Lorenzo Peña y Gonzalo

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Tres Cantos, Spain
Tras una turbulenta y amarga juventud consagrada a la clandestina lucha revolucionaria, mi carrera académica me ha conducido a obtener las 2 licenciaturas de Filosofía y Derecho y asimismo los 2 Doctorados respectivos (en Filosofía, Universidad de Lieja, 1979; en Derecho, Universidad Autónoma de Madrid, 2015). Soy también diplomado en Estudios Americanos; en cambio, si bien inicié (con éxito) la licenciatura en lingüística, no la culminé. Creador de la lógica gradualista, tras haberme dedicado a la metafísica y la filosofía del lenguaje, vengo consagrando los últimos 4 lustros a desarrollar una nueva lógica nomológica y aplicarla al Derecho: la lógica de las situaciones jurídicas, basada en la metafísica ontofántica que elaboré en los años 70 y 80. He sido profesor de las Universidades de Quito y León, Investigador visitante en Canberra e investigador científico del CSIC, habiendo sufrido la jubilación forzosa por edad en 2014 cuando había alcanzado el nivel máximo: Profesor de Investigación. Soy miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

martes, marzo 22, 2011

LA GUERRA DE OBAMA

La guerra de Obama:
La agresión bélica imperialista contra Libia
por Lorenzo Peña

2011-03-22


El cabecilla del imperialismo yanqui, Barak Obama, junto con sus dos principales secuaces --el franco-húngaro Níkolas Sárközy y el primer ministro conservador de Su Graciosa Majestad--, han iniciado la nueva guerra de agresión imperialista: la campaña de Libia.

Siempre, siempre, siempre las cosas han de verse en su contexto y analizarse en sus antecedentes. Hoy es como ayer (desmintiendo el título del famoso libro de Santos Juliá, Hoy no es ayer); no sólo se explica por ayer, sino que, más que eso, es la continuación de ayer; igual que mañana se explica por hoy y lo continúa. El ayer sigue existiendo hoy; no se ha extinguido del todo. Ayer existían ya muchas instituciones de hoy (en verdad casi todas), muchos grupos de hoy, muchas pautas de comportamiento de hoy; al seguir existiendo hoy, prosiguen lo de ayer.

En las cosas humanas y no humanas hay cambios; pero, muchísimo más que cambios, hay continuidades. La mutación o innovación afecta al 1 por ciento; la continuidad al 99%.

Ese principio de continuidad o continuación es esencial en todo, pero particularmente importante para una filosofía racional de la historia humana. Su fundamento metafísico es el principio de gradualidad, en virtud del cual las determinaciones se dan por grados, de suerte que entre los extremos del totalmente-así y totalmente-no-así hay una gradación a menudo infinita. Pero ese fundamento solo no es lo que determina que se transite de un punto A o otro B por pasos consecutivos, a través de los intermedios. (Podríamos imaginar que no fuera así, que se saltara de A a B.)

Desde hace años he venido desarrollando y proponiendo la filosofía cumulativista (v. «El cumulativismo»: http://ius.name/articles/gradual/cumulati.htm), que es un enfoque dialéctico-racionalista basado en ideas de Leibniz, filtradas por el tamiz de Hegel y del materialismo dialéctico (un filtraje que consiste, más que nada, en reconocer la contradictorialidad de las continuidades). Su tesis central es precisamente este principio de continuidad, que excluye los saltos.

Estaba en días pasados traduciendo al inglés mi propio ensayo «Entidades culturales» (http://ius.name/abstract/m21.htm), publicado en México, porque está prevista una edición del volumen que lo contiene en la lengua de Shakespeare. Y, al repasar lo que escribí hará unos ocho años, me he percatado del énfasis que ahí pongo en ese principio de continuidad, como clave de una comprensión racional de las entidades culturales, que sólo surgen y se desarrollan gracias a una segunda naturaleza, anclada, en último término, en la primera. No hay milagros. (El error de los proyectos revolucionarios fue creer en el milagro.)

Sólo se pueden levantar edificios nuevos con los materiales preexistentes --y aun ello adaptándose a los compases que imponen la naturaleza misma de las cosas y la dureza y rigidez de los materiales.

Si, por el lado de las revoluciones, no hay milagros ni artes de birlibirloque o encantamiento que súbitamente transformen a un país así o asá en un país radicalmente diverso e irreconocible (como se soñaba en la febril esperanza en el amanecer radiante), todavía más obvio es que las fuerzas del mal tampoco se convierten en fuerzas del bien, ni ponen cruz y raya a su tenebroso pasado para alborear inmaculadas, impolutas, limpias de polvo y paja y guiadas por buenas intenciones.

Las fuerzas del mal son las instituciones y los grupos sociales consagrados a la conservación de la injusticia, el privilegio y la arbitrariedad, los intereses consagrados y encastillados de los pocos contra los muchos, de los de arriba contra los de abajo, de los ricos contra los pobres, de los opresores contra los oprimidos. Esas fuerzas del mal en el mundo contemporáneo son el imperialismo, el colonialismo, las oligarquías financieras, el militarismo, el occidentalismo, en una palabra.

