Lorenzo Peña y Gonzalo

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Tres Cantos, Spain
Tras una turbulenta y amarga juventud consagrada a la clandestina lucha revolucionaria, mi carrera académica me ha conducido a obtener las 2 licenciaturas de Filosofía y Derecho y asimismo los 2 Doctorados respectivos (en Filosofía, Universidad de Lieja, 1979; en Derecho, Universidad Autónoma de Madrid, 2015). Soy también diplomado en Estudios Americanos; en cambio, si bien inicié (con éxito) la licenciatura en lingüística, no la culminé. Creador de la lógica gradualista, tras haberme dedicado a la metafísica y la filosofía del lenguaje, vengo consagrando los últimos 4 lustros a desarrollar una nueva lógica nomológica y aplicarla al Derecho: la lógica de las situaciones jurídicas, basada en la metafísica ontofántica que elaboré en los años 70 y 80. He sido profesor de las Universidades de Quito y León, Investigador visitante en Canberra e investigador científico del CSIC, habiendo sufrido la jubilación forzosa por edad en 2014 cuando había alcanzado el nivel máximo: Profesor de Investigación. Soy miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

viernes, diciembre 15, 2006

La memoria histórica existe

La memoria histórica existe

por Lorenzo Peña

Madrid. 2006-12-14


[Este escrito es propiedad intelectual de Lorenzo Peña. Autorízase la reproducción literal e íntegra]


Hoy se debate en el congreso de los diputados un proyecto de ley sobre la memoria histórica. Ya habrá ocasión de estudiarlo --el proyecto en sí o el engendro que de él salga a la postre, cuando haya pasado por las horcas caudinas del senado borbónico.

Me voy a limitar aquí a estudiar un problema específico: si existe la memoria histórica; más concretamente, la memoria histórica universal.

El concepto de memoria histórica universal ha sido impugnado por mi apreciado colega, el filósofo Gustavo Bueno (cuyas observaciones siempre merecen ser atentamente sopesadas); v. su artículo «Sobre el concepto de `memoria histórica común'» (El Catoblepas nº 11, enero 2003, págª 2 [www.nodulo.org]; no entro aquí en escritos más recientes del mismo autor en torno a este tema). (En lo sucesivo me refiero a él con sus iniciales: `G.B.') G.B. ofrece varios argumentos en contra de ese concepto que él rechaza.

Un primer argumento es el de que la Historia no es memoria, ni se constituye por la memoria. La ciencia historiográfica --señala nuestro interlocutor-- es una indagación del pasado a través de las reliquias que éste ha dejado en el presente. Según eso, se construye una teoría sobre el pasado a partir de unos datos observables, que pueden ser documentos, monumentos, huellas o, en general, lo que G.B. llama `reliquias'. Constrúyese esa interpretación igual que se elabora una teoría geológica, astronómica o cualquier otra, no a base del recuerdo.

A ese primer argumento objeto lo siguiente. Ante todo, de esas reliquias las más importantes están constituidas por recuerdos, estampados en documentos. Cuando o donde no los hay, lo que hacemos es prehistoria, no historia. Son los testimonios de los participantes en los hechos históricos los que marcan la diferencia específica del saber historiográfico, y lo deslindan de la arqueología.

Además, esos recuerdos documentados difícilmente pueden tener sentido para el historiador sin una tradición ininterrumpida de transmisión cultural, que no se limita a la conservación de los documentos. Vamos a imaginar que en nuestro Planeta Tierra la especie humana desaparece, víctima de guerras o epidemias, dejando las huellas documentales de varios milenios de escritura, pero que un millón de años después seres inteligentes de otro sistema solar exploran este planeta, descubren y descifran esos documentos. Pues bien lo que hagan no será historia. Será arqueología documental, porque no habrá nexo alguno de su presente con ese pasado del cual se haya ido transmitiendo un recuerdo, de generación en generación.

Hoy se hace historia del Egipto faraónico (ejemplo de nuestro interlocutor) porque ha pervivido su recuerdo en la mente colectiva de los pueblos mediterráneos. Los manuscritos o las inscripciones hititas, cretenses, etruscas y otras entran en la historia porque se insertan en ese recuerdo.

