Lorenzo Peña y Gonzalo

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Tres Cantos, Spain
Tras una turbulenta y amarga juventud consagrada a la clandestina lucha revolucionaria, mi carrera académica me ha conducido a obtener las 2 licenciaturas de Filosofía y Derecho y asimismo los 2 Doctorados respectivos (en Filosofía, Universidad de Lieja, 1979; en Derecho, Universidad Autónoma de Madrid, 2015). Soy también diplomado en Estudios Americanos; en cambio, si bien inicié (con éxito) la licenciatura en lingüística, no la culminé. Creador de la lógica gradualista, tras haberme dedicado a la metafísica y la filosofía del lenguaje, vengo consagrando los últimos 4 lustros a desarrollar una nueva lógica nomológica y aplicarla al Derecho: la lógica de las situaciones jurídicas, basada en la metafísica ontofántica que elaboré en los años 70 y 80. He sido profesor de las Universidades de Quito y León, Investigador visitante en Canberra e investigador científico del CSIC, habiendo sufrido la jubilación forzosa por edad en 2014 cuando había alcanzado el nivel máximo: Profesor de Investigación. Soy miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

lunes, marzo 07, 2011

FOXA Y LA REPUBLICA DE TRABAJADORES

Agustín de Foxá y la República de trabajadores
por Lorenzo Peña

2011-03-07


En mi autobiografía política Amarga juventud (publicada por la Editorial Muñoz Moya con el título: ¡ABAJO LA OLIGARQUÍA! ¡MUERA EL IMPERIALISMO YANQUI! Anhelos y decepciones de un antifascismo revolucionario) comento la reacción de los círculos financieros y terratenientes frente a la irrupción política de las masas populares que constituyó la restauración de la República Española el 14 de abril de 1931.

Como exponente literario de esa reacción aduzco la figura y los exabruptos de D. Agustín de Foxá, marqués de Armendáriz.

Recién publicado el libro, he tenido conocimiento de un asunto judicial que involucra el legado intelectual de ese aristócrata, reivindicado por un sector al que han brindado gustosamente eco Libertad digital, La razón, ABC, El mundo y otros portavoces de esa sensibilidad, que el lector calificará según sus inclinaciones. Al parecer el 6 de octubre de 2009 doña Josefina Medrano, delegada de participación ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, denegó el uso del centro cívico El Tejar de los Mellizos para celebrar un acto de homenaje al ya citado marqués de Armendáriz y conde de Foxá, en el cincuentenario de su defunción. Según la versión periodística, la denegación del permiso se fundó en dos motivos: (1º) el deseo de evitar que el acto se convirtiera en una apología del franquismo; y (2º) el respeto a la memoria histórica.

Las asociaciones convocantes del acto interpusieron querella por prevaricación contra la citada concejala y otros cargos del consistorio hispalense. Admitida a trámite, la inculpación ha sido confirmada en marzo de 2011 por la Audiencia provincial.

Con todo respeto debido a esas asociaciones --que legítimamente ejercen su libertad asociativa y la propagación de sus ideas-- y sin prejuzgar sobre la bondad de sus intenciones, hay que decir que jurídicamente es intachable el proceder de la mencionada concejala municipal, al cual no faltan motivos legalmente vinculantes.

Viene sujeto a una normativa precisa conceder o rehusar el uso de un local público, dependiente del Ayuntamiento, para celebrar actos promovidos por asociaciones privadas. Dentro de esa normativa, corresponde a las autoridades municipales ejercer su margen de discreción. Tal ejercicio no es infalible, desde luego. Pueden producirse errores de apreciación; pero la prevaricación, tipificada en el Código Penal, es la toma de una resolución arbitraria con conocimiento de su injusticia, no el error en la apreciación de los supuestos de hecho, ni siquiera el de las consecuencias jurídicas que de los mismos se deriven.

Denegar el uso de un local público para celebrar un acto no significa prohibirlo. Una delegada del Ayuntamiento no tiene potestad alguna para prohibir actos privados, siempre que se celebren en locales privados o en el espacio público abierto a su utilización general --dentro de la normativa que regula su uso--, como acabó sucediendo en este caso.

Al adoptar la Constitución de 1978, el Estado español ha asumido unos valores superiores de bienestar, democracia, libertad, igualdad, fraternidad, concordia y paz. Tales valores, públicamente profesados, han de ser defendidos y reconocidos en sus declaraciones y actos por todos los cargos públicos.

A los ciudadanos no se los obliga a compartir tales valores, siendo cada uno muy dueño de amar el malestar, el despotismo, la esclavitud, la desigualdad social, la supremacía de unos u otros grupos o castas, la discordia y la guerra. Qué límites exactos quepa fijar para el público despliegue de opiniones en ese sentido es algo que no nos incumbe averiguar aquí.

Lo que está claro es que los locales públicos, sufragados por el contribuyente, no pueden utilizarse para propagar las ideas del despotismo, la discordia y la desigualdad social. Ni, por lo tanto, para hacer eco a personajes que, en la reciente historia de España, han sido heraldos particularmente inflamados de esos antivalores.

Hubo, entre los hombres que militaron el el movimiento franquista, personas de cierta moderación. Húbolos también que --dentro del angosto espacio posible en ese marco de radical injusticia e ilegalidad-- quisieron incorporar algo de avance social y de consideración de las necesidades de las clases menesterosas.