Leibniz en su tiempo anticipó genialmente muchas verdades no sólo de la metafísica, sino también de la ética y la política. Entre otras, formuló su principio de enemigo principal del progreso y de la razón (anticipándose a Mao Tse-tung). En cada período hay que fijarse en quién es el principal opresor, aquel que, con sus acciones e intereses arbitrarios, obstaculiza más los anhelos de libertad, justicia, racionalidad y mejora de la sociedad humana. Para Leibniz era (entonces) la monarquía despótica de los Borbones. En aras de cercarla, aislarla y limitar su maléfico poder, había que aliarse con todos los antiborbónicos; a ello consagró muchos panfletos (especialmente los que dedicó a objetar las pretensiones del fundador de la casa de Borbón en España, Felipe de Anjou o Felipe V), transigiendo incluso con el absolutismo local, mucho más inocuo (visto en escala transnacional) de tal o cual dinasta germano.

En nuestro tiempo el enemigo principal es el imperialismo yanqui. Más amplia y difusamente es la alianza occidental que él acaudilla. Ese imperialismo es lo que es y no otra cosa. No es un día negro y a la mañana siguiente blanco.

El imperialismo ya ha agredido a Libia en varias ocasiones. La primera fue la guerra de agresión del imperialismo yanqui contra Tripolitania en 1801-1804, en la cual los norteamericanos organizaron ya una mesnada mercenaria que invadió la actual Libia. No voy a detenerme aquí en comentar aquella guerra, presentada por los historiadores occidentales como un combate contra la piratería berberisca.

La segunda agresión fue la conquista italiana entre el otoño de 1911 y el de 1912. Fue lanzada porque sí, porque al rey de Italia, Su Majestad Víctor Manuel III, le daba la gana guerrear y conquistar, habiendo obtenido previamente el visto bueno del colonialismo francés por un tratado secreto de 1902. A la sazón Libia era un territorio autónomo dentro del Imperio Turco. Las autoridades otomanas cedieron al ultimatum italiano del 27 de septiembre de 1911, aceptando que el reino de Italia controlara las dos provincias de la actual Libia, Tripolitania y Cirenaica, contentándose con el mantenimiento de una teórica y nominal soberanía turca. El imperialismo italiano rechazó la propuesta, desencadenando la guerra, en la cual se acudió, por primera vez en la historia, a bombardear desde un avión; tuvo lugar el 1 de noviembre de 1911 sobre tropas turcas en Libia. Italia tardó en doblegar al pueblo libio, consiguiéndolo sólo a través de una feroz secuencia de acciones bélicas y de represalias terroristas.

Hasta la conquista italiana, Tripolitania y Cirenaica sólo estaban unidas por su común pertenencia al imperio otomano. El colonialismo italiano osciló: entre 1927 y 1934 las mantuvo como colonias separadas, pero entonces Mussolini decidió unirlas bajo la denominación de «Libia». Como tantos otros estados africanos y medio-orientales, es una creación artificial del colonialismo, aunque en este caso sobre un sustrato, que es la comunidad de ambos territorios como partes de la nación árabe, su contigüidad y vínculos históricos compartidos.

La tercera agresión fue la colisión en territorio libio de los dos imperialismos en pugna durante la segunda guerra mundial, el anglo-americano y el italo-alemán. Triunfantes en la batalla de El Alaméin, los ingleses avanzaron por Libia, adueñándose de la misma el 23 de enero de 1943. Nunca volvería a ser italiana. La monarquía británica se había apoderado por la fuerza de Libia y no iba a soltarla. La mantuvo bajo su dominación (sin base legal de ningún tipo salvo el derecho de conquista militar; en 1947, al firmar un tratado de paz, Italia renunció a esa posesión colonial). Rebuscando entre los jefes tribales, el colonialismo inglés halló uno bastante sumiso, el jeque de la tribu Senussi, Muhammad Idris (de la provincia oriental, o sea la Cirenaica, núcleo de la actual rebelión islamista). Nombrado por los ingleses «rey de Libia» y dócilmente instrumentalizado, el nuevo monarca obtuvo del Reino Unido una independencia nominal el 24 de diciembre de 1951. Menos de un año más tarde, el rey de Egipto, Faruk, es derrocado por un golpe de estado militar que instaura la República y que, bajo la égida del coronel Nasser, se irá encaminando hacia una política nacionalista.

Las bases militares angloamericanas permanecieron en el territorio libio. En 1956 el colonialismo anglo-francés, junto con Israel, atacó a Egipto, para no perder el dominio del canal de Suez. Poco después en Libia se descubrieron yacimientos petroleros.

En 1969 la postiza monarquía de Idris es derribada por el coronel Jazafi (o Qhaddafi), hasta entonces desconocido. El joven y turbulento aventurero --al que la fortuna ofreció la oportunidad de hacerse amo en su país-- acometió en seguida una carrera de virajes que lo han llevado a lucir alternativamente muchas caras, a imponer a su pueblo muchas políticas, a embarcarse en empresas arriesgadas, coqueteando, según las ocasiones, con unos o con otros, desde el ultrarradicalismo nacionalista árabe hasta el oportuno descubrimiento de su (presunto) origen familiar israelita --según ciertas fuentes explotado para tejer lazos de colaboración con el Mossad y hacer suculentos negocios con la casa Rothschild.

En mi autobiografía ¡Abajo la oligarquía! ¡Muera el imperialismo yanqui! cuento cómo la circunstancia que condujo a mi abandono del alineamiento pro-chino (mi militancia en el PCEml) fue el giro dado por Pequín al recibir la visita de Nixon en 1972; pero, en ese contexto, también recuerdo un episodio hoy olvidado, que precedió de cerca tal visita: el papel jugado por Jazafi en julio de 1971 (casualmente cuatro días después del anuncio de la proyectada visita del presidente USA a la capital china): con respaldo chino, Jazafi intervino en el Sudán para apuntalar el poder del dictador Muhamad Yafar Numeiri. En aquella época Jazafi ostentaba su faz de un tercer-mundismo islamista, anticomunista y antioccidental a la vez, que sufriría vuelcos y más vuelcos en los lustros siguientes.

