral y moderadora que le reconocen los artículos 56.1 y 62 de la constitución, el Soberano ha de tener un juicio sobre el contenido de los actos jurídicos --expresos, tácitos o presuntos-- que le incumbe realizar, y no sólo sobre la forma o el procedimiento (aunque también esas cuestiones de forma son a menudo delicadas y complejas). La omisión puede ser tan violatoria del deber constitucional como la acción. Una de esas omisiones sería no examinar el contenido para, en función de tal examen, rehusar eventualmente la regia sanción a actos jurídicos atentatorios a los valores constitucionales.

La discusión habría de encaminarse por ahí para hacer un balance de en qué medida la actuación del Trono en este reinado ha estado conforme con esa obligación constitucional del Poder Moderador.

La transparencia que se pide habría de centrarse en averiguar en qué ocasiones el soberano Titular del Poder Moderador ha intercedido o no lo ha hecho, en qué casos ha objetado sancionar actos jurídicos de contenido inconstitucional, en qué casos ha recomendado o hasta impuesto nombramientos ministeriales u otros favorables al incremento del peso de la Corona, cuándo ha influido, o dejado de influir, para ajustar esos actos jurídicos a fines constitucionales o a otros fines.

Hay que saber si actúa como una máquina, como un programa de computadora que, mecánicamente, estampa la firma sin pensar cuando desencadena el mecanismo el poseedor de la clave. Si sí, ¿es eso lo que dicen que hará los mencionados artículos de la carta magna? Si no, ¿cuáles son las pautas de su conducción de los asuntos públicos?

Otro asunto digno de atención (mucho más serio que las zarandajas de los pasatiempos y escarceos regios) es el papel de la Corona en el ascenso y la caída del duque de Suárez y hechos concomitantes (23F) así como en episodios posteriores, como el 11M. En concreto (anticipando preguntas del lector), diría yo que merece una investigación el papel directivo de la Jefatura del Estado en el mando supremo de las fuerzas armadas (art. 62.h de la constitución) y, en ese marco, sus vínculos con el servicio secreto militar, rodeado por un halo de tenebroso misterio y salpicado por tantas alegaciones nunca públicamente debatidas ni refutadas.

Complementariamente está el problema de si las circunstancias que más arriba he enumerado determinan que el safari y otras conductas del Monarca sean hechos constitucionalmente ilícitos --aunque carentes de sanción en virtud del artículo 56.3 de la constitución. Mi opinión es que (por una ficción jurídica del art. 56.3) todos los comportamientos del Soberano son --independientemente de sus propósitos y de su contenido-- siempre hechos lícitos en el orden jurídico intraconstitucional, aunque violen el derecho natural.

Exhorto a mis lectores a que participen en estos debates y reflexionen por su cuenta sobre los temas abordados en este ensayo.






lunes, diciembre 05, 2011

ABOLIR LA CONSTITUCION BORBONICA

Abolir la constitución borbónica
por Lorenzo Peña

2011-12-06


La vigente constitución borbónica fue elaborada por unas cortes bicamerales constituidas en el marco jurídico del régimen franquista, incrementado por la octava «Ley fundamental del Reino», la Ley para la Reforma Política de enero de 1977, que venía agregada a la Ley de principios del Movimiento Nacional y demás parafernalia normativa del caudillaje.

Sin embargo, el hecho político decisivo no fue la promulgación de ninguna de esas leyes, sino la reentronización de la dinastía borbónica y, en su seno, la selección como monarca reinante del hijo varón del tercer hijo del último rey, Alfonso XIII. Esa doble decisión no se seguía en absoluto de las siete Leyes fundamentales del Reino vigentes en el momento sucesorio, del 20 al 22 de noviembre de 1975. Lejos de eso, incumbió a una ley ordinaria --aprobada por las Cortes estamentales de procuradores a iniciativa del autoproclamado «Jefe del Estado»-- de 22 de julio de 1969 seleccionar a la casa de Borbón como la única estirpe regia y, en su seno, al infante D. Juan Alfonso de Borbón y Borbón-Dos Sicilias como sucesor a título de rey por reunir, a juicio del designador, las cuatro condiciones requeridas: ser varón, católico, identificado con los ideales de la cruzada y compenetrado con las fuerzas armadas. Fue, dijo el testador, el mejor modo de dejarlo todo atado y bien atado para evitar el retorno de la «decadencia liberal».