El conde de Foxá fue, por el contrario, un vociferador ultrancista de lo más frenético, violento, intolerante y destructivo dentro del ya de suyo implacable sistema instaurado por el Alzamiento del 18 de julio. Expresaba el tremendo desprecio y odio de los individuos más recalciltrantes de la clase alta contra los anhelos de mejora social de los de abajo. Es uno de los dos o tres personajes cuya incontinencia agresiva llegó más lejos.

En su novela Madrid de corte a checa (1937) narra como sigue el advenimiento de la República en 1931: «Mientras tanto, el pueblo, el pueblo que no iba a ganar nada con todo aquello, que volvería pasadas veinticuatro horas al fogón nocturno y a la harina de madrugada, gritaba en la claridad de la plaza de Oriente «¡Viva la República!», exponiéndose a los máuseres de los guardias civiles y de los soldados de Infantería de Palacio. [...] La multitud invadía Madrid. Era una masa gris, sucia, gesticulante. Rostros y manos desconocidas que subían como lobos de los arrabales, de las casuchas de hojalata y los muros de yeso y cipreses --con olor a muerte en verano-- cerca de las Sacramentales, en el borde corrompido del Manzanares. Mujerzuelas de Lavapiés y de Vallecas, obreros de Cuatro Caminos, estudiantes y burgueses insensatos».

La deliberación constitucional sobre un estatuto de autonomía para Cataluña en 1932 (muchísimo menos autonomista que el que actualmente tienen las 17 comunidades españolas) le inspira a nuestro autor este comentario: «Se discutía aquella tarde el Estatuto de Cataluña. Se enajenaba un trozo de España [...] Azaña estaba pálido. Tenía una cara ancha, exangüe, con tres verrugas en el carrillo [...] Era el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Un mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de Correos, de abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación. Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros de los Gutiérrez y González anónimos, cargados de hijos y de envidia, paseando con sus mujeres gordas por el Parque del Oeste, de los boticarios que hablan de la Humanidad, con h mayúscula, de los cafés lóbregos, de los archivos sin luz, de los opositores sin novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni short, que olía a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinato.»

El régimen democrático tenía, para el marqués, un significado sociológico: «Los intelectuales sustituían a los aristócratas en los banquetes de Palacio, en las cenas de gala, en los salones de las embajadas. [...] Estaban allí, enfundados en los fracs recién estrenados, cortados por Carretero, todavía embarazados sus movimientos, los antiguos jacobinos del Ateneo, del Colegio de Abogados, de la Academia de Jurisprudencia. [...] Todos repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de sus cátedras, las reflexiones de sus clínicas, los comentarios de sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero, esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de mundo.»

La participación popular en los acontecimientos políticos del quinquenio republicano la describe así el conde-marqués: «Pasaban masas ya revueltas; mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos. Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos; el mundo inferior y terrible [...] Subía la masa alucinante de los vencidos, de los miserables, por la Cibeles y Neptuno [...] y la Asociación de Ciegos Marxistas, que iban a la revolución pensando arrancar los ojos a los que veían.»

Finalmente, la movilización de masas para defender la legalidad constitucional en el verano de 1936 la pinta con estos colores: «Eran fuerzas telúricas, abismales, sueños prehistóricos que resucitaban.[...]] Era el gran día de la revancha de los débiles contra los fuertes, de los enfermos contra los sanos, de los brutos contra los listos. Porque odiaban toda superioridad.»

Esa novela indica a las claras el infinito desdén de un aristócrata por toda esa muchedumbre que --mal nacida y, por lo tanto, carente de la distinción innata de la gente bien-- medra para prosperar gracias a la democracia, que instaura el poder de la masa, frente a lo cual el conde-marqués aboga por el imperio de la nobleza de sangre, la jerarquía social impuesta por la aristocracia de nacimiento.

No para aquí la cosa. Como lo recuerda Andrés Trapiello en su libro Las armas y las letras (Ed. destino, 2010, p. 75), durante la guerra civil --una vez instalado cómodamente en la zona controlada por los sublevados, después de unos meses de juego doble como diplomático de la República en Bucarest--, el conde-marqués fue el personaje que hizo llamamientos más furibundos a la violencia. No conocemos a ningún otro escritor que haya proferido exhortaciones como las suyas a la devastación, ruinas, cenizas, despojos, hasta el punto de manifestar su júbilo porque Toledo hubiera quedado asolado y derruido. Son, desde luego, muestras de su estilo florido y brillante --parangonable con el de su correligionario Ernesto Giménez Caballero--. Son también la plasmación de los antivalores que entran en colisión más frontal con los ideales de paz, democracia, libertad e igualdad que tienen como misión tutelar los poderes públicos.

De ahí que no tenga cabida posible en un local auspiciado por un poder público de la España democrática homenajear a quien se caracterizó por tales diatribas incendiarias --y no por mucho más. Que el conde-marqués de Armendáriz quedara, a la postre, algo marginado por el régimen franquista --que sólo le confió cargos políticos secundarios-- no es ningún motivo favorable a reivindicar su mensaje aniquilador, porque --además de que había más pretendientes que cargos-- a ese apartamiento estaban destinados todos los profetas de apocalipsis. Su aristocratismo brutal, su aborrecimiento del pueblo, su aversión a la masa trabajadora, ruborizaban incluso a los propios franquistas.






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