Lorenzo Peña y Gonzalo

Mi foto
Tres Cantos, Spain
Tras una turbulenta y amarga juventud consagrada a la clandestina lucha revolucionaria, mi carrera académica me ha conducido a obtener las 2 licenciaturas de Filosofía y Derecho y asimismo los 2 Doctorados respectivos (en Filosofía, Universidad de Lieja, 1979; en Derecho, Universidad Autónoma de Madrid, 2015). Soy también diplomado en Estudios Americanos; en cambio, si bien inicié (con éxito) la licenciatura en lingüística, no la culminé. Creador de la lógica gradualista, tras haberme dedicado a la metafísica y la filosofía del lenguaje, vengo consagrando los últimos 4 lustros a desarrollar una nueva lógica nomológica y aplicarla al Derecho: la lógica de las situaciones jurídicas, basada en la metafísica ontofántica que elaboré en los años 70 y 80. He sido profesor de las Universidades de Quito y León, Investigador visitante en Canberra e investigador científico del CSIC, habiendo sufrido la jubilación forzosa por edad en 2014 cuando había alcanzado el nivel máximo: Profesor de Investigación. Soy miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

lunes, marzo 14, 2011

OLIGARQUIA E IMPERIALISMO

por Lorenzo Peña
2011-03-15


En una entrada anterior señalé la publicación de mi autobiografía política Amarga juventud por la Editorial Muñoz Moya con el título: ¡ABAJO LA OLIGARQUÍA! ¡MUERA EL IMPERIALISMO YANQUI! Anhelos y decepciones de un antifascista revolucionario. Puede suscitar una reacción de extrañeza ese provocativo título que, a la altura del año 2011, tal vez resulte polémico o excesivamente politizado.

El título expresa las consignas de la época, reflejando las dos señas de identidad de lo que fue el PCEml --o sea la organización a cuya construcción dediqué ocho años de mi amarga juventud, de 1964 a 1972--: la lucha para derribar a la oligarquía financiera y terrateniente y para acabar con el imperialismo yanqui --o, al menos, para expulsarlo de España. Fue una doble seña de identidad por los motivos siguientes.

Al tomar como enemigo a la oligarquía, adoptábamos esencialmente un enfoque marxista de lucha de clases, apuntando así la flecha del combate político contra un blanco que no era únicamente el poder establecido --el despótico régimen franquista--, sino toda una clase o capa social privilegiada que, según el esquema asumido, constituía la parte de la sociedad española que, en realidad y en el fondo, manipulaba e instrumentalizaba, en su provecho, ese poder tiránico, el cual era sólo un utensilio en sus manos para mantener y acrecentar su supremacía social y económica. Mas, por otro lado, la clase enemiga así determinada no era toda la burguesía o clase capitalista --todo el sector social propietario de medios de producción y explotador de mano de obra asalariada (extrayéndole plusvalía, según la teoría marxista)--, sino sólo la capa m ás alta de la burguesía, a la que llamamos «la oligarquía».

En ese planteamiento nos fundábamos en la teoría de Lenin sobre el capitalismo monopolista, identificando a la burguesía monopolista con la oligarquía financiero-terrateniente --habiendo, seguramente, en tal identificación, más que un mero calco, una adaptación de la teoría a condiciones histórico-sociales especiales, que eran las de España, resultantes de su peculiar historia.

De hecho --en hibridación con las fuentes marxistas, como El imperialismo, estadio supremo del capitalismo de Lenin y El capital financiero de Hilferding-- nos inspirábamos en las ideas de Joaquín Costa, con su tesis de 1901 sobre oligarquía y caciquismo como forma de gobierno de España. Nuestra visión de la oligarquía española era una síntesis de esos planteamientos.

Nos manteníamos en el terreno del marxismo y del principio de la lucha de clases, pero valiéndonos de la cuña que los citados teóricos del capitalismo financiero habían establecido entre la burguesía monopolista-bancaria y una burguesía media industrial y comercial. Estábamos asimismo influidos por los análisis de clase de Mao Tse-tung sobre la sociedad china de los años 20, 30 y 40, a sabiendas de las diferencias histórico-sociales, que tratábamos de superar mediante adaptaciones y modificaciones, de fondo y de forma (estuviera o no nuestro esfuerzo coronado por el éxito); p.ej no asumimos la nomenclatura de Mao sobre la burguesía burocrática y compradora, prefiriendo, en su lugar, como más adecuado para España el ya citado vocablo, «oligarquía».