Habiendo secundado bajo cuerda la agresión imperialista contra Irak en 2003, Jazafi hizo, desde ese momento, excelentes migas con las potencias de la NATO, colaborando en la lucha contra el islamismo radical --hasta poco antes manejado por las cancillerías occidentales, pero que, entre tanto, se había levantado en armas contra sus anteriores protectores.

Tras esas excelentes relaciones --militares, económicas, espionísticas y policíacas--, Jazafi se ve de pronto, en febrero de 2011, acometido por sus padrinos de la víspera. ¿Por que esa brusca voltereta?

Lo que ha pasado, entre tanto, es que han tenido lugar los derrocamientos de dos de los puntales de la dominación neocolonialista en el norte de África: el déspota tunecino Ben Alí y el egipcio Mubarak. La caída de éste último ha inquietado sobremanera a Israel. De momento las cosas están controladas: tanto en Túnez como en El Cairo hay gobiernos pro-occidentales, que parecen capaces de encauzar y contener cualesquiera desbordamientos peligrosos para los intereses imperialistas. Pero ya no se está tan seguro. Algunos gestos del nuevo gobierno egipcio presagian un cambio potencial, aunque sea menor. Y eso desasosiega.

Se ha aprovechado el pretexto de la insurrección de la provincia de Cirenaica (encabezada al parecer por la ya citada tribu Senussi) y la guerra civil desencadenada en Libia. Jazafi ha sido durante muchos años un buen amigo de Occidente, pero nunca ha sido de fiar para nadie ni puede serlo. En este momento, en la orilla sur del Mediterráneo, el único verdaderamente de fiar para Occidente es el rey Muhammad VI de Marruecos.

La ensordecedora alharaca humanitaria de la prensa venal y mendaz ha pasado súbitamente a demonizar al líder que hasta ayer nos presentaban como un pragmático, un gobernante que se adaptaba inteligentemente a los tiempos y al que había que seguir estimulando y halagando para afianzarlo como una barrera razonable contra el islamismo, contra la amenaza de Al Qaida.

¿Cuándo ha dejado Jazafi de ser bueno? ¿Hace una semana, hace dos, tres, cuatro ...? ¿Hace un año, dos, tres? Y ¿cómo es que, durante todo este tiempo, se le han vendido muchísimas armas, se han aprovechado sus servicios para reprimir a los inmigrantes transaharianos, se han acogido sus dineros con los brazos abiertos y se han utilizado sus vínculos africanos para imponer en el continente negro un nuevo panafricanismo neocolonialista por el que la Unión Africana se convierte en una obediente agencia de la dominación blanca?

Jazafi es un ser repugnante pero menos que Obama, Cameron, Sárközy y toda la turbamulta imperialista, oligárquica y colonialista, a cuyo servicio ha estado durante tanto tiempo y que ahora le paga como los dominadores pagan a sus lacayos cuando ya no les interesan. Los enemigos cirenaicos de Jazafi no son mejores que él. Son un conglomerado de renegados del propio régimen jazafista, jefes tribales reaccionarios y otros nostálgicos de la monarquía, admiradores de Occidente y combatientes de la fe coránica que planean instaurar la Sharía (y cuyos lazos con Al Qaida pueden no ser ninguna patraña).

De pronto todos aparecen como víctimas inocentes masacradas por las fuerzas militares del régimen de Jazafi, al que hay que parar para que no siga masacrando. No se nos cuenta (nunca se nos ha contado) cómo pasaron las ciudades de Cirenaica a estar en manos de los rebeldes o insurrectos. Sin duda había cuarteles de los cuerpos de seguridad. Tuvieron que ser asaltados. Con qué armas comenzó la rebelión, qué pasos se fueron dando para que lo que empezaba apareciendo como una serie de manifestaciones de masas desembocara en ese asalto al poder, eso todavía la prensa occidental no lo ha descrito; es más, ni se le ha ocurrido preguntarse por ello. (Repásense las noticias de la BBC: un día habla de las manifestaciones en Bengasi y al día siguiente afirma que la ciudad está en manos de los enemigos de Jazafi; ¿no ha habido un tránsito de lo uno a lo otro? ¿Cuál, cómo?)

En qué medida todo haya sido urdido y por quién es algo que posiblemente se llegue a saber. Los selectivos filtradores de Wikileaks pueden optar por dejárnoslo saber o no, según designios insondables de algunos jugadores más astutos, cuya identidad y cuyos propósitos están aún por averiguar. No me cabe duda de que la monarquía saudí y las otras petromonarquías árabes han estado maquinando todo eso y que han armado a la rebelión, como ahora secundan la agresión bélica del imperialismo.

Están todavía por determinar los planes de combate y acción militar, que se inauguran con esta operación, el Amanecer de la Odisea nada menos. No nos los van a contar. Actuarán como siempre: con campañas de prensa sensacionalistas y ensordecedoras en el momento preciso, callando lo que no conviene decir, manejando los hilos de una opinión ignorante y crédula a la que se embauca con facilidad para lanzar los ataques militares cuando y como más les convenga.

Hay varias posibilidades. Una es que van a por Jazafi para poner en su lugar a una criatura menos revoltosa y más mansa, que sirva de respaldo a eventuales intervenciones al oeste (Túnez, Argelia), al este (Egipto), al sur (Chad, Níger, indirectamente Malí) o al sureste (Sudán). Otra, más modesta, es que se trata de causar una partición fáctica (una más), con una independencia de Cirenaica bajo protectorado occidental, la cual serviría para varios de esos fines, aunque no para todos (siendo el principal el de vigilar y amenazar a Egipto).