Conque el recuerdo entra por partida doble en la historiografía científica:

  1. entra individualmente, porque cualquier documento es el registro de un recuerdo (no puede relatarse lo que sucede en un ahora intemporal de duración cero, en un instante que no englobe nada del pasado ni del futuro, porque en un instante no sucede absolutamente nada); y
  2. entra colectivamente, porque lo que se estudia sólo es historia si se hace en el transfondo de una transmisión cultural colectiva que ha permanecido viva (aunque haya sufrido eclipses parciales), y a la cual el historiador tiene acceso, aunque su transfondo personal sea ajeno a esa tradición. (O dicho de otro modo: sin tradición no hay historia.)

El segundo argumento de G.B. es que el recuerdo es siempre, y exclusivamente, individual o personal. No entraré aquí en el distingo que hace nuestro filósofo entre individuo y persona. Sostengo que hay recuerdos colectivos.

Aquí está sin duda la raíz ontológica de nuestras discrepancias. Para G.B. la Sociedad, la Humanidad, como sujeto abstracto, `no existe, es un sujeto metafísico'. Entiendo que a las entidades metafísicas les rehúsa existencia. En suma adopta una tesis nominalista: sólo existen los individuos (aunque él haga el ya aludido distingo). Admite, empero, memorias grupales, mas colijo que éstas quedarían perfectamente descompuestas en las memorias de las personas singulares que integran esos grupos (puesto que el nominalismo no puede aceptar la existencia ni de grupos grandes, como la humanidad, ni de grupos pequeños).

Y mi opinión es muy otra. Creo que sí existen las colectividades, los cúmulos de individuos, cúmulos de cúmulos, cúmulos de individuos y cúmulos, cúmulos que se abarcan a sí mismos etc. El propio ser humano individual es un cúmulo de células. El cerebro es un cúmulo de neuronas y de hemisferios y lóbulos. Cada una de esas partes tiene su función, mas el cerebro en su conjunto también funciona, e igualmente el hombre en su conjunto. El funcionamiento psíquico y corporal del individuo humano sobreviene sobre los funcionamientos de sus partes integrantes, mas es un algo propio y diferente.

Asimismo, los grupos de individuos, y grupos de grupos, son colectividades integradas por tales individuos pero que tienen su propia entidad ineliminable. Son sujetos colectivos, personas colectivas, no ficciones. (La visión de las colectividades como ficciones se desechó en el ámbito jurídico, por buenas razones.) Hay una conducta colectiva de un grupo, aunque, evidentemente, esa conducta varía al variar los comportamientos individuales de sus miembros. Y hay unas vivencias colectivas o de grupo: una voluntad colectiva, un recuerdo colectivo, un sentimiento colectivo.

El grupo, la colectividad, permanece aun al ir variando sus componentes. Siguen existiendo --aunque vayan paulatinamente cambiando sus miembros-- una clase social, una institución, un establecimiento privado, un colectivo difuso, una tendencia más o menos agrupada o diseminada. El que un miembro individual se separe de un grupo, o muera, no impide el mantenimiento del grupo, ni impide la continuación del recuerdo colectivo, recuerdo vivo que radica en la capacidad memorística grupal, la cual, a su vez, estriba en potencialidades anatómico-fisiológicas de sus integrantes.

Por eso sí tenemos un recuerdo de cosas que han sucedido antes de nacer nosotros. Lo tenemos como colectivo. El claustro de profesores del Instituto de Orihuela, la banda municipal de Haro, el cabildo catedralicio de Toledo, la Mesta, el Ayuntamiento de Andorra, la compañía de Jesús, tienen sus recuerdos colectivos que se van transmitiendo de generación en generación. Si falta un eslabón en esa transmisión, habrá reconstrucción y ahí sí estaríamos en un pseudo-recuerdo, o en un sucedáneo (que puede ser perfectamente legítimo, pero que ya no es lo mismo). Desde luego, puede haber grados intermedios entre auténtico recuerdo colectivo y reconstrucción documental o imaginal, y hasta es posible que toda la historia humana tenga un poco de cada cosa.

Nos hemos criado, los más de nosotros, en una familia, y en esa familia se han conservado en la mente colectiva los testimonios de sus integrantes, y los de quienes los han precedido, nuestros antepasados. Todo eso forma un acervo de recuerdos que hemos heredado y continuado. Podemos no asumir unos u otros; podemos rechazarlos en parte, reinterpretarlos, apartándonos de la visión de nuestros mayores. Lo que no podemos es hacer tabla rasa de toda esa suma de recuerdos colectivos, porque, sin ella, nuestras vidas carecen de sentido.