Le LRP (Ley para la Reforma Política) de 1977 venía así sancionada y promulgada por un individuo cuya potestad no se deducía de las leyes fundamentales, sino de un Acto de naturaleza sucesoria, de una decisión testamentaria. Lo peor es que, lejos de convocar cortes constituyentes, la LRP instituye unas cortes bicamerales sin confiarles el poder de hacer una constitución, aunque permitiéndoles --como a cualesquiera otras cortes ordinarias-- promover una reforma constitucional (o sea, en aquel marco, una reforma del sistema de las ocho Leyes Fundamentales del Reino), que debería ser sancionada y promulgada por el Trono.

De esas Cortes el Senado tenía un quinto de designación regia. Eso será decisivo para que el texto constitucional resultante sea tan reaccionario y otorgue tan amplísimos poderes a la Corona. A tal fin concurrieron otros factores: el mantenimiento de la prohibición de los partidos republicanos o simplemente no-dinásticos hasta que se hubieron celebrado las elecciones de 1977; la obsoleta representación provincial; las listas cerradas; la exclusión del censo de los españoles residentes en el extranjero (emigrantes y exiliados).

La constitución sancionada y promulgada por el Monarca Reinante el 27 de diciembre de 1978 es una norma que, bajo una apariencia y terminología democráticas, en realidad establece la supremacía de la prerrogativa regia, con una amplia potestad arbitral y moderadora del Trono, cuyos privilegios quedan protegidos por la cláusula de intangibilidad del art. 168 del citado texto.

Muchos pueden considerar venturoso que a menudo el Soberano opte por hacer dejación de ese poder arbitral y moderador de que está investido por el art. 56.1 de la constitución, limitándose a un simulacro que da la impresión de una función meramente protocolaria. Otros, en el error, van más lejos, creyendo que en rigor el citado artículo 56 es retórico y sólo otorga al Rey un papel decorativo o figurativo.

Tales poderes siguen vigentes y en cualquier momento pueden entrar en acción, ejérzanse o no --según los supremos intereses de la dinastía. Contra su explícito reconocimiento constitucional no vale invocar el desuso.

Más bien, llevan razón quienes critican la omisión de tales funciones arbitrales y moderadoras. Y es que, si la Carta Magna las concede al titular de la jefatura del Estado, también se las impone.

Una de las muchas diferencias entre Monarquía y República estriba precisamente en el ejercicio del poder moderador. En una República, un Presidente goza de una legitimidad institucional que le otorga una genuina autoridad, por lo cual, en situaciones de crisis, puede atreverse a ejercer su potestad arbitral y moderadora. Ejemplos los ha dado en Italia en varias ocasiones la Presidencia de la República. En las monarquías la pseudolegitimidad es vergonzante y vergonzosa, al entrar en conflicto con todos los valores esenciales de la democracia, el principal de los cuales es la exclusión de la arbitrariedad, mientras que el dominio de una dinastía reinante sólo puede ser fruto de la pura arbitrariedad. En una monarquía como la española actual ese defecto está agravado, al haberse seleccionado la figura del soberano, no por las reglas tradicionales de transmisión dinástica, sino por la decisión de un tirano. En ese panorama, no cabe depositar esperanza alguna en que se ejercite el poder moderador, salvo cuando se trate de salvaguardar los intereses dinásticos.