Entre tanto, los bombardeos se nos presentan como hazañas, como proezas técnicas, con el alborozo de quienes siempre aclaman al matón más agresivo. La misma cantinela se repite: las bombas estallan sobre puestos o instalaciones «de Jazafi». Teniendo Libia una población de 5 millones de habitantes humanos, no hay sin duda probabilidad de que, al cabo de unos años, nos enteremos de una mortandad como la de Irak, donde las secuelas de la agresión estadounidense han provocado la muerte de 600.000 personas en los últimos ocho años. Pero lo que está claro es que las bombas matan y están para eso. No sólo matan. Muchas veces matar es lo de menos. Peor: dejan a la gente tullida, lisiada, agonizante de por vida, gravemente herida. Como ya han hecho los bombardeos yanquis en Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Yugoslavia, Somalia, Afganistán, Paquistán, Mesopotamia y los de sus aliados israelíes en Gaza y los franceses en Costa Ebúrnea, Chad y el Camerún, etc.

A Satanás lo acusan muchas veces de males que no comete. Al imperialismo occidental se lo acusa ahora de bombardear Libia por su petróleo. Es una calumnia. El petróleo es lo de menos. El suministro de hidrocarburos de momento no se asegura con la nueva agresión sino que se hace peligrar. Desde luego, si se adueñan de Libia como de Irak, los yacimientos formarán parte del botín. ¡Faltaría más! Siempre lo hicieron, siempre lo hacen, siempre lo harán. Pero los objetivos principales son otros, como en Somalia, Afganistán, Yugoslavia Irak. Se trata de afianzar la dominación mundial del imperio estadounidense y occidental. En suma de una meta como la que cualquier imperio ha perseguido desde que el mundo es mundo --sólo que ahora con unos medios que jamás estuvieron al alcance de Asurbanipal, Alejandro Magno o Gengis Kan.






lunes, marzo 14, 2011

OLIGARQUIA E IMPERIALISMO

por Lorenzo Peña
2011-03-15


En una entrada anterior señalé la publicación de mi autobiografía política Amarga juventud por la Editorial Muñoz Moya con el título: ¡ABAJO LA OLIGARQUÍA! ¡MUERA EL IMPERIALISMO YANQUI! Anhelos y decepciones de un antifascista revolucionario. Puede suscitar una reacción de extrañeza ese provocativo título que, a la altura del año 2011, tal vez resulte polémico o excesivamente politizado.

El título expresa las consignas de la época, reflejando las dos señas de identidad de lo que fue el PCEml --o sea la organización a cuya construcción dediqué ocho años de mi amarga juventud, de 1964 a 1972--: la lucha para derribar a la oligarquía financiera y terrateniente y para acabar con el imperialismo yanqui --o, al menos, para expulsarlo de España. Fue una doble seña de identidad por los motivos siguientes.

Al tomar como enemigo a la oligarquía, adoptábamos esencialmente un enfoque marxista de lucha de clases, apuntando así la flecha del combate político contra un blanco que no era únicamente el poder establecido --el despótico régimen franquista--, sino toda una clase o capa social privilegiada que, según el esquema asumido, constituía la parte de la sociedad española que, en realidad y en el fondo, manipulaba e instrumentalizaba, en su provecho, ese poder tiránico, el cual era sólo un utensilio en sus manos para mantener y acrecentar su supremacía social y económica. Mas, por otro lado, la clase enemiga así determinada no era toda la burguesía o clase capitalista --todo el sector social propietario de medios de producción y explotador de mano de obra asalariada (extrayéndole plusvalía, según la teoría marxista)--, sino sólo la capa m ás alta de la burguesía, a la que llamamos «la oligarquía».

En ese planteamiento nos fundábamos en la teoría de Lenin sobre el capitalismo monopolista, identificando a la burguesía monopolista con la oligarquía financiero-terrateniente --habiendo, seguramente, en tal identificación, más que un mero calco, una adaptación de la teoría a condiciones histórico-sociales especiales, que eran las de España, resultantes de su peculiar historia.

De hecho --en hibridación con las fuentes marxistas, como El imperialismo, estadio supremo del capitalismo de Lenin y El capital financiero de Hilferding-- nos inspirábamos en las ideas de Joaquín Costa, con su tesis de 1901 sobre oligarquía y caciquismo como forma de gobierno de España. Nuestra visión de la oligarquía española era una síntesis de esos planteamientos.

Nos manteníamos en el terreno del marxismo y del principio de la lucha de clases, pero valiéndonos de la cuña que los citados teóricos del capitalismo financiero habían establecido entre la burguesía monopolista-bancaria y una burguesía media industrial y comercial. Estábamos asimismo influidos por los análisis de clase de Mao Tse-tung sobre la sociedad china de los años 20, 30 y 40, a sabiendas de las diferencias histórico-sociales, que tratábamos de superar mediante adaptaciones y modificaciones, de fondo y de forma (estuviera o no nuestro esfuerzo coronado por el éxito); p.ej no asumimos la nomenclatura de Mao sobre la burguesía burocrática y compradora, prefiriendo, en su lugar, como más adecuado para España el ya citado vocablo, «oligarquía».