Por eso también me parece equivocado el segundo argumento de G.B. Creo que hay un recuerdo colectivo. Admito grados de recordación o de preservación en la memoria, inversamente proporcionales a los grados de reelaboración. En la medida en que se trata de recuerdo, hay fidelidad a los hechos (aunque sea una fidelidad o verdad en parte alterada por los esquemas subjetivos de quienes recuerdan). En la medida en que ya es una reelaboración, se pierde la fidelidad. Nuestra memoria subjetiva individual contiene ambos elementos: recuerdo estricto y reconstrucción. (Para Pierre Bourdieu la autobiografía es siempre un autoengaño, una reelaboración imaginativa; eso es exagerado, mas un poquitín de eso sí hay.) Igual que hay grados de auténtica recordación en la memoria individual, los hay en la memoria colectiva. Igual que la memoria individual puede rectificar y reconducirse a una mayor verdad al contrastarse con otros testimonios o datos documentales, la memoria colectiva también está siendo remoldeada, reconfigurada, porque engloba siempre memorias parciales en contraste e influencia mutua.

Existe, pues, una memoria colectiva que es memoria histórica. No tengo nada en contra de quienes han propuesto distingos terminológicos entre `memoria colectiva', `historia', `memoria histórica', y cada quien es muy dueño de usar las palabras según tenga por conveniente. No veo necesidad de atribuir a esas locuciones ningún sentido técnico. Si mis argumentos son certeros, entonces la historia, la historiografía, es obra de la memoria, del recuerdo colectivo. Y hay una historia universal porque hay una memoria universal de la humanidad, que se ha preservado a través de los miles de generaciones que nos distancian de nuestros primeros padres. Es el recuerdo colectivo de la familia de Adán y Eva.

Ese recuerdo está formado por muchas memorias, unas más fieles, otras más traicioneras, unas verdaderas memorias, otras no, y, en su gran mayoría, intermedias.

La recuperación de la memoria histórica tiene pleno sentido. Un colectivo en el cual la recordación colectiva de un pasado reciente está en parte ocultada, preterida, soslayada; en el cual se priva de participar en esa recordación a muchos miembros de la sociedad, y en especial a muchos de los más jóvenes; un colectivo así, desmemoriado, pierde todo sentido de tarea común, toda posibilidad de empresa colectiva de cara al futuro, al carecer de una visión conservada y continuada de su propio pasado.

Igual que una autoimagen del individuo no puede proyectarse en planes de vida futuros sin una memoria vital, sin una visión autobiográfica, del mismo modo un colectivo --una nación como el pueblo español o cualquier otra colectividad-- sólo puede albergar unos planes de vida futura en común, una idea de bien común, si tiene, preserva y cultiva una recordación colectiva de su historia reciente (y menos reciente).

La Transición monárquica (1975-82) propició el eclipse, el soterramiento, el borramiento de la auto-recordación colectiva. Hoy quiere mantener esa amnesia la dirección del partido popular (o al menos el sector más fundamentalista de esa dirección). Es precisamente la quiebra de esa memoria colectiva lo que está destruyendo el concepto de la nación española y su unidad. Restablecer y recuperar la memoria histórica colectiva del pueblo español es una condición necesaria para revitalizar la auto-imagen colectiva de los españoles como nación unida, con un proyecto común de futuro. En la amnesia no hay salvación. Periclitó y se hundió para siempre la pseudo-memoria de la sanguinaria tiranía franquista. Lo único que queda, lo único que puede fundar nuestra visión colectiva de nosotros mismos es la memoria republicana, como un componente de la memoria histórica colectiva de la humanidad.



domingo, septiembre 17, 2006

ACTOS EN LA CASA DE CAMPO SOBRE MEMORIA HISTORICA

ACTOS EN LA CASA DE CAMPO SOBRE LA MEMORIA HISTÓRICA
Madrid. Sábado 2006-09-16
por Lorenzo Peña

Hoy sábado 16 de septiembre he pasado una buena parte del día en la fiesta del partido comunista de España en la Casa de Campo. Había dejado de acudir (creo que la última vez que fui fue el 20 de sept· de 1997), pero esta vez han sido los actos convocados en torno a la recuperación de la memoria histórica los que allí me han llevado.