Luchar por la República implica, por consiguiente, combatir por un ordenamiento jurídico en el que exista un genuino Poder Moderador plenamente legítimo y no arbitrario, que, encarnando la máxima autoridad del Estado, sirva de equilibrio y contrapeso frente a los poderes legislativo y ejecutivo y entre ellos. Algo que buena falta haría en las actuales circunstancias y que atemperaría los vaivenes y turnos partitocráticos.






miércoles, noviembre 09, 2011

LEGALIZACION DE ETA

Legalización de ETA
por Lorenzo Peña

2011-11-09


La declaración de la organización separatista vasca ETA prometiendo un cese definitivo de la acción violenta debería ser respondida por las organizaciones legales de la vida pública española con una campaña a favor de la legalización de ETA.

Dudo que haya habido persona alguna que haya opuesto argumentos más contundentes que los míos a las pretensiones políticas de ETA. En un número de escritos que no hace al caso citar he objetado --a lo largo, no de años, sino de varios lustros-- los presuntos fundamentos de la posición aberchale, la errónea creencia en una nación vasca diferenciada a la que asistiría un derecho colectivo de autodeterminación.

Ya en mi lejana juventud tuve oportunidad de formular tales objeciones, y decírselo en la cara a los líderes etarras, con quienes me entrevisté en París allá por el año 1967 (según lo cuento en mi autobiografía ¡Abajo la oligarquía!, cuyo título original era Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria).

Aun rechazando, argumentadamente, las erróneas tesis de la izquierda aberchale y de su brazo armado, también es verdad que, a lo largo de los lustros pasados, propuse soluciones. Una de ellas fue un plebiscito de secesión con la condición de que los pueblos y aldeas donde triunfara el sí (siempre que hubiera quorum de votación) pasarían, ipso facto, a constituir un Estado políticamente separado de España, aunque fuera un rosario de enclaves, una especie de San Marino en múltiple (o en uno, si sólo un municipio o caserío adoptara esa decisión). El autor de estas páginas lo propuso sin albergar la menor ilusión de que se le hiciera caso. Nadie se lo hizo. Los batasunos y similares siguieron abogando por una brumosa soberanía y decisión del pueblo vasco, rechazada por los adeptos del patriotismo constitucional. Ni los unos ni los otros proponían nada para el supuesto de hecho más verosímil, que era el de que el sí a la separación triunfara localmente aquí o allá y fracasara en el conjunto de las tres Provincias Vascongadas.

También apoyé siempre las negociación del gobierno español con ETA, tanto las del que presidía el Lcdo Aznar cuanto las que llevó a cabo el Lcdo Rodríguez Zapatero. Siendo republicano y antimonárquico, adversario del actual sistema pseudodemocrático y nada parlamentario --donde domina la oligarquía financiera y terrateniente--, no por ello regateé mi patriótico respaldo al gobierno nacional en asuntos de Estado, como lo era llegar a un entendimiento pacífico con quienes, en aras del separatismo, acudían a la violencia letal.

Fracasadas las negociaciones, no cuestioné la legitimidad de la represión contra ETA, a pesar de venir efectuada por organizaciones represivas cuya disolución estaba yo, simultáneamente, proponiendo (sin que tampoco nadie pareciera escuchar).

Ahora todo eso es pasado. Ahora se trata de incorporar a ETA a la vida pacífica, a la convivencia. No pido ni propongo la modificación de la ley de partidos. Sé que en España no hay libertad de asociación. Y, siendo los partidos políticos unas estructuras de carácter semi-público --amparadas y subvencionadas a expensas del contribuyente e inscritas en el ordenamiento actual--, entiendo que estén sujetos a restricciones.

Mas, aunque en España no hay libertad de asociación, sí hay --en virtud del artículo 22 de la vigente constitución borbónica-- un limitado derecho de asociación. He criticado en el capítulo 8º mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS las abusivas restricciones al derecho asociativo que impone la ley orgánica 1/2002 sobre el derecho de asociación. Pero, aun en el marco de esa ley (que el PSOE en el gobierno en el septenio 2004-1011 no se ha preocupado por dulcificar) sería posible que se abriera un cauce para la legalización de ETA.