Nuestra elaboración doctrinal no dejaba de constituir una desviación respecto a las ideas originarias de Marx, quien no admitía en el seno de la clase propietaria de medios de producción divisiones que tuvieran, para la lucha del proletariado, otro valor que el meramente táctico. (En ese sentido ciertamente los más puros continuadores de tales ideas eran los trosquistas, mientras que el movimiento comunista mundial, ya desde Lenin --aunque no sin zigzags y oscilaciones--, se había ido decantando por una concepción de las cosas que atribuía a las divisiones internas de la burguesía una significación estratégica.)

Nuestro pronunciamiento marxista-leninista, iniciado en 1963, no significó en absoluto una ruptura con esa tradición. La consigna antioligárquica venía así a plasmar esa continuidad, a la vez que optaba por una terminología que recalcaba más el lado castizo, nacional, genuinamente hispano y el entronque con un republicanismo español no marxista.

Pasando ahora a la consigna contra el imperialismo yanqui, ésta implicaba que, en ese análisis, no se entendía a España como un país imperialista o miembro del bloque dominante, sino dominado por un imperialismo foráneo, al cual quedaba subordinada la oligarquía interna, y que, en concreto, era el estadounidense.

Los esquemas del marxismo-leninismo que aplicábamos, a pesar de querer ser de inspiración dialéctica, en la práctica tendían a ser muy dicotómicos, muy A-o-B, entendiendo el «o» como una alternativa mutuamente excluyente. Se puede debatir si tal defecto se debía a las propias fuentes teóricas de las que bebíamos, a conveniencias de la acción (de la que Malraux decía que es, de suyo, maniquea) o a simplismos en la aplicación. Sea como fuere, no sólo nosotros, los marxistas-leninistas españoles, sino también los de otros países y todos los grupos salidos de esa tradición incurríamos en la errónea tendencia a la dicotomía, desconociendo --o, al menos, subestimando-- la existencia de situaciones intermedias y de franjas de graduación y transición.

Establecida esa dicotomía entre países dominantes o imperialistas y países dominados, era muy difícil incluir a España entre los primeros. De hecho un amplio sector de la tradición doctrinal había rehusado dicha inclusión (lo cual hoy parece ser ignorado por quienes todavía se adhieren a esa ideología). España no podía figurar entre los dominantes ni por su grado de desarrollo industrial ni por su capacidad político-militar, ni por su potencial diplomático. Bajo un régimen como el de Franco --que había sufrido el ostracismo de la ONU en los primeros años de la segunda posguerra mundial--, el Estado español tenía que estar, como estaba, a la merced de los favores que le otorgaran sus nuevos protectores, los Estados Unidos de América --y, en menor medida, sus aliados europeos de la NATO, Alemania, Inglaterra y Francia.

Si bien esa constatación era relativamente común y no constituía en sí un asunto polémico, sí lo era la conclusión de que España era una país sojuzgado por el imperialismo extranjero, concretamente yanqui. Tal conclusión lógica no la sacó ninguna fuerza política más que el PCEml. Era, ciertamente, una tesis que el PCE oficial había asumido en los años 40 y 50, pero que de hecho había arrinconado al llegar a la jefatura D. Santiago Carrillo, deseoso de emplear consignas y expresiones que acercaran al PCE al modo de hablar y pensar de los sectores socio-políticos que deseaba congraciarse.

Más adelante --quizá de manera esporádica o circunstancial-- otros grupos políticos cercanos, en sus puntos de vista, al PCEml (como pudieron ser, en algún momento, el MCE y la OCE) abrazarán planteamientos parecidos, de un tenor antioligárquico y antiimperialista. Ninguno lo hará con el mismo énfasis que el PCEml.

Al adoptar ese planteamiento de la revolución española como una revolución contra la oligarquía y contra el imperialismo yanqui, el PCEml se comprometía así a una determinada visión de la realidad española, ciertamente inspirada en el marxismo y el leninismo, pero bajo una versión muy especial y que, desde ella, brindaba un análisis escasamente compartido de la realidad socio-económica y política de España.

El PCEml no fue siempre consecuente en ese planteamiento. De hecho las circunstancias que llevaron al cese de mi militancia en ese partido vinieron dadas por tales inconsecuencias.

El PCEml no había adoptado ese planteamiento antioligárquico y antiimperialista por mor de diferenciarse o singularizarse; pero sí le sirvió como marchamo o marca registrada. Ese efecto singularizante, ese caché, esa distinción, operaba, sin embargo, en dos direcciones opuestas.

De un lado, al servir de caracterización, llevaba a blandir con orgullo desafiante lo que constituía su seña de identidad.

Mas, de otro lado, al suscitar el recelo, la mofa y hasta el rechazo de muchos otros sectores, causaba una cierta comezón, un cosquilleo, un complejo o escrúpulo, no tanto a los militantes de base cuanto a ciertos miembros de la dirección --tal vez en el fondo nunca del todo convencidos de la corrección de nuestro posicionamiento y proclives, en todo momento, a difuminar esa seña de identidad nuestra para convertir al PCEml en una organización más de la extrema izquierda, apenas diferente en sus eslogans de los de tantos otros grupúsculos refractarios al reconocimiento de etapas de la revolución.

Desde la fundación del PCEml en octubre de 1964 ha pasado casi medio siglo. Podemos seguir discutiendo si era correcto o incorrecto, desde los fundamentos ideológicos que profesaba --o sea, desde los supuestos de la doctrina marxista-leninista--, el planteamiento antioligárquico y antiimperialista del PCEml. Es un asunto esencialmente de lógica. Dudo, en cambio, que tenga hoy mucha pertinencia polemizar sobre si eran válidos dichos fundamentos ideológicos. La historia ha demostrado que no lo eran.