El primero de esos actos ha tenido lugar a las 11 en el pabellón de convenciones: «Las fosas comunes de represaliados por el franquismo. El caso de Valencia», con intervenciones de Amparo Salvador (Forum por la Memoria del País Valenciano: <forummemoria@ono.com>), Antonio Durán y José Antonio Moreno (Foro Memoria histórica). Conferencia apasionante la de Amparo Salvador (lo cual no quita interés a las otras) porque marcó el durísimo itinerario que ha llevado al hallazgo de las pruebas materiales de la horrible matanza perpetrada por la tiranía franquista en Valencia durante los primeros años que siguieron a la derrota republicana, con masacres que incluían a niños entre las víctimas. El itinerario investigativo ha sido escabroso y erizado de obstáculos.

Erguíanse primero dificultades puramente metodológicas, las de emitir adecuadas hipótesis de trabajo y sustentarlas empíricamente. Al parecer las primeras hipótesis no han sido confirmadas por la busca efectiva sobre el terreno. Eso dista de demostrar que fueran falsas o infundadas. Yo estoy seguro de que son acertadas muchas hipótesis así (la existencia de fosas comunes dispersas en terrenos no señalados); a estas alturas son posiblemente inverificables por las propias leyes de la naturaleza.

Alzábanse luego las dificultades políticas, pues, ubicados los restos humanos en las fosas comunes del cementerio, el ayuntamiento de la capital valenciana ha hecho lo posible para destruirlos y borrar esas huellas y para obstaculizar la labor de los rescatadores de la memoria.

Esos hallazgos confirman la hipótesis de que el número de víctimas mortales del franquismo tras la derrota republicana en marzo de 1939 no estuvo tan alejado como se ha solido creer del mitológico millón de muertos: cifra redonda que se había lanzado inicialmente sin fundamento, por lo sonoro y sobrecogedor de tal locución numérica, pero que los historiadores rebajaron enormemente después. Siendo honorables y meritorios esos estudios historiográficos, no eran infalibles; sobre todo no podían demostrar (dudo que lo hayan pretendido) que no existió lo que ellos no historien, pues sería una pretensión absurda y anticientífica.

Los nuevos descubrimientos, con base empírica, pueden llevarnos a una síntesis más matizada, que venga a la postre a reflejar mejor el recuerdo colectivo del pueblo español, que era el de una hecatombe demográfica sin precedentes en nuestra historia desde el siglo XIII (el siglo del avance de la reconquista que se saldó también por matanzas en masa de la población andalusí).

El segundo acto tuvo lugar en el mismo sitio a la 1 de la tarde: «Proyecto: reparación Campo de los Almendros y monumento a los fusilados del Puerto de Alicante», con varias intervenciones, entre otras la de Luis Pesquera --librero y responsable del proyecto-- y la emocionante de Rosario dinamitera, a la que cantara el poeta Miguel Hernández. Emocionante, pero también sumamente instructiva, elocuente y llena de vida y de detalle. Un ejemplo del enorme talento masivo del pueblo español en aquella lucha, de la existencia de tantos millares de combatientes sencillos, salidos del seno del proletariado, del campesinado, de las clases laboriosas, de los pobres, mujeres y hombres (a veces adolescentes) que derrocharon valor e inteligencia y que forjaron aquel gran ejército popular que defendió la Libertad y la Constitución republicana.

Una persona de cerca de 90 años, manca desde los 18, expone brillantemente el relato de aquellos combates y aquellos dolores colectivos ante un auditorio que no pierde ni una palabra de la narración.

No hacía falta la confirmación, mas se ve que el propósito de rescatar la memoria histórica --que anima a la bitácora «El pueblo español»-- es ampliamente compartido y que es un tema de candente actualidad. El olvido no podía ser perpetuo.

De paso, en la fiesta había su pequeña feria del libro, con casetas --entre otras-- de la librería Miguel Hernández y de la nueva editorial Tiempo de Cerezas (a la que deseo el mayor éxito en su andadura; entre sus publicaciones está una nueva edición, cuidada, de nuestra Constitución, la constitución de 1931).



jueves, septiembre 14, 2006

VERDAD Y RECONCILIACIÓN

VERDAD Y RECONCILIACIÓN por Lorenzo Peña Madrid. 11 de septiembre de 2006 [Propiedad intelectual del autor, Lorenzo Peña, quien permite la reproducción literal del escrito] ____________________

En las guerras civiles y luchas fratricidas de diversas ciudades griegas en la Antigüedad, una vez pasado el fragor del combate, acababa imponiéndose --tarde o temprano-- la necesidad de un apaciguamiento, porque la venganza no puede continuar indefinidamente; y es que --por encima de los sentimientos y los resentimientos (legítimos o no)-- está el imperativo de la convivencia y la paz social, imprescindible para el bien comuún, que es el bien supremo.