Nuestra elaboración doctrinal no dejaba de constituir una desviación respecto a las ideas originarias de Marx, quien no admitía en el seno de la clase propietaria de medios de producción divisiones que tuvieran, para la lucha del proletariado, otro valor que el meramente táctico. (En ese sentido ciertamente los más puros continuadores de tales ideas eran los trosquistas, mientras que el movimiento comunista mundial, ya desde Lenin --aunque no sin zigzags y oscilaciones--, se había ido decantando por una concepción de las cosas que atribuía a las divisiones internas de la burguesía una significación estratégica.)

Nuestro pronunciamiento marxista-leninista, iniciado en 1963, no significó en absoluto una ruptura con esa tradición. La consigna antioligárquica venía así a plasmar esa continuidad, a la vez que optaba por una terminología que recalcaba más el lado castizo, nacional, genuinamente hispano y el entronque con un republicanismo español no marxista.

Pasando ahora a la consigna contra el imperialismo yanqui, ésta implicaba que, en ese análisis, no se entendía a España como un país imperialista o miembro del bloque dominante, sino dominado por un imperialismo foráneo, al cual quedaba subordinada la oligarquía interna, y que, en concreto, era el estadounidense.

Los esquemas del marxismo-leninismo que aplicábamos, a pesar de querer ser de inspiración dialéctica, en la práctica tendían a ser muy dicotómicos, muy A-o-B, entendiendo el «o» como una alternativa mutuamente excluyente. Se puede debatir si tal defecto se debía a las propias fuentes teóricas de las que bebíamos, a conveniencias de la acción (de la que Malraux decía que es, de suyo, maniquea) o a simplismos en la aplicación. Sea como fuere, no sólo nosotros, los marxistas-leninistas españoles, sino también los de otros países y todos los grupos salidos de esa tradición incurríamos en la errónea tendencia a la dicotomía, desconociendo --o, al menos, subestimando-- la existencia de situaciones intermedias y de franjas de graduación y transición.

Establecida esa dicotomía entre países dominantes o imperialistas y países dominados, era muy difícil incluir a España entre los primeros. De hecho un amplio sector de la tradición doctrinal había rehusado dicha inclusión (lo cual hoy parece ser ignorado por quienes todavía se adhieren a esa ideología). España no podía figurar entre los dominantes ni por su grado de desarrollo industrial ni por su capacidad político-militar, ni por su potencial diplomático. Bajo un régimen como el de Franco --que había sufrido el ostracismo de la ONU en los primeros años de la segunda posguerra mundial--, el Estado español tenía que estar, como estaba, a la merced de los favores que le otorgaran sus nuevos protectores, los Estados Unidos de América --y, en menor medida, sus aliados europeos de la NATO, Alemania, Inglaterra y Francia.

Si bien esa constatación era relativamente común y no constituía en sí un asunto polémico, sí lo era la conclusión de que España era una país sojuzgado por el imperialismo extranjero, concretamente yanqui. Tal conclusión lógica no la sacó ninguna fuerza política más que el PCEml. Era, ciertamente, una tesis que el PCE oficial había asumido en los años 40 y 50, pero que de hecho había arrinconado al llegar a la jefatura D. Santiago Carrillo, deseoso de emplear consignas y expresiones que acercaran al PCE al modo de hablar y pensar de los sectores socio-políticos que deseaba congraciarse.

Más adelante --quizá de manera esporádica o circunstancial-- otros grupos políticos cercanos, en sus puntos de vista, al PCEml (como pudieron ser, en algún momento, el MCE y la OCE) abrazarán planteamientos parecidos, de un tenor antioligárquico y antiimperialista. Ninguno lo hará con el mismo énfasis que el PCEml.

Al adoptar ese planteamiento de la revolución española como una revolución contra la oligarquía y contra el imperialismo yanqui, el PCEml se comprometía así a una determinada visión de la realidad española, ciertamente inspirada en el marxismo y el leninismo, pero bajo una versión muy especial y que, desde ella, brindaba un análisis escasamente compartido de la realidad socio-económica y política de España.

El PCEml no fue siempre consecuente en ese planteamiento. De hecho las circunstancias que llevaron al cese de mi militancia en ese partido vinieron dadas por tales inconsecuencias.