La historia no ha probado que el comunismo sea un ideal equivocado, inviable o poco atractivo, entre otras cosas porque eso la historia no lo puede probar. Lo que sí ha probado es que no resulta acertada la vía al socialismo trazada por Carlos Marx y Federico Engels en 1848: confiar en la lucha de clases de la masa obrera fabril --víctima de la depauperación absoluta y relativa a la que el dominio capitalista la sometería inexorablemente-- para, dirigiéndola, orientarla al derrocamiento inmediato del poder estatal, instaurando la dictadura del proletariado, que en seguida daría lugar a una extinción del Estado, con la apropiación de los medios de producción por esas mismas masas trabajadoras, en un inevitable movimiento ascendente.

Que cuarenta lustros después los pasos andados en esa dirección se hayan desandado; que, lejos de confirmarse la depauperación, se haya constituido un estado del bienestar (precario, parcial, hoy gravemente amenazado); que los avances sociales no hayan seguido esa pauta (Marx y Engels no previeron las revoluciones anticolonialistas); que la mayor aportación de los sistemas revolucionarios de inspiración marxista haya sido la de empujar a sus contrincantes capitalistas a reformarse para evitar lo peor; que, a casi un siglo de la revolución rusa, sea dudoso calificar hoy como socialista a país alguno (aunque hay una pluralidad de situaciones difícilmente calificables con los esquemas del marxismo, como China, Corea del Norte, Vietnam, Laos, Cuba, Venezuela y algunos de África); que todo eso sea así hace muy poco verosímil la tesis de que la teoría marxista fue correcta.

No es que no hayan surgido otros muchos motivos teóricos para poner en tela de juicio la verdad de la teoría marxista. Éstos siempre existieron. Y, al ser sometida esa teoría a más finos análisis conceptuales (con el utillaje de la filosofía analítica), las dificultades lógicas han salido más a la superficie: saltos inferenciales inválidos, problemas de incongruencia, nociones confusas o demasiado vagas, a veces desencadenantes de regresiones infinitas poco esclarecedoras. Son dificultades que asedian a muchas otras teorías humanas, quizá a todas. Mientras el marxismo parecía tener el viento en popa, era fácil propiciar nuestra adhesión doctrinal al mismo pasando un poco por alto tales dificultades o prestándoles escasa atención (albergando una cierta esperanza, consciente o inconsciente, en que acabarían resolviéndose, que es --aunque pueda pare cer extraño-- la actitud de muchos científicos hacia las teorías que profesan, sin ignorar sus dificultades).

Esa desatención a las dificultades teóricas no ha podido mantenerse cuando las predicciones de la teoría se han visto refutadas por la marcha misma de los acontecimientos históricos (ya difícilmente casable con tales augurios o pronósticos desde hacía tiempo --sobre todo desde la desestalinización jruschoviana de 1956 y el subisuiente cisma chino-soviético).

Esas consideraciones no impiden que esa teoría haya prestado importantes servicios al progreso humano. En realidad al marxismo le ha pasado como a cualquier otra teoría: si ha superado a las anteriores, si ha brindado una síntesis de los conocimientos disponibles en un momento dado de la evolución del pensamiento --proponiendo un paradigma nuevo--, a la hora de confrontarse a los hechos ha sido en parte desmentida por ellos para así dar paso al surgimiento de nuevas teorías. Las teorías nacen, crecen, se reproducen y mueren, igual que los seres vivos, entre ellos los hombres.

A quienes en 2011 persisten en revitalizar y reivindicar el marxismo les deseo mucha suerte. Pero dudo que su labor vaya a suscitar una amplia acogida. Las enseñanzas históricas están ahí. Y, junto con ellas, está el cambio de mentalidades. En los primeros años sesenta éramos un puñado quienes nos lanzábamos a aventuras como la del PCEml, pero al menos nos sentíamos (quizá subconscientemente) arropados por un amplio ambiente ideológico. Existía aún un fuerte campo socialista, con la Unión Soviética a su cabeza, que desafiaba la supremacía del imperialismo yanqui. Las ideas de la revolución proletaria flotaban en la atmósfera intelectual. Lo corrobora el hecho de que algo después la efervescencia de los últimos años sesenta desbordó incluso --no sin derivas un tanto peregrinas y desenfocadas-- nuestros propios planteamientos, en una marejada utópica que parecía estar a punto de hacer zozobrar todo el sistema político-económico occidental, llamado «capitalista».

Como hoy no se dan en absoluto esas condiciones subjetivas, las prédicas reactualizadoras se asemejan, más que a los trabajos de Amadís de Gaula, a los de Don Quijote, lanza en ristre contra los molinos de viento.

Sea de ello lo que fuere, pienso que el perfil antioligárquico y antiimperialista no ha perdido del todo su vigencia en la España y en el mundo de hoy. Al margen de la teorización marxista de lucha de clases y de la concepción del capitalismo monopolista, es verdad que persiste en España, en posiciones de privilegio económico, cultural, social y político, una clase o capa a la que podemos llamar «la oligarquía» y a la cual he tratado de determinar y caracterizar en el libro que estoy comentando: la clase de los banqueros, aristócratas, grandes latifundistas (aunque hoy la importancia económica de la agricultura sea muy menguada), familias de inmensa fortuna, esa flor y nata del sector privado, esas fuerzas vivas de la sociedad civil, que son las que hacen y deshacen gobiernos, las que, por su íntima vinculación al Trono, tienen asegurada en la monarquía borbónica la preservaci& oacute;n de sus privilegios.