Ahora bien, ese apaciguamiento, a su vez, siempre conlleva dos exigencias mutuamente contradictorias: la una, la de que se haga algún género de reparación y de retribución, a fin de compensar, en parte, la injusticia sufrida por quien más agraviado ha estado en los enfrentamientos; la otra, la de la amnistía, el perdón, para que la convivencia pueda establecerse. Sin perdón, sin amnistía, lo que se hace es perpetuar el enfrentamiento; sin algún género de reparación y de retribución, sin algún castigo --aunque sea simbólico--, la injusticia queda consagrada y corroborada por la nueva situación, dizque de convivencia, y esa úlcera no sanada envenenará sin remedio el futuro de la sociedad.

En la historia reciente de España se han repetido situaciones similares: en 1714, a la terminación de la guerra de sucesión, con el triunfo del partido borbónico --impuesto por Francia-- frente al legitimismo austriacista abrazado por Cataluña, Mallorca, Valencia y Aragón.

Un siglo después, al arrojar el pueblo español al invasor napoleónico y tener que reconciliarse con los miles de nacionales que habían sido afrancesados. Luego, a lo largo del siglo XIX, con cada enfrentamiento entre liberales y serviles (metamorfoseados éstos --sucesivamente-- como: realistas, carlistas, moderados, conservadores); finalmente a lo largo del siglo XX, en una prolongación de los enfrentamientos del siglo anterior, ahora con otros revestimientos, entre la España liberal, republicana, progresista, y la servil, monárquica, tradicionalista, fascista.

La victoria franquista de 1939 inaugura un larguísimo período de dominación sanguinaria y exterminadora de la casta ultrarreaccionaria, la oligarquía financiera y terrateniente, la prelatura eclesiástica, el militarado despótico; una dominación que acarreó: masacres que probablemente ya nunca se conocerán en su detalle y en su magnitud; el calvario, la asfixia y el terror para la inmensa mayoría del pueblo español, adicto a la República y a sus ideales (hasta el punto de que los propios vencedores disfrazaron su régimen inquisitorial y antinacional como una era de «Patria, Pan y Justicia» en la cual el poder estaría al servicio de Dios, España y su revolución nacional-sindicalista).

Jurídicamente ese triunfo del fascismo en 1939 significaba el derrocamiento del régimen legal, la República española, por un alzamiento militar, pero, sobre todo, la consumación de la agresión contra España de los ejércitos de Alemania e Italia, apoyados --en mayor o menor medida-- por Portugal, Inglaterra, los Estados Unidos y Francia. España sólo obtuvo el respaldo y el socorro de Rusia y de México.

Al morir el tirano y verdugo vitalicio, exgeneral Francisco Franco, en noviembre de 1975, toma las riendas la dinastía borbónica (cuya restauración fue siempre la meta del alzamiento fascista del 18 de julio de 1936). Ábrese así el complejo período de la transición, que desemboca en la promulgación de la Constitución el día de los inocentes de 1978. Degollados en esa maniobra fueron los anhelos de restauración de la legalidad republicana y de justa condena a quienes habían tiranizado tan inmisericordemente al pueblo español con la ayuda de las potencias occidentales, que siempre apoyaron a Franco.

Peor que eso fue que en la restaurada monarquía los partidos políticos que se consolidaron venían a ser continuadores del franquismo, y procedentes de unas u otras corrientes o grupos del Movimiento Nacional, o sea de la Falange española tradicionalista y de las J.O.N.S.

Eso era verdad, en primer lugar, de la UCD (Unión del Centro democrático) de Adolfo Suárez, ex-ministro Secretario General de Falange en el caudillaje franquista. Y aún más verdad era de la Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne, ex-ministro también de Franco y cuyas primeras campañas electorales (que cosecharon fracasos) giraban en torno a la reivindicación del régimen franquista