Los partidarios del sistema actual (que yo deploro) pierden, al no proponerlo, una ocasión de oro para afianzar su régimen político, confiriéndole una mayor legitimidad, al menos aparente. Pocas cosas serían tan beneficiosas para el sistema como que una ETA legalizada pudiera formar una asociación de electores que se presentara, con esas siglas, a unas elecciones, con un resultado electoral, si no exiguo, en todo caso decepcionante para las ambiciones de los inspiradores de todo ese desafortunado movimiento.

Es más, ante una perspectiva así aumentarían las probabilidades de división de la izquierda aberchale, entre los pro-ETA y los anti-ETA, teniendo que conformarse unos y otros con una cosecha de escaños seguramente poco honrosa, que iría desgastando ulteriormente la base de simpatizantes.

Nada mina una causa revolucionaria como la adaptación a la legalidad vigente. Y la causa de ETA era revolucionaria, aunque sea la de un revolucionarismo erróneo, descabellado, nefasto en sus metas y dañino en sus métodos.

Lo que a mí me lleva a enunciar esta propuesta no es mi deseo de que se refuerce el actual sistema político, ya que preferiría que, en lugar de eso, se abriera pronto una vía de cambio de régimen que condujera a la restauración de la República (de la República democrática de trabajadores de toda clase, la de 1931). Por principio, por afirmación de la libertad, creo que todos han de disfrutar del derecho de asociación libre; y que el ejercicio de ese derecho ha de estar sujeto sólo a las limitaciones más evidentes que sean imprescindibles para la paz social.

El que en el pasado una organización haya sido criminal no es ninguna razón válida para que esté hoy fuera de la ley. Nunca he pedido la ilegalización de la Falange ni la de los demás círculos que perpetraron la occisión de amplias masas de obreros, campesinos, intelectuales republicanos y personas simplemente leales al gobierno de su país (una occisión de la que dudo que existan cifras válidas y concluyentes, pero que ha sido, desde luego, no sólo la mayor en la historia de España sino también una de las más espeluznantes del siglo XX).

A efectos de existencia legal de asociaciones, lo pasado pasado.

Por favor, señores políticos de la monarquía borbónica, ¡sean Udes inteligentes, tengan un ápice de buen sentido, sean sensibles en algo al ideal y al valor de la libertad que tanto predican y, ante la renuncia a la violencia de quienes hasta ahora tercamente rechazaban entrar en la senda de la paz, otórguenles un sitio en la vida legal! Todos saldremos ganando.






sábado, noviembre 05, 2011

Balance de un septenio

Balance de un septenio turbulento
por Lorenzo Peña

2011-11-05


Llega la hora de hacer un balance del septenio de primatura del Lcdo vallisoletano D. José Luis Rodríguez Zapatero, jefe del gobierno de Su Majestad, 2004-2011.

Quien esto escribe nada supo de la existencia del Lcdo Rodríguez Zapatero hasta que éste ganó, sorpresivamente, las elecciones internas a la secretaría general de su partido el 22 de julio de 2000. Posteriormente he sabido que, sin habernos conocido nunca, forzosamente hemos tenido que vernos frecuentemente, porque yo fui profesor contratado de la Universidad de León entre octubre de 1983 y febrero de 1987, al paso que, en el mismo período, él fue ayudante de Derecho constitucional en esa misma Universidad (1983-1986). Yo en la Facultad de Filosofía y Letras y él en la de Derecho. Ambas Facultades compartían el mismo edificio, en el campus de Vegazana: Filosofía el ala derecha y Derecho el ala izquierda.

Fue una etapa agitada en mi vida, porque estuve involucrado en el movimiento de PNNs (profesores no numerarios), participando en una semana de huelga de docentes y alumnos con un encierro ante el rectorado; rectorado que estaba en el mismo edificio común, sólo que en el ala izquierda y, por lo tanto, en la zona de Derecho.