Y todavía hoy es verdad que España no es en absoluto un país imperialista, un miembro de veras del club dominante, a pesar de su pertenencia a la NATO (donde está un poco como Turquía, con la cual la comparación no parece excesiva). Industrialmente paupérrima, España es un país de economía débil y supeditada a las multinacionales extranjeras. Políticamente, a pesar de algunos pinitos ocasionales del actual gobierno, está bajo la batuta de USA --como lo ha venido a confirmar el telefonazo de Obama dictando al primer ministro de la Corona las rectificaciones de política económica.

El gobierno de España jamás ha sido invitado, ni aun como observador, a participar en las reuniones del G7/G8. Ni siquiera pertenece al G20, aunque haya asistido a sus reuniones convidado por alguno de sus miembros. Si algunas empresas españolas tienen intereses en América Latina, su poder es exiguo comparado con las multinacionales de verdad, con las firmas potentes de USA, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia, Italia e incluso China y Corea del Sur.

Con una monarquía restaurada gracias a la gestión y presión de sus protectores de Washington, Berlín y París, férreamente decidida a imponerle a cualquier inquilino de la Moncloa una fidelidad al «vínculo transatlántico» como eje de la política exterior, la diplomacia española no puede jugar papel alguno en el mundo; y no lo juega. España es, como potencia, un cero a la izquierda, menos importante que Malta, Singapur o Bahrein.

Por lo cual, aun a sabiendas de las muchas cosas que han cambiado, pienso que publicar hoy un libro titulado «¡Abajo la oligarquía! ¡Muera el imperialismo yanqui!» tiene un valor y una significación que no se limitan a su interés histórico.






lunes, marzo 07, 2011

FOXA Y LA REPUBLICA DE TRABAJADORES

Agustín de Foxá y la República de trabajadores
por Lorenzo Peña

2011-03-07


En mi autobiografía política Amarga juventud (publicada por la Editorial Muñoz Moya con el título: ¡ABAJO LA OLIGARQUÍA! ¡MUERA EL IMPERIALISMO YANQUI! Anhelos y decepciones de un antifascismo revolucionario) comento la reacción de los círculos financieros y terratenientes frente a la irrupción política de las masas populares que constituyó la restauración de la República Española el 14 de abril de 1931.

Como exponente literario de esa reacción aduzco la figura y los exabruptos de D. Agustín de Foxá, marqués de Armendáriz.

Recién publicado el libro, he tenido conocimiento de un asunto judicial que involucra el legado intelectual de ese aristócrata, reivindicado por un sector al que han brindado gustosamente eco Libertad digital, La razón, ABC, El mundo y otros portavoces de esa sensibilidad, que el lector calificará según sus inclinaciones. Al parecer el 6 de octubre de 2009 doña Josefina Medrano, delegada de participación ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, denegó el uso del centro cívico El Tejar de los Mellizos para celebrar un acto de homenaje al ya citado marqués de Armendáriz y conde de Foxá, en el cincuentenario de su defunción. Según la versión periodística, la denegación del permiso se fundó en dos motivos: (1º) el deseo de evitar que el acto se convirtiera en una apología del franquismo; y (2º) el respeto a la memoria histórica.

Las asociaciones convocantes del acto interpusieron querella por prevaricación contra la citada concejala y otros cargos del consistorio hispalense. Admitida a trámite, la inculpación ha sido confirmada en marzo de 2011 por la Audiencia provincial.

Con todo respeto debido a esas asociaciones --que legítimamente ejercen su libertad asociativa y la propagación de sus ideas-- y sin prejuzgar sobre la bondad de sus intenciones, hay que decir que jurídicamente es intachable el proceder de la mencionada concejala municipal, al cual no faltan motivos legalmente vinculantes.

Viene sujeto a una normativa precisa conceder o rehusar el uso de un local público, dependiente del Ayuntamiento, para celebrar actos promovidos por asociaciones privadas. Dentro de esa normativa, corresponde a las autoridades municipales ejercer su margen de discreción. Tal ejercicio no es infalible, desde luego. Pueden producirse errores de apreciación; pero la prevaricación, tipificada en el Código Penal, es la toma de una resolución arbitraria con conocimiento de su injusticia, no el error en la apreciación de los supuestos de hecho, ni siquiera el de las consecuencias jurídicas que de los mismos se deriven.

Denegar el uso de un local público para celebrar un acto no significa prohibirlo. Una delegada del Ayuntamiento no tiene potestad alguna para prohibir actos privados, siempre que se celebren en locales privados o en el espacio público abierto a su utilización general --dentro de la normativa que regula su uso--, como acabó sucediendo en este caso.

Al adoptar la Constitución de 1978, el Estado español ha asumido unos valores superiores de bienestar, democracia, libertad, igualdad, fraternidad, concordia y paz. Tales valores, públicamente profesados, han de ser defendidos y reconocidos en sus declaraciones y actos por todos los cargos públicos.

A los ciudadanos no se los obliga a compartir tales valores, siendo cada uno muy dueño de amar el malestar, el despotismo, la esclavitud, la desigualdad social, la supremacía de unos u otros grupos o castas, la discordia y la guerra. Qué límites exactos quepa fijar para el público despliegue de opiniones en ese sentido es algo que no nos incumbe averiguar aquí.

Lo que está claro es que los locales públicos, sufragados por el contribuyente, no pueden utilizarse para propagar las ideas del despotismo, la discordia y la desigualdad social. Ni, por lo tanto, para hacer eco a personajes que, en la reciente historia de España, han sido heraldos particularmente inflamados de esos antivalores.