Mas también era verdad del nuevo partido socialista, que recuperó las siglas del P.S.O.E., pero que en realidad poco tenía que ver con el viejo partido de antes de la guerra, el de Luis Jiménez de Asúa, Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. Interponíase entre aquel viejo partido y el nuevo PSOE de la transición la práctica inexistencia del socialismo español entre 1950 y 1970 (con alguna excepción individual, como la del siempre honorable Luis Gómez Llorente, compañero y amigo de juventud de quien esto escribe). Procedían, en su mayoría, de las Falanges Juveniles de Franco los recién llegados --capitaneados por D. Felipe González Márquez-- que colonizaron y coparon la dirección del nuevo PSOE en el congreso de Suresnes (1974, penúltimo año del franquismo); y esa tendencia al predominio ex- falangista viene acentuada al ser absorbido (en 1978) por ese nuevo PSOE el partido socialista popular del monárquico Enrique Tierno Galván. La plana mayor del nuevo socialismo (que accederá al gobierno en diciembre de 1982) pasará a estar constituida principalmente por los oriundos del franquismo: Jesús de Polanco, Juan Luis Cebrián, Luis Roldán, José Barrionuevo, Francisco Fernández Ordóñez, Fernando Morán López, y otros ex-alumnos del Colegio del Pilar.

Si indagáramos en las biografías de muchos otros personajes del cuatuordecenio felipista (1982-1996), veríamos cuántos de esos prohombres venían de familias del régimen de Franco y habían hecho sus primeros pinitos en el Frente de Juventudes o en la Acción Católica (de signo vaticanista ultraconservador y antidemocrático). No se trataba en absoluto de individuos que --habiendo sufrido un proceso de conversión personal-- hubieran desertado de su medio de procedencia para pasarse al campo popular; sino que, tranquilamente, sin la menor ruptura, en continuidad perfecta, habían prolongado la línea heredada sólo que adaptándola.

Hasta venían del franquismo algunos irredentistas postizos del andalucismo, el catalanismo, el valencianismo y otros inventos artificiales de ese tenor. En aquel panorama sólo marcaban la excepción el partido comunista (aunque dentro de él también se promocionaron unos cuantos que habían prosperado con el franquismo o venían de familias pudientes del régimen), y los principales grupos nacionalistas vascos y catalanes, que, fueran lo que fuesen, al menos nunca habían sido franquistas.

En la España de la postransición todo lo que contaba era una continuación del franquismo: la jefatura del estado, la policía, el ejército, la guardia civil, la magistratura, los partidos influyentes, los periódicos, las cadenas de radio y TV, las editoriales, la finanza, los círculos empresariales e incluso la Universidad.

Eso explica el pacto de silencio. Claro que éste había sido propiciado también en las filas republicanas por D. Santiago Carrilo Solares, ascendido a secretario general del partido comunista de España en 1960, con su política de reconciliación nacional (diciembre de 1956), que significaba `poner cruz y raya a la guerra civil' y `olvidar los odios y rencores de la guerra civil', o sea una política de borrón y cuenta nueva.

Lo que pasa es que hay una dinámica --si se quiere una lógica-- de las cosas que desborda los planes de los individuos. El tabú sobre la guerra civil fue posible porque había muchos interesados en el olvido, pero también porque una generación de españoles había sufrido demasiado y no quería recordar. España no es diferente. No lo es en eso, por lo menos. Eso que ha pasado aquí ha sucedido también en muchas partes: los hijos quieren olvidar, los nietos quieren saber y recordar.

martes, agosto 08, 2006

memoria histórica (continuación)

Una de las mayores vergüenzas de la transición española y del régimen monárquico afianzado en ella es que se haya escamoteado y disimulado el balance de la sanguinaria y antinacional tiranía franquista. Otros pueblos, enfrentados a un pasado reciente menos doloroso y sangrante que el nuestro, encontraron sin embargo vías propias de hacer ese balance de manera que hubiera un grado de justicia compatible con un proceso de reconciliación; una reconciliación en el reconocimiento de la verdad, al menos hasta cierto punto. Cuando lo sucedido en España con la agresión germano-italiana, secundada por Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, contra la República Española, y el régimen de terror y exterminio que duró cuatro decenios, cuando eso es cien veces más cruel que las tiranías militares de América Latina juntas, suscita perplejidad que los tribunales españoles enjuicien a responsables de matanzas en América Latina y no haya habido ningún procedimiento judicial ni de ningún otro tipo en España para sancionar, al menos moralmente, lo sucedido aquí. La paja en el ojo ajeno molesta más que la viga en el propio. Pero la solución no puede ser la de que una Ley diga la verdad de lo que ha pasado, y obligue a repetir esas verdad oficial. Tiene que haber otra solución. ¿Cuál? Continuará. Lorenzo Peña Ver: la página de ESPAÑA ROJA