El PCEml no había adoptado ese planteamiento antioligárquico y antiimperialista por mor de diferenciarse o singularizarse; pero sí le sirvió como marchamo o marca registrada. Ese efecto singularizante, ese caché, esa distinción, operaba, sin embargo, en dos direcciones opuestas.

De un lado, al servir de caracterización, llevaba a blandir con orgullo desafiante lo que constituía su seña de identidad.

Mas, de otro lado, al suscitar el recelo, la mofa y hasta el rechazo de muchos otros sectores, causaba una cierta comezón, un cosquilleo, un complejo o escrúpulo, no tanto a los militantes de base cuanto a ciertos miembros de la dirección --tal vez en el fondo nunca del todo convencidos de la corrección de nuestro posicionamiento y proclives, en todo momento, a difuminar esa seña de identidad nuestra para convertir al PCEml en una organización más de la extrema izquierda, apenas diferente en sus eslogans de los de tantos otros grupúsculos refractarios al reconocimiento de etapas de la revolución.

Desde la fundación del PCEml en octubre de 1964 ha pasado casi medio siglo. Podemos seguir discutiendo si era correcto o incorrecto, desde los fundamentos ideológicos que profesaba --o sea, desde los supuestos de la doctrina marxista-leninista--, el planteamiento antioligárquico y antiimperialista del PCEml. Es un asunto esencialmente de lógica. Dudo, en cambio, que tenga hoy mucha pertinencia polemizar sobre si eran válidos dichos fundamentos ideológicos. La historia ha demostrado que no lo eran.

La historia no ha probado que el comunismo sea un ideal equivocado, inviable o poco atractivo, entre otras cosas porque eso la historia no lo puede probar. Lo que sí ha probado es que no resulta acertada la vía al socialismo trazada por Carlos Marx y Federico Engels en 1848: confiar en la lucha de clases de la masa obrera fabril --víctima de la depauperación absoluta y relativa a la que el dominio capitalista la sometería inexorablemente-- para, dirigiéndola, orientarla al derrocamiento inmediato del poder estatal, instaurando la dictadura del proletariado, que en seguida daría lugar a una extinción del Estado, con la apropiación de los medios de producción por esas mismas masas trabajadoras, en un inevitable movimiento ascendente.

Que cuarenta lustros después los pasos andados en esa dirección se hayan desandado; que, lejos de confirmarse la depauperación, se haya constituido un estado del bienestar (precario, parcial, hoy gravemente amenazado); que los avances sociales no hayan seguido esa pauta (Marx y Engels no previeron las revoluciones anticolonialistas); que la mayor aportación de los sistemas revolucionarios de inspiración marxista haya sido la de empujar a sus contrincantes capitalistas a reformarse para evitar lo peor; que, a casi un siglo de la revolución rusa, sea dudoso calificar hoy como socialista a país alguno (aunque hay una pluralidad de situaciones difícilmente calificables con los esquemas del marxismo, como China, Corea del Norte, Vietnam, Laos, Cuba, Venezuela y algunos de África); que todo eso sea así hace muy poco verosímil la tesis de que la teoría marxista fue correcta.

No es que no hayan surgido otros muchos motivos teóricos para poner en tela de juicio la verdad de la teoría marxista. Éstos siempre existieron. Y, al ser sometida esa teoría a más finos análisis conceptuales (con el utillaje de la filosofía analítica), las dificultades lógicas han salido más a la superficie: saltos inferenciales inválidos, problemas de incongruencia, nociones confusas o demasiado vagas, a veces desencadenantes de regresiones infinitas poco esclarecedoras. Son dificultades que asedian a muchas otras teorías humanas, quizá a todas. Mientras el marxismo parecía tener el viento en popa, era fácil propiciar nuestra adhesión doctrinal al mismo pasando un poco por alto tales dificultades o prestándoles escasa atención (albergando una cierta esperanza, consciente o inconsciente, en que acabarían resolviéndose, que es --aunque pueda pare cer extraño-- la actitud de muchos científicos hacia las teorías que profesan, sin ignorar sus dificultades).

Esa desatención a las dificultades teóricas no ha podido mantenerse cuando las predicciones de la teoría se han visto refutadas por la marcha misma de los acontecimientos históricos (ya difícilmente casable con tales augurios o pronósticos desde hacía tiempo --sobre todo desde la desestalinización jruschoviana de 1956 y el subisuiente cisma chino-soviético).