Hubo, entre los hombres que militaron el el movimiento franquista, personas de cierta moderación. Húbolos también que --dentro del angosto espacio posible en ese marco de radical injusticia e ilegalidad-- quisieron incorporar algo de avance social y de consideración de las necesidades de las clases menesterosas.

El conde de Foxá fue, por el contrario, un vociferador ultrancista de lo más frenético, violento, intolerante y destructivo dentro del ya de suyo implacable sistema instaurado por el Alzamiento del 18 de julio. Expresaba el tremendo desprecio y odio de los individuos más recalciltrantes de la clase alta contra los anhelos de mejora social de los de abajo. Es uno de los dos o tres personajes cuya incontinencia agresiva llegó más lejos.

En su novela Madrid de corte a checa (1937) narra como sigue el advenimiento de la República en 1931: «Mientras tanto, el pueblo, el pueblo que no iba a ganar nada con todo aquello, que volvería pasadas veinticuatro horas al fogón nocturno y a la harina de madrugada, gritaba en la claridad de la plaza de Oriente «¡Viva la República!», exponiéndose a los máuseres de los guardias civiles y de los soldados de Infantería de Palacio. [...] La multitud invadía Madrid. Era una masa gris, sucia, gesticulante. Rostros y manos desconocidas que subían como lobos de los arrabales, de las casuchas de hojalata y los muros de yeso y cipreses --con olor a muerte en verano-- cerca de las Sacramentales, en el borde corrompido del Manzanares. Mujerzuelas de Lavapiés y de Vallecas, obreros de Cuatro Caminos, estudiantes y burgueses insensatos».

La deliberación constitucional sobre un estatuto de autonomía para Cataluña en 1932 (muchísimo menos autonomista que el que actualmente tienen las 17 comunidades españolas) le inspira a nuestro autor este comentario: «Se discutía aquella tarde el Estatuto de Cataluña. Se enajenaba un trozo de España [...] Azaña estaba pálido. Tenía una cara ancha, exangüe, con tres verrugas en el carrillo [...] Era el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Un mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de Correos, de abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación. Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros de los Gutiérrez y González anónimos, cargados de hijos y de envidia, paseando con sus mujeres gordas por el Parque del Oeste, de los boticarios que hablan de la Humanidad, con h mayúscula, de los cafés lóbregos, de los archivos sin luz, de los opositores sin novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni short, que olía a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinato.»

El régimen democrático tenía, para el marqués, un significado sociológico: «Los intelectuales sustituían a los aristócratas en los banquetes de Palacio, en las cenas de gala, en los salones de las embajadas. [...] Estaban allí, enfundados en los fracs recién estrenados, cortados por Carretero, todavía embarazados sus movimientos, los antiguos jacobinos del Ateneo, del Colegio de Abogados, de la Academia de Jurisprudencia. [...] Todos repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de sus cátedras, las reflexiones de sus clínicas, los comentarios de sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero, esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de mundo.»

La participación popular en los acontecimientos políticos del quinquenio republicano la describe así el conde-marqués: «Pasaban masas ya revueltas; mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos. Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos; el mundo inferior y terrible [...] Subía la masa alucinante de los vencidos, de los miserables, por la Cibeles y Neptuno [...] y la Asociación de Ciegos Marxistas, que iban a la revolución pensando arrancar los ojos a los que veían.»

Finalmente, la movilización de masas para defender la legalidad constitucional en el verano de 1936 la pinta con estos colores: «Eran fuerzas telúricas, abismales, sueños prehistóricos que resucitaban.[...]] Era el gran día de la revancha de los débiles contra los fuertes, de los enfermos contra los sanos, de los brutos contra los listos. Porque odiaban toda superioridad.»

Esa novela indica a las claras el infinito desdén de un aristócrata por toda esa muchedumbre que --mal nacida y, por lo tanto, carente de la distinción innata de la gente bien-- medra para prosperar gracias a la democracia, que instaura el poder de la masa, frente a lo cual el conde-marqués aboga por el imperio de la nobleza de sangre, la jerarquía social impuesta por la aristocracia de nacimiento.

No para aquí la cosa. Como lo recuerda Andrés Trapiello en su libro Las armas y las letras (Ed. destino, 2010, p. 75), durante la guerra civil --una vez instalado cómodamente en la zona controlada por los sublevados, después de unos meses de juego doble como diplomático de la República en Bucarest--, el conde-marqués fue el personaje que hizo llamamientos más furibundos a la violencia. No conocemos a ningún otro escritor que haya proferido exhortaciones como las suyas a la devastación, ruinas, cenizas, despojos, hasta el punto de manifestar su júbilo porque Toledo hubiera quedado asolado y derruido. Son, desde luego, muestras de su estilo florido y brillante --parangonable con el de su correligionario Ernesto Giménez Caballero--. Son también la plasmación de los antivalores que entran en colisión más frontal con los ideales de paz, democracia, libertad e igualdad que tienen como misión tutelar los poderes públicos.

De ahí que no tenga cabida posible en un local auspiciado por un poder público de la España democrática homenajear a quien se caracterizó por tales diatribas incendiarias --y no por mucho más. Que el conde-marqués de Armendáriz quedara, a la postre, algo marginado por el régimen franquista --que sólo le confió cargos políticos secundarios-- no es ningún motivo favorable a reivindicar su mensaje aniquilador, porque --además de que había más pretendientes que cargos-- a ese apartamiento estaban destinados todos los profetas de apocalipsis. Su aristocratismo brutal, su aborrecimiento del pueblo, su aversión a la masa trabajadora, ruborizaban incluso a los propios franquistas.