En la vida del Lcdo Rodríguez Zapatero ese lapso no fue el de preparación de una tesis doctoral (cual era sin duda su primera intención al solicitar y obtener la ayudantía universitaria), sino el del salto a la política. No hay en ese cambio nada de censurable. La vida es así: hacemos unos planes y luego las circunstancias nos colocan ante nuevas ocasiones, nuevas incitaciones que a menudo tuercen las intenciones previas y nos llevan por otro camino.

Tampoco he conocido al padre del Lcdo Rodríguez Zapatero, el ilustre abogado leonés Juan Rodríguez García-Lozano, aunque indirectamente, por relaciones familiares, es para mí una persona, en cierto sentido, próxima.

Desde mi adolescencia he sido muy hostil al PSOE, por su papel negativo en la guerra de España. Cuando volví a España en septiembre de 1983 (tras un exilio de 18 años) me topé con la actuación del gobierno de D. Felipe González Márquez, viendo, y sufriendo, su política de afirmación borbónica, antipopular, prooccidental, atlantista y galoide.

Si el viejo PSOE de D. Indalecio Prieto, D. Francisco Largo Caballero y D. Julián Besteiro estaba alejado de mis preferencias ideológico-políticas, lo del Sr. González Márquez era ya otra cosa, puesto que en nada sustancial (y en casi nada accidental ni siquiera simbólico, salvo el nombre) parecía diferir de cualquier partido monárquico reaccionario.

Fue su primatura el aciago período de la reconversión (desindustrialización), de las privatizaciones, de las desregulaciones, de la ley de extranjería (hasta entonces la llegada de inmigrantes era prácticamente libre); el período de las reformas laborales destructivas de derechos, de la precarización de los trabajadores, tanto los del sector privado cuanto los del sector público (incluidos los funcionarios); el período de la entrada en el mercado común y en la NATO, del alineamiento en el campo occidental; el período del cierre de líneas férreas y de la preferencia al automóvil (salvo, por prestigio, el AVE Madrid-Sevilla). Un período de maridaje con la oligarquía franquista-borbónica, con los escándalos consiguientes. Y un período, además, de altos tipos de interés fijados por el Banco de España (para atraer capitales foráne os), con el desastre económico que eso causó. El período del GAL. Un período en el que, lejos de darse paso alguno para eliminar la odiada práctica de la tauromaquia, se exaltó oficialmente desde el poder. Y --quizá para mí lo peor de todo-- fueron 14 años de tabú y olvido coercitivo del pasado y de consagración, a título de grandes demócratas de toda la vida, de los integrantes de una élite política, en su mayoría provenientes de las Falanges Juveniles de Franco.

Otro vendrá que bueno me hará. Aunque resultara inverosímil o imprevisible, el octoenio 1996-2004 marcó una agravación de los males. A los anteriores se agregaron: el euro (una de las principales causas de nuestras presentes dolencias económicas); la adhesión a las guerras de Yugoslavia, Afganistán e Irak; la dura política anticubana; una mayor desindustrialización de España --con un patrocinio exclusivo de los sectores turístico e inmobiliario; la agravación de la xenofobia legislativa con un endurecimiento de la ley de extranjería. También hubo en esos ocho años de primatura del PP varias mejoras, que sería injusto desconocer; palidecen al lado de los aspectos sombríos y hasta lúgubres.

Tras la dimisión de D. Joaquín Almunia como Secretario general del partido socialista en junio de 2000, imaginaba yo que nadie peor podía venir a encabezar el PSOE. Al conocer el elenco de candidatos, pensé, eso sí, que cualquiera sería menos malo que D. José Bono, expostulante de la Guardia de Franco. Quien el 22 de julio de aquel año resultó elegido para ese cargo por los congresistas fue un desconocido: José Luis Rodríguez Zapatero, al frente de una también desconocida y enigmática plataforma Nueva Vía. Al conocer la composición del equipo de la Nueva Vía me quedé alarmadísimo, pues su ideólogo era D. Jorge Sevilla, un economista neoliberal adepto del adelgazamiento del Estado, la desregulación, el fomento de los seguros privados en sustitución de los públicos y la supresión de la progresividad fiscal (proponiendo un impue sto a la renta proporcional, o sea con un solo tipo impositivo y con un umbral de exención).

Como lo recuerda Vicenç Navarro en un reciente artículo, otro de los integrantes del equipo Nueva Vía era otro economista de la misma cuerda, Miguel Sebastián, quien, en El País del 21-09-2003, afirmaba: «en absoluto [confío en el intervencionismo público]. Soy defensor de esta idea de los demócratas estadounidenses de Estado dinamizador frente a un estado del bienestar o asegurador. El poder público debe tener un papel de promotor o corrector».

Con ese transfondo doctrinal, pocas esperanzas podían suscitar los primeros pasos de D. José Luis Rodríguez Zapatero al frente de su partido. Sus inicios como líder de la oposición en las Cortes no presagiaban nada bueno. Parecía una caja de ocurrencias políticamente irrelevantes, como aquella de sostener, cual gran propuesta política, que se celebrara a bombo y platillo el medio milenio del Quijote y su insistencia en el aumento de la productividad como el principal o único problema de la economía española.

Todo eso venía a confirmar lo que se había anunciado con su acceso al liderazgo del partido: que la plataforma Nueva Vía trataba de trasplantar a España las posturas de la nueva socialdemocracia de Tony Blair y Gerhard Schröder; una nueva socialdemocracia que difería de la vieja en que ya no reclamaba ni un sector público de la economía ni derechos laborales ni intervención del Estado, ni menos una evolución hacia la socialización de los medios de producción, sino que asumía con alacridad las exigencias del mercado para centrarse en innovaciones que se llamaban «societales», o sea referidas a cuestiones de familia y costumbres en el ámbito privado, temas culturales y promoción de virtudes ciudadanas.

Lo que cambió la vida del señor Rodríguez Zapatero y su significación para la política española fue la guerra de Irak, contra la cual, tras titubeos iniciales, se pronunció resueltamente en 2003. Fue, a mi juicio, la razón principal de su triunfo electoral relativo en marzo de 2011 (triunfo consistente en alcanzar 164 escaños, mientras que su principal adversario, el PP, sólo obtuvo 146; ningún partido consiguió la mayoría).

Como líder de la mayor minoría parlamentaria, Rodríguez Zapatero fue investido presidente del gobierno por S.M. El rey.

Empezó mejor de cuanto cabía augurar. Lo misterioso no es por qué a la postre el balance de la primatura del Lcdo Rodríguez Zapatero es tan negativo y aun catastrófico; lo misterioso, lo que no está explicado, es en virtud de qué fuerzas telúricas u otras, de qué tropismos, de qué influencias, fue posible que --teniendo a sus espaldas todo ese lastre de neoliberalismo societalmente modernizante-- se deslizaran, no obstante, en su política, a lo largo del primer cuatrienio, muchos aspectos loables. Tal vez fue gracias al papel de Jesús Caldera, pero sin duda tuvo que haber otras causas más profundas que desconozco; quizá factores subconscientes, la fuerza del destino. O simplemente la inercia de seguir en una trayectoria inaugurada con la postura sobre la guerra de agresión contra Irak.

Sea como fuere, una apreciación objetiva hará ver varias mejoras en ese cuatrienio 2004-2008 o en los primeros momentos del cuatrienio siguiente:

  1. Mayor dedicación presupuestaria a la investigación científica junto con una proclamación de que la economía española debía invertir más en el terreno de alta tecnología (aunque en la práctica no se pusieron los medios, confiando en que lo haría el sector privado).
  2. Ley de memoria histórica (por insuficiente que fuera).
  3. Subida del salario mínimo y de las pensiones más bajas, como las de viudedad.
  4. Decreto sobre inmigración que --sin alterar la ley de extranjería-- abrió la mano a la legalización de una masa de inmigrantes (lo cual fue, además de humano, enormemente beneficioso para la economía española, que experimentó en ese lapso su mayor crecimiento, gracias principalmente a ese aflujo de mano de obra, que se tradujo en una disminución del paro autóctono).
  5. Busca de una vía negociada para poner fin al conflicto vasco mediante una política conciliatoria que propiciara derrotar al terrorismo por la fuerza de la razón y de la convicción.
  6. Rechazo de las presiones oligárquicas para intensificar la precariedad laboral.
  7. Ley de dependencia, que reconoció el derecho de las personas afectadas por minusvalía a la ayuda pública para hacer frente a su discapacidad.
  8. Un nuevo paso adelante en la despenalización de la interrupción del embarazo (aunque en términos jurídicamente objetables, confusos y equívocos).
  9. Un reconocimiento (aunque insuficiente) del derecho a seguir trabajando hasta los 70 años (limando así una de las discriminaciones legislativas lesivas de derechos fundamentales).
  10. Poderoso empujón al tendido de líneas ferroviarias de alta velocidad.
  11. Impulso a las plantas desaladoras de agua en las zonas litorales.
  12. Una serie de ayudas sociales puntuales: los 400 euros de desgravación fiscal lineal en el impuesto a la renta; el cheque bebé; la ayuda para que los jóvenes pudieran acceder a una vivienda en alquiler formando un hogar separado del de sus padres.
  13. Política de buenas relaciones con el vecino Marruecos.
  14. Buenas relaciones con Cuba y Venezuela.
  15. Aumento de la ayuda exterior al desarrollo.
  16. Salida de las tropas españolas de Irak.
  17. Propuesta de una Alianza de Civilizaciones, como un posible eje alternativo de política exterior, en el cual España y Turquía, polos del Mediterráneo, unirían sus capacidades y experiencias en una proyección de cooperación transversal que sumara aportaciones originarias de diversas tradiciones civilizatorias --un proyecto susceptible de ulteriores ampliaciones.

Al lado de esos 17 aspectos positivos --varios de los cuales estaban auspiciados (como ya lo he sugerido) por el ministro de trabajo de ese período, Jesús Caldera--, hubo, desde el comienzo, otros negativos.

Los ministros Jordi Sevilla y Pedro Solbes impusieron cambios reaccionarios; particularmente regresiva fue la modificación del impuesto a la renta. Fue lamentable la supresión del impuesto sobre el patrimonio. Siguieron adelante las privatizaciones, no notándose, en ese punto, el relevo de un partido por otro.

Estuvo mal la reforma del código civil que precarizó la relación matrimonial, consagrando así la superioridad del cónyuge más poderoso y privando de protección jurídica a la parte débil. En el campo de la relación entre hombre y mujer y en la conciliación de la vida familiar con la laboral las medidas --muy llamativas y aparatosas, algunas lesivas del derecho a la igualdad-- es dudoso que se hayan traducido en mejoras sustantivas para la masa de población a cuya tutela iban encaminadas las reformas.

Tampoco fue acertado dar visto bueno a nuevos estatutos de autonomía aún más descentralizadores, puestos en marcha en Andalucía, Valencia y otras comunidades de consuno con el PP. En relación con eso se dieron nuevos pasos en el desmantelamiento de la administración general del Estado y a favor de la descentralización regional, con el consiguiente deterioro del servicio público y la desigualdad entre los habitantes de unas comunidades y otras.

La proclama de una política económica conducente a salir de la hegemonía del ladrillo no arrojó resultado alguno puesto que se descartó la creación o el fomento de empresas públicas, mientras que el sector privado, bajo control extranjero, no tenía interés en una reindustrialización de España.

En política energética también hubo, desde el primer momento, una mala orientación, con el «NO» a las nucleares, el mantenimiento de la hegemonía de los hidrocarburos, el fomento de los agrocarburantes, una apuesta, seguramente equivocada y excesiva, por las renovables (con un gran despilfarro de recursos escasos y un encarecimiento de la energía). En línea parecida el gobierno rehusó apadrinar la adopción, en la agricultura española, de las innovaciones tecnológicas capaces de crear una nueva agricultura competitiva, como la ingeniería genética. Y también en esa misma línea es de lamentar que se enterrara el plan hidrológico nacional, que inicialmente había sido propuesto por Josep Borrell.

Asimismo fue de lamentar la reforma educativa, que arrinconó aún más a la filosofía para dejarle el puesto a un adoctrinamiento ideológico a favor del sistema político reinante, la educación para la ciudadanía. Fue a peor la ley de Universidades, que eliminó una de las pocas buenas reformas de la legislativa anterior. También fueron negativos el endurecimiento de la legislación represiva sobre propiedad intelectual y el amparo otorgado a las pretensiones de la SGAE y sus socios.

Continuó la participación española en la guerra de agresión en Afganistán, a lo cual se añadieron otras aventuras militares (la última la guerra de Libia). Lo peor fue el europeísmo, siendo el gobierno español el más ardiente partidario de la constitución europea que los pueblos francés y holandés rechazarán. (El plebiscito español del 2 de febrero de 2005 sólo consiguió atraer a las urnas al 41,77 por ciento del censo electoral.) Ese paneuropeísmo acabará llevando a todas las derivas posteriores, que sacrificarán casi todos los avances del primer cuatrienio.

En el debe de los siete años y medio de Rodríguez Zapatero habría que anotar todo lo que no ha hecho: nada sobre la eutanasia, nada a favor de la empresa pública, nada efectivo a favor de la industrialización, poco o nada a favor de los trabajadores (salvo los escasos puntos más arriba consignados).

En el segundo cuatrienio se ha deshecho una buena parte de lo que se había hecho bien en la legislatura de 2004-2008. Obedeciendo los dictados de USA y de la Unión Europea, se ha lanzado la política de durísimos recortes sociales y de precarización laboral a tumba abierta; se han autorizado operaciones financieras en paraísos fiscales, desregulándose aún más el flujo de capitales; se ha endurecido la represión contra los inmigrantes ilícitos. Se ha incrementado la participación en las aventuras militares de la NATO. Se ha autorizado a la marina de guerra de USA para estacionar sus armas nucleares en la base norteamericana de Rota --incurriéndose así en una supeditación ante la supremacía estadounidense que no tenía precedente desde la muerte del general Franco. Por último, se ha reformado sorpresivamente la Constitución para asegurar la subordinaci&oacu te;n total de España a los dictados de la Unión Europea, consumándose el abandono de la soberanía nacional.

Ha desembocado todo ese nuevo itinerario en la cooptación gubernamental del remanente del cuatuordecenio de D. Felipe González, el Sr. Alfredo Pérez Rubalcaba, compendio de lo que fue aquella política del pelotazo apadrinada por la oligarquía financiera, cuando la palabra «socialismo» hacía sonreír.

Los logros del primer cuatrienio de Rodríguez Zapatero se van disipando, dejándonos la impresión de un espejismo.

¿Qué balance cabe proponer de todo eso? Mucho me temo que los aspectos positivos del primer período van a ser olvidados; peor sería que, como reacción al nefasto cuatrienio 2008-2011, se quisiera restar importancia a aquellas mejoras o se olvidaran esos puntos en la agenda de futuros programas de signo progresista.

Nada es tan útil como ser justos. Hemos de serlo con nuestros amigos y con nuestros enemigos. Ser justos es ser verídicos y veraces. Esa veracidad me lleva --a la hora de decirle «adiós» a un político borbónico (y no republicano como él se ha querido creer) cuyo rendimiento de cuentas merece más censura que parabienes-- no desconocer por qué, en algún momento, hubo motivos para depositar en su política algunas esperanzas, aunque a la postre hayan quedado defraudadas.