Esas consideraciones no impiden que esa teoría haya prestado importantes servicios al progreso humano. En realidad al marxismo le ha pasado como a cualquier otra teoría: si ha superado a las anteriores, si ha brindado una síntesis de los conocimientos disponibles en un momento dado de la evolución del pensamiento --proponiendo un paradigma nuevo--, a la hora de confrontarse a los hechos ha sido en parte desmentida por ellos para así dar paso al surgimiento de nuevas teorías. Las teorías nacen, crecen, se reproducen y mueren, igual que los seres vivos, entre ellos los hombres.

A quienes en 2011 persisten en revitalizar y reivindicar el marxismo les deseo mucha suerte. Pero dudo que su labor vaya a suscitar una amplia acogida. Las enseñanzas históricas están ahí. Y, junto con ellas, está el cambio de mentalidades. En los primeros años sesenta éramos un puñado quienes nos lanzábamos a aventuras como la del PCEml, pero al menos nos sentíamos (quizá subconscientemente) arropados por un amplio ambiente ideológico. Existía aún un fuerte campo socialista, con la Unión Soviética a su cabeza, que desafiaba la supremacía del imperialismo yanqui. Las ideas de la revolución proletaria flotaban en la atmósfera intelectual. Lo corrobora el hecho de que algo después la efervescencia de los últimos años sesenta desbordó incluso --no sin derivas un tanto peregrinas y desenfocadas-- nuestros propios planteamientos, en una marejada utópica que parecía estar a punto de hacer zozobrar todo el sistema político-económico occidental, llamado «capitalista».

Como hoy no se dan en absoluto esas condiciones subjetivas, las prédicas reactualizadoras se asemejan, más que a los trabajos de Amadís de Gaula, a los de Don Quijote, lanza en ristre contra los molinos de viento.

Sea de ello lo que fuere, pienso que el perfil antioligárquico y antiimperialista no ha perdido del todo su vigencia en la España y en el mundo de hoy. Al margen de la teorización marxista de lucha de clases y de la concepción del capitalismo monopolista, es verdad que persiste en España, en posiciones de privilegio económico, cultural, social y político, una clase o capa a la que podemos llamar «la oligarquía» y a la cual he tratado de determinar y caracterizar en el libro que estoy comentando: la clase de los banqueros, aristócratas, grandes latifundistas (aunque hoy la importancia económica de la agricultura sea muy menguada), familias de inmensa fortuna, esa flor y nata del sector privado, esas fuerzas vivas de la sociedad civil, que son las que hacen y deshacen gobiernos, las que, por su íntima vinculación al Trono, tienen asegurada en la monarquía borbónica la preservaci& oacute;n de sus privilegios.

Y todavía hoy es verdad que España no es en absoluto un país imperialista, un miembro de veras del club dominante, a pesar de su pertenencia a la NATO (donde está un poco como Turquía, con la cual la comparación no parece excesiva). Industrialmente paupérrima, España es un país de economía débil y supeditada a las multinacionales extranjeras. Políticamente, a pesar de algunos pinitos ocasionales del actual gobierno, está bajo la batuta de USA --como lo ha venido a confirmar el telefonazo de Obama dictando al primer ministro de la Corona las rectificaciones de política económica.

El gobierno de España jamás ha sido invitado, ni aun como observador, a participar en las reuniones del G7/G8. Ni siquiera pertenece al G20, aunque haya asistido a sus reuniones convidado por alguno de sus miembros. Si algunas empresas españolas tienen intereses en América Latina, su poder es exiguo comparado con las multinacionales de verdad, con las firmas potentes de USA, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia, Italia e incluso China y Corea del Sur.

Con una monarquía restaurada gracias a la gestión y presión de sus protectores de Washington, Berlín y París, férreamente decidida a imponerle a cualquier inquilino de la Moncloa una fidelidad al «vínculo transatlántico» como eje de la política exterior, la diplomacia española no puede jugar papel alguno en el mundo; y no lo juega. España es, como potencia, un cero a la izquierda, menos importante que Malta, Singapur o Bahrein.

Por lo cual, aun a sabiendas de las muchas cosas que han cambiado, pienso que publicar hoy un libro titulado «¡Abajo la oligarquía! ¡Muera el imperialismo yanqui!» tiene un valor y una significación que no se limitan a su interés histórico.






No hay comentarios: